El regreso de la Espada Blanca

Por Luis Guillermo Del Corral

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Santa Rosa de las Agujas

  Como si la misma ira del cielo acosara a Miguel, el viento y la lluvia le siguieron en su camino al norte. De hecho, la fuerza de los elementos parecía aumentar a medida que se alejaba de Manila. Al mismo tiempo, eso le ayudó para dejar atrás a los encargados de perseguir y capturar a aquellos que incumplían leyes y fueros como modo de vida.

  A aquellos interesados les decepcionará saber que el decidido aventurero supo guarecerse del agua, aunque no tanto de las estocadas del hambre. Su camino en busca de la emita careció de hechos de armas. No hubo desesperadas huidas, duras palabras o asombrosas hazañas en el curso de su empresa.

  En honor a la verdad, sí hubo algo. Una creciente esperanza, casi certeza, de alcanzar pronto aquello que buscaba. En su camino se topó con viajeros, correos, peregrinos… que le respondieron con premura antes de continuar con su andar bajo la lluvia. Con leves variantes, la respuesta siempre era la misma.

  La ermita de Santa Rosa de las Agujas era real y se hallaba en la dirección que seguía. De hecho, una anciana que llevaba cacharros para vender cargados a lomo de un burro, le informó de algo que casi le hizo llorar de alegría.

  — ¿La ermita desde la que se ve la playa de las tortugas? —la vieja rio por lo bajo, como si poseyera un secreto solo conocido por ella—. Claro, hijo. Seguid caminando dos días.

  — ¿Solo eso? —A Miguel le resultaba extraño que tras tantas penurias, el final de su empresa estuviera tan próximo y fuera tan fácil alcanzarlo—. ¿Tan cerca?

  —Desde el camino veréis la playa. Caminad tierra adentro y alcanzareis la ermita. Pero tened cuidado. Nadie que sea temeroso de Dios debería ir.

  El hombre frunció el ceño. El agua de lluvia resbaló por su cara, nublando su vista. Gruñó con tono descreído y comenzó a dar la vuelta. Llevaba media jornada refugiado al borde del camino y se le había agotado su casi inexistente paciencia.

  —Escuchadme —insistió la vieja—. Digo la verdad. Ese lugar os condenará al infierno si acudís.

  Aquellas palabras fueron pronunciadas con tal calma y seguridad que resultó imposible no prestar atención. Sin embargo no se volvió, dando la espalda a la anciana, permaneciendo de pie bajo la lluvia revuelta por el viento.

  —Habla ya, tengo prisa, abuela.

  —No sé qué buscáis, pero ese es un lugar impío: Hombres con rostro de demonio se han refugiado allí. ¡No vayáis o condenareis vuestra alma al infierno!

  Miguel suspiró con desdén pero aliviado. Ya faltaba menos para alcanzar el fin de un periplo demasiado largo ya. Un impulso de supersticioso respeto le hizo murmurar un agradecimiento a aquella mujer. Casi indiferente a la implacable cortina de agua que seguía vertiéndose desde el cielo, alargó sus zancadas de modo inconsciente.


  Durante dos días, caminó hacia el norte, sin desviarse del camino indicado. Tan solo se apartó lo justo para calmar el hambre con frutos que sabía engañarían los bramidos de su estómago vacío. Se cruzó con unas pocas personas a las que, invadido por un expectante temor, hizo la misma pregunta.

  —Disculpad. ¿Podéis indicarme el camino a la ermita de Santa Rosa de las Agujas? Me dirijo allí en peregrinación, mas temo haberme extraviado.

  No mentía. El estar tan próximo al fin de su viaje le hacía sufrir un absurdo temor. El de no ser capaz de hallar lo que buscaba. Había algo de demente en su mirada al pronunciar las palabras.

  Las respuestas fueron las mismas, se hallaba en el camino correcto. Hubo algo sin embargo, que incluso en su estado no le pasó desapercibido.

  Fue al amanecer del segundo día tras su encuentro con la anciana. El vendaval había perdido fuerza. Aunque seguía lloviendo, no tenía tanta rabia como en jornadas anteriores. Pero no era eso lo que había llamado su atención. Se trataba de un sentimiento lúgubre y de inquietud, como el que podría invadir el ánimo ante un peligro inminente y desconocido.

  Las últimas personas que le habían confirmado que estaba en el buen camino habían tratado de disimular su creciente miedo y mayores escrúpulos sin conseguirlo. Un pescador con el cual se cruzó actuó de modo extraño: Apenas respondió, se santiguó con rapidez y se alejó corriendo como si las huestes del infierno le persiguieran.

  Una idea germinó en su mente, pero el ansia que le provocaba estar tan cerca del fin de su viaje, como una amante celosa y posesiva, le impedía prestar más atención a la idea. Tan solo quedó una suerte de señal, avisándole como la calma tras la tormenta.

  El astro rey había recorrido casi la mitad de su camino, cuando la lluvia cesó por completo. Aun soplaba el viento, que Miguel agradeció, sus ropas, cabello y orgulloso mostacho se secarían antes. Su instinto de buscador de fortuna se alegró por la bolsa impermeable en la cual llevaba su pólvora, balas y pistola.

  En su fuero interno, sintió casi como si la Providencia velara por él, a pesar de lo sacrílego del acto que se disponía a llevar a cabo. Apenas cesó de caer el agua y se despejó el cielo, alcanzó al sendero que le habían dicho que le llevaría hasta la ermita.

  Aquella infame borrachera le había perjudicado tanto como beneficiado. Sí, había desvelado sus intenciones. Pero también desbocó las palabras de Don Rodrigo y le ahorró el buscar cual había sido la vida de su hermano en Filipinas. Hasta aquel momento solo había sabido, por boca de un antiguo compañero suyo, que había muerto ante el altar del templo que buscaba.

  El sendero ascendía en una retorcida pendiente, la cual daba la sensación de ser una gran serpiente tendida sobre aquella parte del mundo. Algún alma caritativa había cavado en el terreno toscos huecos a modo de escalones. Sin embargo, el roce del paso humano los había desgastado con incómodas consecuencias.

  Miguel se tuvo que detener varias veces. Temía que la fatiga le hiciera resbalar, caer hasta la base del sendero. Y maldita la gracia que le hacía aquella idea. Apenas coronó la subida, enderezó la espalda y se volvió sin mirar al frente. Tal y como habían proclamado ante él, se veía una playa a lo lejos. En aquel momento y desde tal distancia, no distinguía tortuga alguna.

  De repente se giró de nuevo, hacia el interior. Las espesas ramas ensombrecían el estrecho sendero. Tras tanto tiempo caminando bajo el sol, no distinguía más que manchas de oscuridad. Pero estaba seguro de oír alejarse algo de un modo apresurado.

  —Será un mono que mi aparición ha espantado —se dijo. Empuñó la navaja y la pistola. Ser precavido le había salvado la vida más veces de las que deseaba recordar. Los nervios de estar ya a unas pocas decenas de pasos del lugar que durante tanto tiempo había buscado hollar con sus pies no le permitió darse cuenta de un detalle. Uno que de haberlo percibido, le habría preocupado más que ningún otro.

  El ruido de carrera a través de la vegetación. No huía de su avance como pensaba. Tan solo iba por delante.

  No contó los pasos ni el tiempo que le tomó darlos. No fueron ni muchos ni pocos, ni tardó tanto que sintiera una rabiosa impaciencia. Cuando al fin alcanzó la ermita, vio que en efecto, era tal y como se la habían descrito.

  Un pequeño templo, en medio de un no muy extenso claro que comenzaba a ser reclamado por la vegetación. De hecho, las ramas de los árboles casi se unían sobre su techo, castigado por la furia de los elementos. Hubo un detalle que no pudo comprobar debido al obstáculo que tenía ante sí.

  Entre la ermita y él se interponían un grupo de hombres con aspecto de rufián tabernario.

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