Segundo premio del concurso de relatos cortos Aventuras Bizarras 2018: El guión perfecto

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Rubén Astudillo

Rubén Astudillo

Editor Bizarro at Ediciones Bizarras
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Rubén Astudillo

Con un poco de retraso os traigo el segundo premio del Concurso de Relatos Cortos Aventuras Bizarras 2018. Su autor es David P. Yuste.

Aquí nos encontramos un claro homenaje a las películas de extraterrestres de Serie B muy en la línea de Mars Attacks.

Espero que lo disfruteis.

EL GUION PERFECTO (SERIE B)

Cuando  volví a la cama todavía tenía el regusto a nicotina en los labios. Siempre que no puedo dormir salgo al porche a fumar uno de mis cigarrillos favoritos. Una vez de vuelta en la habitación, me dejé caer sobre el colchón. Maila dormía plácidamente. Ni siquiera parecía haberse percatado de mis devaneos nocturnos con aquellas barritas de placer. Mientras tanto, el adorado perro salchicha de mi mujer continuaba con su serenata a los pies de la cama. Nunca debería haber entrado en nuestro dormitorio –esa en teoría fue la primera norma y la más sagrada cuando lo adoptamos– pero como siempre, Maila tenía que salirse con la suya y aprovechó uno de mis viajes de negocios para introducirlo una noche en el cuarto. Y ahí me hallaba yo, intentando conciliar el sueño con aquel sonido de fondo, más parecido al de una serrería a pleno rendimiento que a los ronquidos de un pequeño can. Desde la ventana de nuestro cuarto se filtraba la luz de una luna llena que resplandecía en un cielo poblado de estrellas. Hacía una noche de lo más placentera, y si no hubiera sido porque al día siguiente debía volver al rodaje, me hubiera quedado de buena gana en mi butaca tomando una cerveza fría con mi fiel paquete de cigarros sin filtro. Con esta idea, y el rum rum de la ruidosa pero extrañamente acompasada melodía del bueno de Buddy, caí en un profundo coma poblado de extraños e inquietantes sueños.

A la mañana siguiente lo primero que hice fue saltar de la cama y correr al pequeño salón donde estaba la televisión. Ni siquiera di los buenos días a mi esposa, que permanecía enroscada bajos las sábanas luchando por tratar de olvidarse de la insistente cantinela del despertador. Yo mientras tanto, ya en la planta de abajo, buscaba en el recibidor de manera frenética mi libreta de apuntes. En ella anotaba todas las ideas que me iban surgiendo, las cuales usaría posteriormente para crear esas historias por las que muchos pagarían una entrada para verlas en una sala de cine. Una vez la tuve en mis manos, empecé a escribir con una furia rabiosa. Los sueños de esa noche habían atraído a las musas hasta el rincón más oculto de mi tejido gris. Hacía tiempo que no tenía una inspiración tan fuerte y clara. Estaba convencido de que aquello podía convertirse en algo grande, muy grande. Cuando estaba repasando lo que había escrito, Maila ya bajaba las escaleras anudándose a la cintura el cordón de su bata.

– Buenos días, Vince– dijo con una mueca que parecía una sonrisa en el rostro.

– Hola, mi amor. ¿Qué tal has dormido?

– Anoche te acostaste tarde. ¿Va todo bien?– comentó mientras que encaraba los últimos peldaños y se dirigía a la cocina.

– Sí, todo marcha bien. Asuntos del trabajo, ya sabes. La productora nos aprieta con los plazos de rodaje, mientras que en el estudio perdemos demasiado tiempo en repetir según que tomas. Lo de siempre.

– ¿Vas a desayunar en casa?

– Sólo un café, cielo. No quiero llegar tarde.

– Como quieras. Sube a cambiarte. Voy poniendo la cafetera al fuego– respondió distraída mientras le daba una galleta a su pequeña mascota que llevaba un rato enroscada bajo sus piernas haciéndole arrumacos como sólo un perro sabe hacerlos.

– Gracias. No tardaré.

Diez minutos después estaba de vuelta en la cocina con mi acostumbrado traje marrón y una taza de café solo humeante entre mis manos. Había dejado la libreta junto a mi sombrero encima de la mesa. Tenía la certeza de que aun podía exprimir un poco más aquella historia y sacar algo mejor que todo ese montón de garabatos.

– ¿Qué vas a hacer hoy?

– He quedado con las chicas. Habíamos pensado hacer una colecta para recaudar fondos para todas esas familias de los suburbios que lo pasan tan mal. Fue idea del reverendo Curtis.

– Me parece una idea fabulosa– dije apurando la bebida y depositando un beso en su frente. –Que tengas un buen día cielo.

–  ¡Igualmente!–se despidió con la mano como una de aquellas muñecas de los carteles publicitarios.

Ahí estaba de vuelta un día más en los estudios de la RKO. Tras pasar el control de entrada y saludar a Lou, el guarda que se encargaba del control de acceso, aparqué mi Mercury sobre la plaza que tenía reservada a mi nombre. Me encantaba ese coche. Fue amor a primera vista. En cuanto que vi esos acabados cromados y esas llantas con aquellas líneas blancas supe que tenía que ser mío.

Antes de llegar a la puerta, la señorita Wood apareció con un buen montón de papeles y formularios.

– Buenos días, Emma.

– Buenos días, señor Lorre. Ha llegado esta documentación a su nombre. Según me ha dicho el mensajero que la ha dejado es muy importante que se firme y se devuelva cuanto antes.

– Emma, sabes que lo más importante ahora es el trabajo en el set de rodaje. ¿Por qué no me haces un favor y dejas todo eso en mi despacho, sí?

La muchacha me miró con cara de no estar convencida del todo. Hacía seis meses que trabajaba para mí como mi asistente personal. Había que reconocer que no sólo era bonita. Además, era muy concienzuda y se le daba muy bien todo el papeleo de oficina. Parecía a punto de objetar algo, pero me adelanté antes de que pudiera hacerlo.

– Te prometo que en cuanto que acabemos esas escenas me pongo a ello, ¿de acuerdo?

– Está bien. ¿Qué tenemos para hoy?– dijo ella más conforme y con una sonrisa radiante en un rostro que hubiera desarmado al mismísimo Valentino de estar todavía entre nosotros.

– Hoy tenemos que avanzar con la escena del ataque de los cefalópodos gigantes.

– Suena emocionante.

Entramos pensando que ese sería un gran día de rodaje. Por desgracia, nada más lejos de la realidad. Al final de la jornada, tan solo habíamos conseguido filmar unos pocos minutos de metraje, de los cuales tenía casi la total seguridad de que serían inservibles. Todo aquello era un desastre. Primero, la iluminación comenzó a fallar y la imagen se oscurecía constantemente. Después, el chico que debía de meterse en el traje del calamar asesino no daba pie con bola y se salía continuamente de cámara. Para colmo, algún imbécil sin identificar –estaba casi convencido que había sido el borracho de Norris–, le había dado un golpe a la maqueta de la ciudad y había descompuesto una buena parte de sus calles. En resumidas cuentas, un día de esos para olvidar.

Saqué un cigarrillo con la esperanza de que aquello al menos calmara mis crispados nervios. Fue entonces cuando vi por primera vez a aquel tipo de aspecto siniestro. Era un personaje alto y delgado, de mediana edad. Lucía un fino bigote que cubría discretamente su labio superior e iba peinado a la moda. Cuando se alejaba se dio la vuelta y me miró de soslayo. Sus ojos me dedicaron una mirada intensa, suficiente para hacer que se me erizada ligeramente el vello del cogote. Se daba un aire a uno de esos actores de terror que no necesitaban maquillaje para causar en el espectador una sensación de temor e inquietud.

Enseguida me giré hacia Emma buscando una explicación.

– ¿Quién es aquel hombre de allí?– dije mientras señalaba al fondo de la sala donde las sombras comenzaban a ocultar su silueta.

– ¿Qué hombre? Yo no he visto a nadie.

– Había un hombre de aspecto inquietante dando vueltas por el estudio… ¿Es que nadie lo ha visto? ¡Oh, demonios! Es igual. Por favor, Emma. Dile a Lou que para mañana quiero a alguien de seguridad en la puerta del estudio mientras rodamos. No quiero curiosos merodeando mientras que estamos grabando.

La muchacha pareció algo confusa. Sin embargo no dijo nada.

– Me marcho. Avisa a todos de que se suspende el rodaje hasta mañana.

– Señor Lorre… La documentación.

– Sí, ya se. Sólo voy a tomar el aire. Volveré en un rato.

Dicho esto, me marché de allí sin más.

Estaba enfadado por cómo se estaba desarrollando todo aquel asunto del rodaje. Era un auténtico fastidio. Mucho me temía que al final no cumpliríamos con lo acordado. La Productora iba a pedir sangre y sería mi cabeza la que rodaría por el enmoquetado suelo del despacho del jefe. Me monté en el coche y me dirigí a la ciudad. No tenía ningún plan en particular. Tan sólo quería alejarme un poco de todo aquel infierno en el que se estaba convirtiendo la película. Aparqué en el primer sitio que vi junto a la acera y me decidí a estirar un poco las piernas. La gente iba de aquí para allá con aspecto desenfadado. Sentí envidia de ellos. En esos instantes hubiese dado lo que fuera por olvidarme de toda aquella presión que sentía sobre mis hombros. Al pasar por delante de una de las tiendas algo en su publicidad consiguió distraerme, al menos por un momento. El establecimiento en cuestión era una zapatería.

“MAGÍA PARA SUS PIES. SI NO SON LO MÁS CÓMODOS QUE HA PROBADO EN SU VIDA, SE LOS PUEDE LLEVAR GRATIS.”

Así es como rezaba el eslogan.

Me resultó divertido. Nadie podía ser tan tonto para creerse que le regalarían unos zapatos al primer mendrugo que entrara y pusiera en duda el anuncio.

Aun así entré a echar un vistazo. La tienda estaba a rebosar de género desde el suelo, casi prácticamente hasta el techo. Al fondo un hombre que habría pasado de largo hacía tiempo los cincuenta, atendía a una mujer joven de aspecto elegante. Me dio los buenos días y me aseguró que enseguida estaría conmigo. Mientras tanto, desde una radio lejana sonaba la inconfundible “Rock my Baby” de The Crickets. Observé satisfecho que aun contaban con esos chismes de rayos X que usaban para saber el número exacto que calzabas. Por desgracia, cada vez se veían menos. Al parecer, unos estudios recientes decían que su uso era dañino para la salud y los estaban retirando de los establecimientos. Yo por supuesto no me creía una sola palabra de todo aquello. Fue en ese momento cuando lo vi de nuevo. Me giré para hacerle una pregunta al dependiente que ya acompañaba a la chica hasta la puerta a la vez que le sostenía amablemente las bolsas de su recién adquisición. El tipo siniestro del rodaje estaba asomado al escaparate de la tienda apoyando su rostro directamente sobre el cristal. Y lo peor de todo es que me mirada directamente a mí. ¿Pero es que acaso me estaba siguiendo? Aquello era el colmo. Solté los zapatos y me dirigí hacia la puerta dando grandes zancadas. El dependiente intentó detenerme con una frase educada, tratando así de no perder un cliente. Ni si quiera me fijé en él. Di un empellón a la puerta del negocio y me abalancé hacia la calle. Una vez en el exterior miré en todas direcciones. Estaba furioso. Estaba siendo un día horrible, y encima ahora un majadero comenzaba a perseguirme por toda la ciudad. Cuando salí parecía que el tipo se las había apañado para volver a desaparecer. Pero fue un error, ya que cuando estaba a punto de marcharme volvió a aparecer como de la nada y agarró la libreta que yo aún sujetaba en la mano. ¿Cómo lo había hecho? Desde luego si era un truco de magia era el mejor que había visto en años.

– ¿Qué hace? ¿Está chiflado? ¡Suéltela!– le recriminé.

Sin embargo estaba claro que no pensaba ceder en su empeño. Rodee el cuaderno con la otra mano y tiré con fuerza mientras que el tipo ponía una extraña mueca que llegó por un momento a asustarme. Por fortuna, un policía que estaba en la zona acudió a socorrerme.

– ¡Eh, qué es lo que ocurre ahí!

El tipo siniestro al verse descubierto echó a correr con el rostro convertido en una máscara de ira. El agente se acercó hasta a mí en un claro gesto de protección.

– ¿Se encuentra bien?

– No lo sé. Ese tipo quería robarme. No entiendo nada, la verdad…

– Si quiere podemos ir a comisaría y presentar una denuncia.

– No es necesario, muchas gracias agente.

– Como quiera. Si cambia de opinión, ya sabe dónde encontrarnos.

– Muchas gracias, de verdad.

Mientras que aquel agente de la autoridad se alejaba, me senté un instante en el bordillo junto a la acera para tomar algo de aire. Todo aquello había sido demasiado. Decidí hacer una llamada. Por alguna extraña razón, todo aquello comenzaba a resultarme demasiado familiar. Entre en una cabina e introduje veinticinco centavos para llamar al estudio. Fue Emma la que descolgó.

– Despacho de Vincent Lorre.

– Emma, soy yo Vincent. Necesito que te reúnas conmigo en mi casa. ¿Tienes la dirección?

– Pero señor Lorre, no creo que eso sea lo más apropiado…

– Emma, no hay tiempo para eso ahora. Por favor, está pasando algo muy raro y necesito de tu ayuda. Te veo allí en treinta minutos.

Por un segundo, solo hubo silencio. Finalmente, Emma respondió.

– De acuerdo, allí estaré.

Veinte minutos después de telefonear, aparqué frente al jardín y me dirigí al interior de casa. Me dejé caer en el sofá vencido por los acontecimientos. Un poco después, cogí el cuaderno y por primera vez desde aquella mañana lo abrí de nuevo. Empecé a ojear de forma compulsiva sus hojas tratando de averiguar que se ocultaba tras aquellas páginas. Por fin caí en la cuenta. Ese era el motivo de que todo me resultase tan familiar. Mis garabatos de alguna forma que no acertaba a descubrir, relataban –eso sí, de forma desordenada y más confusa– todo lo que me estaba sucediendo.

Una voz familiar interrumpió mis pensamientos.

– Hola, Vince.

Era Maila la que estaba frente a mí, de pie en el salón. Ni si quiera la había escuchado acercarse.

– Hola, cariño. ¿No se supone que ibas a pasar el día con las chicas?

– Tenía jaqueca, así que he decidido quedarme en casa– respondió sin mostrar el más leve cambio en su rostro.

– ¿Estás bien? ¿Quieres que llame al doctor?

– No es necesario, ya he tomado unos calmantes. Seguro que en un rato me encontraré mucho mejor. ¿Qué es lo que tienes ahí?– dijo posando sus ojos directamente sobre mi libreta.

– Es mi cuaderno de trabajo. Me lo regalaste tú, ¿recuerdas?

– Claro, es cierto– de nuevo esa inflexión en el tono de su voz al pronunciar las palabras. – ¿Me dejas que le eche un vistazo?

– ¿Cómo? Si tú nunca te has interesado por mi trabajo– aquella petición me cogió por sorpresa.

– Bueno, alguna vez tenía que ser la primera.

Su rostro sonreía, sin embargo sus ojos reflejaban algo distinto. Si aquella era una sonrisa sincera, yo era Alfred Hitchcock.

– No son más que tonterías. Seguro que te aburren– objeté sin mucha convicción.

Su semblante cambió de nuevo a una expresión que nunca antes le había visto. Aquellos rasgos, duros y fríos como la cortante hoja de una navaja no se correspondían con la mujer que conocía.

– Dámela, Vincent.

De su espalda sacó un extraño artilugio que recordaba un poco a un arma, pero de aspecto mucho más futurista. De hecho, se asemejaba bastante a las que usábamos en nuestras producciones.

Intenté mostrar mi mejor sonrisa.

– Vamos, cariño. Si esto es una broma no tiene gracia. He tenido un día horrible y…

– He dicho que me la des, ¡ahora!– su grito me hizo dar un respingo. Había sonado demasiado irreal para salir de la garganta de un ser humano.

– Está bien.

Me levanté lentamente, intentando no ponerla más nerviosa de lo que ya parecía. Cuando estaba a punto de entregársela, un golpe sordo resonó en la sala y Maira cayó al suelo. De detrás de ella apareció Emma que todavía agarraba el cazo de metal con el que le había asestado un único pero efectivo golpe. Estaba tan aturdido que no me había dado cuenta de que se había aproximado en silencio desde su espalda. Me alegré más que en toda mi vida de ver a esa dulce muchacha.

– Gracias, Emma.

– ¿Qué es lo que está pasando señor Lorre? ¡Acabo de noquear a su mujer!

– No lo sé muy bien todavía. Pero por increíble que te pueda parecer, todo guardar relación con este cuaderno.

– ¿Pero que hay en él que pueda ser tan valioso como para que su mujer quiera matarle?

– No tenemos tiempo, Emma. Salgamos de aquí. Tengo el coche aparcado fuera. Te lo contaré lo que sé en cuanto que estemos lejos de aquí.

Y así lo hice. Una vez nos subimos al coche, conducimos sin rumbo durante un buen rato mientras le explicaba lo sucedido y lo que contenía aquella libreta. Emma me miraba a mitad de camino entre la incredulidad y el asombro, ya que aquella historia que se parecía demasiado al guion de una de mis películas.

Después de un buen rato discutiendo sobre qué hacer, Emma y yo nos decidimos a llegar al fondo de todo aquel insólito asunto. Así que juntos pusimos rumbo al área de recreo Kenneth Hahn State. Era la última anotación de mi cuaderno. Este paraje natural estaba a las afueras de la ciudad y contaba con hectáreas de bosque que cubrían grandes extensiones de terreno. Cuando llegamos, aparqué el coche junto a la entrada y nos encaminamos por el sendero que corría entre sus altos y nudosos árboles. Ya había anochecido, lo que hacía que todo aquel follaje ocultara más aún la poca luz natural que llegaba desde las alturas. Por suerte, siempre llevaba una linterna en la guantera. Mientras andábamos repasaba todo aquel día. Era imposible, y sin embargo ahí estaba la evidencia. Todo estaba escrito en mi libreta. El encuentro con el hombre alto, la persecución, todo. Sin embargo, el final de toda aquella historia se me resistía. Ahí acababan mis anotaciones. No tenía la menor idea de qué encontraríamos allí en aquel lugar. Pero esperaba que no fuera la muerte.

Caminamos varios minutos en silencio. Podía sentir el nerviosismo de Emma que se aferraba a mi brazo con una fuerza inusual. Un poco más adelante, llegamos a un claro. Estaba completamente despejado, y nos permitimos tomar un descanso. Un cielo tan hermoso y plagado de constelaciones como no había visto nunca antes se expandía sobre nuestras cabezas.

– ¿Qué cree que pasará ahora señor Lorre?

– Deja de llamarme así, Emma. Creo que después todo lo sucedido, deberías de empezar a llamarme Vincent, o Vince, si lo prefieres.

Un ligero brillo acompañado de una leve sonrisa apareció en su rostro.

– ¿Pero, qué crees que vamos a encontrar aquí, Vincent?

– No lo sé, pero ya que hemos llegado tan lejos debemos continuar. ¿No te parece?

La muchacha se quedó callada mirándose la puntera de los zapatos.

– Vincent…

– Dime, Emma.

– Hay algo que debía haberte dicho mucho antes, pero no me he atrevido nunca por miedo a lo que pudieras pensar de mí.

– Emma…

– Además, eres un hombre casado, y yo sólo soy tu asistente…

– No digas nada, más.

Ella me miró sorprendida y sus ojos brillaron tan intensamente como el azul de las estrellas que en ellos se reflejaban.

Cogí su rostro entre mis manos con mucha delicadeza y posé mis labios contra los suyos. La miré de nuevo a los ojos y pude ver una felicidad como jamás había visto en ellos. Estaba convencido de que aquella muchacha podía hacerme perder la razón si se lo proponía.

– Ahora, debemos continuar.

Emma me miró con cierto rubor todavía en su rostro y cogiendo mi mano emprendimos de nuevo la marcha. Sin embargo, no habíamos andado ni diez pasos cuando algo nos interrumpió. Una sombra alta y oscura que conocía muy bien se interpuso entre nosotros y nos cerró el paso.

– Dame ese cuaderno– su voz sonó extraña, como si saliera de algún tipo de artilugio metálico.

Silencio por mi parte.

– He dicho, que me des el cuaderno– insistió.

Sin darme tiempo a nada más, aquel hombre se lanzó sobre mí con una velocidad pasmosa. Forcejeamos durante unos instantes mientras trataba con todas sus fuerzas de aferrar el cuaderno que llevaba cogido a la cintura. Ambos caímos al suelo y rodamos como dos felinos salvajes y hambrientos. Desesperado, lanzó sus manos a mi cuello con la intención de estrangularme. Aquello me cogió por sorpresa. Intenté soltarme, pero tenía demasiada fuerza. Busqué a ciegas entre toda aquella oscuridad algo con lo que defenderme. Mientras tanto, podía oír como Emma le gritaba que me soltara. A punto de perder la consciencia palpé con los dedos algo rugoso y ligeramente afilado. Lo agarré como buenamente pude y golpeé el lateral de la cabeza de aquel loco reuniendo todas las fuerzas que me quedaban. Finalmente me soltó y tambaleándose se alejó unos pasos.

A duras penas conseguí incorporarme. Todavía con aquella piedra en la mano busqué con la mirada a Emma, la cual se escondía detrás de mí con un atisbo de espanto en su rostro. Cuando miré de nuevo a aquel hombre descubrí horrorizado que parte de la piel de su rostro se había desprendido. Bajo ese amasijo de piel se adivinaba un entramado de circuitos y piezas que brillaban como si fuera de metal. ¡Aquello debía de ser una maldita pesadilla!

Sin tiempo ni tan siquiera a tomar aire, apareció Maila de entre los árboles. Portaba en los brazos a su fiel mascota a la cual acariciaba delicadamente como un villano de película.

– ¡Maila!– exclamé sorprendido.

– Hola, Vince– por algún motivo, su voz había adquirido el mismo tono monocorde y mecánico de aquel ente con el rostro de metal.

– No entiendo nada. ¿Qué es lo que ocurre?

– Debíamos ganar tiempo. No podíamos permitir que desbarataras nuestros planes.

– ¿Planes?– miré a Emma por un instante y su rostro me decía que estaba tan impresionada como yo.

– Esa libreta y ese sueño, podían hacer que todo en lo que llevamos meses trabajando se fuera a pique. Y eso no podía pasar bajo ningún concepto.

– No entiendo nada.

– No te lo tomes como algo personal. Nos has sido de gran ayuda. Gracias a ti, hemos podido estudiar la conducta humana, conocer vuestros puntos fuertes, pero sobre todo vuestras debilidades. Lástima que tu mente te traicionara. Efectos secundarios del estudio, supongo.

– ¿Efectos secundarios? ¿Estudio? ¡De qué demonios hablas!

Una sonrisa maliciosa asomó entre sus labios. Posó la mano que le quedaba libre sobre su cabeza y empezó a zarandear su cabello como si quisiera arrancársela de un tirón. La piel terminó por desprenderse del rostro y dejó ver una máscara que parecía hecha a partes de metal y conexiones como las de un reloj, idéntico al del hombre que permanecía quieto a su lado. Me cubrí el rostro con las manos. Aquello no era real. Un almizcle de rabia y asco pugnaba por salir de mi estómago.

– Era necesario, Vincent. ¿Ahora lo entiendes? Mira al cielo. Eso te ayudará a despejar tus dudas. La invasión está a punto de comenzar. Queremos que seas un espectador de honor, a fin de cuentas nos has ayudado más que ninguno de los otros especímenes a prueba.

Emma y yo miramos hacia el cielo de la noche. Al principio, incrédulos no la creímos. Enseguida empezaron a aparecer los primeros platillos volantes con sus vistosas luces. Eran decenas, cientos, ¡no! Miles… Había sido un estúpido. Me había dedicado toda mi vida a la ciencia ficción y sin embargo había estado ciego ante las evidencias que se habían estado paseando ante mis ojos.

Miré por última vez a Emma. Las lágrimas bañaban sus mejillas. Limpié su rostro cariñosamente y la estreché entre mis brazos.

– Tenemos que salir de aquí, ¿preparada?

La joven asintió y volvió a cogerme de la mano. Pensé que eso era todo cuanto necesitaba en ese momento. Juntos podríamos resistir cualquier cosa, incluso una invasión alienígena.

Antes de que aquellos seres pudieran detenernos, Emma y yo comenzamos una carrera de fondo a través del bosque.

Mientras tanto las naves seguían llegando hasta que pronto sustituyeron por completo a las estrellas que reinaban en el firmamento.

 

 

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