El regreso de la Espada Blanca

Por Luis Guillermo Del Corral

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Miguel hace una promesa

  No los contó, pero eran menos de cinco. Todos sucios, de cabellos oscuros como trapos sucios y grasientos, y caídos mostachos que a ojos del recién llegado semejaban rabos de canes flacos. Vestían mugrientas ropas de un sucio color casi imposible de identificar e iban armados con unas espadas largas de un solo filo y con una ligera curvatura de la hoja.

  En un primer momento, Miguel no pudo identificarlos. Era la primera vez que veía hombres con esos ojos y un porte  tal. Uno se cubría la cabeza con un casco de diseño que jamás había visto antes. Sus vivos colores y las dos astas le recordaban a las antenas de un gigantesco insecto.

  Otro hombre, señalaba entre jadeos a Miguel mientras hablaba. Su peculiar acento y el, a sus castellanos oídos, duro idioma, le recordó historias oídas de boca de aterrados navegantes en el puerto de Manila.

  Piratas de Cipango.

  Los bandidos de las olas con quienes se asociara su difunto hermano.

  — ¡Prestad atención patanes! —exclamó, levantando pistola y navaja—. He venido a por la Espada Blanca de David Zancada. ¡Apartaos si no queréis anunciar mi llegada al infierno!

  Cuando pronunció aquel nombre, el mero sonido de las palabras hizo reaccionar a aquellos salteadores del mar.

  Todos inclinaron el cuello en un gesto de extrañeza. Uno de los piratas se acercó al del extravagante casco y susurró de manera apresurada. Sin previo aviso, los ojos del que sin duda era su líder se desorbitaron con una expresión que Miguel de Polaciones y la Vega conocía. Una que le era familiar como ninguna otra.

  Ira asesina y sed de sangre.

  Se forzó a no disparar la pistola, había decidido guardar la bala para el que se cubría con el casco. Dejó de pensar y se limitó a sentir. Los hombres alzaron sus peculiares espadas y avanzaron, dispuestos a despedazar con sus filos a Miguel como un filete en el plato.

  Sabía que quedarse quieto era la muerte y por tanto se movió como si su vida dependiera de ello, pues así era. Pero no huyó. Hizo lo inesperado ¡y cargó hacia la ermita! La puerta estaba entreabierta y aún tenía una posibilidad.

  Se dejó caer y rodó sobre sus hombros, esquivando algunos de los filos que buscaban su cansada carne. Se incorporó con un amplio arco hacia arriba en diagonal de su navaja. No rajó a enemigo alguno, pero por instinto, dieron un paso atrás, entorpeciendo a los bellacos que tenían a su lado.

  El asustado hidalgo entró en la ermita salvando la vida por muy poco. La punta de una de las espadas enemigas se melló contra la dura piedra del umbral. Sin mirar a sus espaldas, Miguel cerró la puerta con un desesperado golpe.

  Afuera escuchó lo que a sus oídos parecieron sonoras maldiciones. Tuvo la esperanza de que uno de los piratas hubiera chocado contra la puerta, tal vez partiéndose la nariz.

  Unos pasos por delante de él se hallaba el altar y tras este, en un pedestal que sobresalía de la pared, la imagen de Santa Rosa de las Agujas. La talla representaba a una joven, casi niña, vestida con un hábito con una capucha que la caía por la espalda, de rostro y manos de blancura inmaculada. Los ropajes se hallaban cubiertos de pan de oro y sujetaba dos puntiagudas agujas metálicas. A su diestra, observó otra talla, más diminuta. Era una especie de duende, que se cubría también con hábito encapuchado, pero este era negro y tapaba su cabeza. El ser tenía la boca abierta como si papara moscas.

  De inmediato, su atención fue atrapada por el objeto sobre el altar. Parecía clavada en la piedra, pero en realidad se hallaba insertada en una estrecha grieta. Una espada de acero toledano, con la empuñadura blanca como la sal.

  Apenas sus dedos empezaron a cerrarse sobre el arma, se sobresaltó al escuchar una voz de extraño acento a su izquierda.

  —Quieto o mueres.

  Quien así había hablado era una mujer. El lugar estaba sumido en la semioscuridad, la poca luz que entraba por los ventanucos creaba una mancha de claridad en la pared. Enmarcada como un retrato viviente, en su interior se encontraba la cabeza de quien había hablado.

  Una mujer de inquietantes rasgos, nada agraciada. Su rostro estaba cubierto de una telaraña de pequeñas cicatrices, de la parte superior de una oreja le faltaba un pedazo, como si se lo hubieran arrancado de un mordisco. Una fea cicatriz, mayor que las otras, le cruzaba el rostro y descendía por el cuello, hasta meterse bajo de su ropa.

  —Es la espada de mi hermano —respondió él—. La única herencia que puede tener un bastardo desheredado como yo.

  La mujer, que por sus rasgos juzgó que en sus venas debía de mezclarse sangre española y de Cipango, adelantó el arcabuz que sostenía. Con experto ojo de aventurero, Miguel lo identificó como una imitación de un arma portuguesa y no muy buena.

  Sin volver el rostro, ella gritó algo en la misma lengua de los hombres que aguardaban fuera. El inquieto hidalgo solo pudo identificar una penosa y corrupta pronunciación del nombre y apellido de su hermano. La puerta se abrió, dejando ver a los piratas en el exterior.

  Aquellos rufianes guardaban un total silencio, sus miradas fijas como voraces colmillos en el hombre junto al altar.

  —Mis hombres serán testigos. Habla. Demuestra que eres hermano de David. Si mientes, te mato.

  Miguel, con una serenidad inesperada incluso para él mismo, guardó la pistola en la bolsa, plegó la navaja y comenzó a contar su historia. Narró sobre todo su infancia, sus vivencias junto a su hermano y como tras afrentar a un poderoso, David huyó a los más lejanos confines del imperio.

  Sus palabras eran traducidas a los piratas por su lúgubre líder. Ocasionales murmullos, ya fueran de asentimiento o sorpresa, fueron acallados con un poco amable gesto de la mujer.

  —Supe de su malhadado fin a punto de zarpar rumbo a Manila, por boca de un bellaco que reconoció el parecido familiar. Juré que vengaría su infame muerte con su propia espada. ¡Ni Dios ni Satán me lo impedirán! —Aquel estallido de ira erizó su mostacho como si tuviera vida propia.

  La líder de los piratas, Miguel se había convencido de que lo era, habló de nuevo en la dura y a un tiempo musical lengua de Cipango. Los piratas replicaron, algunos aguantando la risa. Otros, más serios, parecían preguntar algo a la bandida del rostro arrasado.

  Miguel sentía una mezcla de miedo y fanática seguridad de propósito. Podía morir allí, era quizás demasiado consciente de ello, si tal cosa era posible. Más estaba dispuesto a desafiar a la misma Parca y regresar de la tumba si sucedía.

  Todo, con tal de cumplir la palabra empeñada.

  Por esa misma razón sintió un muy doloroso nudo en la garganta cuando la pirata respondió:

  —Lo lamento. No podrás cumplir tu promesa de venganza como deseabas.

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