Sombras Galácticas

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Rubén Astudillo

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Allí había algo, estaba seguro. Sin embargo todos los sensores se empeñaban en indicar lo contrario, ninguno de los sensores le daba la razón a su intuición, ninguno captaba nada por más que se empeñase en pasar rutinas y barridos de todos los sensores activos con los que contaba la fragata. Todos indicaban que no había nada que ver allí. Pero el alférez Takuan estaba convencido de que algo se ocultaba en la zona.
Había sido un solo instante, una pequeña señal en los sensores gravimétricos, provocada quizá por una fluctuación en el campo de camuflaje de una nave, o un error de calibración. Pero Takuan realizaba los calibrados con una atención enfermiza, nunca fallaban. Llevaba horas pasando barrido tras barrido, esforzándose volver a ver aquello que había captado antes, pero el resultado era descorazonador.

El capitán Marsa, de la fragata federal Agor observaba con fastidio a su oficial. Takuan era el mejor pero era tan perfeccionista que rayaba la obsesión, era obvio que allí no había nada ¿Por qué se empeñaba en seguir buscando? Era realmente frustrante, pero le había dado permiso para seguir buscando mientras siguieran en el sistema. En diez horas saltarían abandonando este cuadrante y la infructuosa búsqueda. No veía el momento de salir de allí.

Habían pasado horas, estaban a punto de abandonar el sistema, Takuan notaba los ojos saltones del capitán Marsa clavados en su escuálida nuca. Sabía que estaba agotándose la paciencia del oficial pero no podía evitar seguir buscando como no podía evitar respirar. Allí no había nada, los sensores más avanzados de la flota decían que no había nada: térmicos, gravimétricos, láser… De repente una idea cruzó por su mente ¿Y si…?. Era absurdo pero no había nada que perder. Si la alta tecnología había fallado habría que probar con la baja tecnología… había que probar a buscar ópticamente. Encendió la consola del sistema óptico, una antigualla que algunas naves de la flota mantenían pero que estaba en desuso, apenas una palanca y una pantalla para controlar una red de cámaras ópticas. Fue cambiando de una cámara a otra, comprobando ángulos y coberturas para no dejar ni un punto del espacio sin revisar… Y entonces lo vio. O más bien no lo vio. Había un punto negro en el espacio, completamente negro, una mancha de oscuridad que en parte eclipsaba una nebulosa que podía verse en la lejanía.

– ¡Capitán! ¡Nave camuflada en las coordenadas 10,12,56 a 40 tars de distancia! – Gritó Takuan dando un salto de su asiento y volviendo la mirada hacia el capitán.

Marsa dudó apenas una fracción de segundo, Takuan era fastidioso, cargante y pedante pero nunca se había equivocado hasta ahora.

– ¡Artillero, carga armas principales! ¡Puesto tres, prepara la RDA! ¡Timonel, apunta hacia las coordenadas 10.12.56! ¡Zafarrancho de combate!

La fragata pareció despertar mientras se activaban las armas y puestos de combate, los cientos de pequeñas torretas de la Red de Defensa Artillera (RDA) comenzaron a moverse para apuntar a las coordenadas de la nave camuflada, líneas de energía se activaron a lo largo de los enormes aceleradores de partículas que formaban el arma principal.

Prr’yat maldijo en siete lenguas diferentes y pronunció duros insultos contra la línea genética del capitán de la maldita fragata que les había detectado. Después de un salto alocado al infraespacio habían acabado en ese solitario sistema, no esperaban encontrarse una fragata federal y mucho menos su insistencia en encontrarles. ¡Por la gloria de Kraal! ¿Como les habían detectado? Fuera como fuese había que moverse rápido, no podrían aguantar un combate con esa nave y su única oportunidad era hacer un nuevo salto al infraespacio antes de ser reducidos a mesones. Gr’aal intentaba acelerar la carga de los motores infraespaciales pero el camuflaje consumía demasiada energía.
Los malditos carnesblandas sabían donde estaban y les iban a partir en dos en cualquier momento. Había que deshacerse del camuflaje, era inútil y solo consumía energía mucho más necesaria para cargar los motores.

Desactivó el campo de ocultación.

Takuan casi dio un salto cuando una nave apareció en todos los sensores simultáneamente. Un cutter clase Krogar equipado con un campo de ocultación muy avanzado, muy por encima de las capacidades normales de esta nave. Rápida, armada y equipada con un sistema de mimetismo tan avanzado seguro que estaba en una misión muy importante.

El capitán Marsa repasó los datos que le volcaban en su interfaz. Una nave incursora Unlat. Acabaría con ella sin piedad, y los malditos cazadores Unlat perecerían, no habría disparo de aviso, no habría comunicación con ellos, no habría piedad. Los convertirían en mesones.

– Quiero esa nave hecha escoria ¡Abran fuego!

Las torretas de la RDA abrieron fuego alcanzando múltiples veces la pequeña nave de Prr’yat, abriendo surcos y agujeros en el blindaje. El disparo del acelerador de partículas sería la puntilla que les remataría.

– Acelerador de partículas disparando en 3, 2, 1… ¡No hay blanco! Abortando disparo.

En un momento la pequeña nave de la clase Krogar pareció retorcerse y desapareció sin dejar más que unos restos de escoria semifundida y de combustible líquido.

En otro lugar, a decenas de años luz de distancia un cutter artillado tripulado por tres cazadores Unlat se dirigía directo a un planeta del sistema solar al que habían llegado en su loco salto aleatorio. Los sistemas de estabilización no funcionaban, la nave había perdido más de la mitad del combustible y seguía perdiéndolo a una velocidad realmente alarmante y el ángulo de entrada en la atmósfera era cualquier cosa menos adecuado. Pero los Unlat no se rinden jamás, por desesperada que sea la situación. Prr’yat intentó enderezar la trayectoria mientras sus hermanos trataban de parchear como podían los impulsores de maniobra que se habían perdido en el ataque de la fragata. La nave entró en la atmósfera en un ángulo apenas adecuado y comenzó a arder, perdiendo capa tras capa de aislamiento. El calor era insoportable y bien sabían que cualquier carneblanda habría sucumbido a él, pero los Unlat podían aguantar el calor más abrasador.
Se activaron los frenos aerodinámicos y los retrocohetes pero la velocidad era excesiva, el cutter se precipitó hacia el suelo a una velocidad tremenda.

El impacto sacudió la tierra en kilómetros a la redonda, una bola de fuego derribó árboles y rocas a cientos de metros cuando la nave tomó tierra.

Y después, todo fue silencio.

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