El regreso de la Espada Blanca

Por Luis Guillermo Del Corral

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La gratitud de una rufiana

  —Cuando supe de su muerte, juré la del responsable.

  — ¡Hideputa! ¡Víbora malnacida! ¡Hereje! —El pecho de Miguel se hinchaba de un modo exagerado, como un corazón capaz solo de bombear ira—. ¿Y mi promesa? ¡¿Y mi honor?! ¡¿Quién eres tú para robarme lo único que tengo?!

  —La ahijada de vuestro hermano —asustada, alzó de nuevo su arcabuz—. Yo mando ahora la tripulación de mi padre. Me enseñó a conseguir el respeto de mis hombres. Me trató como a una igual.

  >>Aceché, capturé y di muerte a la responsable de su muerte. Juré que presentaría su cabeza en el lugar donde murió Don David. Y lo iba a hacer justo en el momento que llegaste. Con permiso o sin él.

  La mujer hizo caso omiso de los sonoros, casi bestiales bufidos de Miguel. Posando el arma contra la pared del pequeño templo se agachó. A sus pies había una cesta de paja que el hombre no había visto antes. Cuando la abrió, la escasa luz arrancó cristalinos detalles de la sal que casi rebosaba.

  No pudo reprimir una exagerada mueca de asco cuando agarrada por su cabello, sacó una cabeza de mujer de ojos rasgados. Su mirada, hueca e idiota como la de toda carne muerta, le estremeció. Le recordó sin amabilidad que él también acabaría así algún día. Como una carroña vacía de espíritu.

  Apenas prestó atención a los murmullos de los piratas en el exterior. Miguel estaba fascinado con la escena que contemplaba. La muchacha, ahora veía su juventud, sostuvo con solemnidad la testa sin cuerpo. Fueron pocos pasos, pero tan graves y solemnes como una ceremonia celebrada en la más rica y majestuosa catedral del imperio español.

  Depositó la testa sobre el ara, justo enfrente del filo de la espada. Comenzó a hablar en un tono ritual, con la cadencia de quien recita unas palabras meditadas y aprendidas de modo indeleble. Apenas abrió los labios, los piratas en el exterior callaron.

  El bastardo continuaba sin entender el discurso, pero reconoció de nuevo el nombre de David Zancada. Fue una alocución breve, pero cargada con una sensación tal de seriedad que de haber llevado sombrero, el hombre se hubiera descubierto.

  Sentía una incómoda mezcla de satisfacción y disgusto. Su hermano había sido vengado, pero no por su mano. No con su espada, como él había prometido. Por primera vez en su vida, Miguel de Polaciones y la Vega dejaba una palabra empeñada sin cumplir.

  —Gracias —dijo con un hilo de voz—. Su muerte ha sido vengada. Es lo importante.

  —Al contrario —respondió la mujer—. Esta solo era una de los siete culpables que conspiraron para acabar con mi padrino.

  — ¿Cómo te llamas? —El gesto de Miguel era tan duro que habría dejado sin aliento al más sanguinario matarife.

  —Tomoe, hija de… —cerró la boca con evidente malhumor ante el brusco gesto que había interrumpido su respuesta.

  —No me importa quién te parió. Eras ahijada de mi hermano. Eso basta —Sin decir nada, cerró la diestra sobre la espada en el altar y la sacó con un metálico susurro de acero contra piedra vieja—. Navegaré contigo y junto a ti buscaré a los asesinos de David y con esta misma espada les daré la más infame de las muertes.

  —Como desees. Es lo justo.

  Mientras abandonaban el pequeño templo, sus pasos agitaron las sombras que lo cruzaban al pasar ante las ventanas. El movimiento dibujó movedizas imágenes en la talla de la santa, dando la inquietante sensación de una enigmática sonrisa.


  ¿Qué? No. No, no. permanezcan en sus asientos, estimado público. La historia en sí misma ha terminado. Poco hay que yo pueda añadir. Lo que aconteció tras que Miguel atravesara la puerta de la ermita es digno de narrar. Más no en este momento.

  Lamento la decepción. Lo lamento en lo más profundo de mi espíritu. Más hay leyes que ni siquiera yo me atrevo a desafiar. Mucho menos a desobedecer, pues he visto las consecuencias que tal delito puede acarrear a quien lo comete.

  No se entristezcan. Hay algo que sí puedo contarles para, en parte, saciar su hambre de respuestas. Pueden llamarlo una rúbrica de a quien ustedes se dirige, si así lo desean. Tuvo lugar una ventosa tarde de verano, en la costa de Filipinas, cuando el archipiélago aun formaba parte del imperio español.

  El sacerdote acabó de limpiar el altar y guardó el cáliz que empleaba en la eucaristía en un cofrecillo al pie del mismo. La ermita de Santa Rosa de las Agujas de nuevo albergaba ceremonias pías en lugar de tratos de rufianes pecadores.

  Era pura superstición, casi idolatría, de hecho. Pero le gustaba pensar que la santa sonreía con aprobación. Todavía agachado tras el ara, se irguió sobresaltado al escuchar la puerta del diminuto templo que se abría.

  En el umbral contempló un hombre de inquietante aspecto.

  Era alto, de espaldas firmes y músculos de lobo. Su actitud hacía pensar en un resorte apretado, a punto de saltar. Un fiero mostacho no lograba ocultar una multitud de cicatrices que convertían su rostro en una carta geográfica de combates a muerte y sin cuartel. Con repulsa, el cura se dio cuenta de que al hombre le faltaban dos dedos de una mano.

  No fue capaz de fijarse en los ropajes que cubrían la canallesca figura en el umbral. Toda su atención fue atrapada por su mirada. Observaba el altar con una fijeza casi inhumana. Como un peregrino que alcanzara su destino por gracia de una excesiva devoción.

  El recién llegado no habló. Sin desviar la mirada, avanzó hacia el altar. Cuando lo alcanzó, desenvainó una espada de blanca empuñadura. Aquel detalle avivó la oscurecida memoria del clérigo, que de inmediato supo quién se hallaba ante él.

  — ¡Miguel el Degollador! —se santiguó de modo atropellado—. ¡Vade retro, pecador! ¡Esta es la casa del Señor, no una cueva de ladrones!

  —Mi fama me precede —respondió el bandido del mar—. Eso facilitará las cosas. Pero aguardad. He de hacer algo antes.

  Sin hacer caso de su asustado interlocutor, el degollador sostuvo la espada en ambas manos y con una profunda reverencia la depositó en el altar. Su expresión cambió de tal modo que el miedo del testigo de aquel acto mutó en curiosidad irresistible.

  — ¿Qué significa todo esto?

  —Es una larga historia. ¿Os importa que me acomode?

  El cura no era un buen oyente. Una y otra vez interrumpió la narración del pirata. Señalaba de modo continuo lo muy pecaminoso de sus orígenes y vida y las infernales torturas que le aguardaban tras la muerte.

  Miguel respondía con salvajes blasfemias, pero continuó su historia hasta el fin.

Una historia de roja venganza, empapada en la muerte de bellacos, rufianes, canallas, perjuros, felones, ladrones, traidores y asesinos. En una retorcida justicia, ningún inocente sufrió en aquella empresa, que al bastardo hizo conseguir la infamia de ser llamado el degollador.

  O tal vez, como algunos escépticos proclaman a los cuatro vientos, no exista justicia en el mundo de los vivos. Quizá, todo lo que ocurrió sea fruto de una de las pocas verdades seguras de este mundo: Que quien a hierro mata, más temprano que tarde, a hierro muere.

  Lo primero que hizo Miguel fue preguntar por las circunstancias concretas de la traición que acabó con la muerte de David Zancada. Como Tomoe le dijera, se debía todo a la mujer cuya testa presentara ante el altar de la ermita como si fuera la más sagrada de las ofrendas.

  En vida, había sido considerada no de belleza excepcional, pero si capaz de enloquecer de placer a sus amantes. Hija de un comerciante español y su amante filipina, se crió del modo que aquellos que nacen en familias ricas lo hacen.

  También llegó a padecer un terrible mal. Uno común a muchos de su clase. Un hastío que solo las más intensas emociones podían calmar. Cuando su familia decidió que había llegado el momento de que contrajera matrimonio, decidió desafiarles y procurarse un amante que le diera lo que ella quería, como quería y cuando quería.

  Los pretendientes presentados por su familia no la satisfacían. A todos, poseyeran o no defectos, los espantó de una u otra forma. Demasiados escándalos para ser explicados todos con detalle. Baste decir que incluso ella lamentó la desaparición de alguno.

  ¿Por qué? No importa. Lo seguro es que los hombres de su clase, en el fondo le resultaban aburridos, con un excesivo gusto por imponer su voluntad. Dueños de un poco agradable afán de convertirla en algo que a pesar de su fortuna, no dejaría de ser una esclava.

  Tomoe no conoció los detalles. Solo sabía que la lujuria de la mujer fue a fijarse en David zancada de un modo desaforado. Llegaron a fornicar múltiples veces, pero todo se torció un funesto día que ella comentó a su rufianesco amante que podían casarse. La idea de ella era simple: Esclavizar a un hombre del mismo modo que los hombres pretendían esclavizarla a ella misma.

  David Zancada rechazó la idea con vehemencia. Abandonó el lecho de ella y no regresó. Aquella y no otra fue su perdición.

  Lo que había sido deseo, pasión y lujuria, se convirtió en odio, rabia y afán de desgracia ajena. La rica heredera empleó en su venganza las confidencias que Zancada le había hecho tras gozar de sus favores. Sedujo a seis bellacos que mantenían tratos con el hombre que la había rechazado.

  Uno a uno logró volverlos en contra de él. Incluso llegó a desbaratar alguna empresa que le hubiera enriquecido y convertido en dueño de una considerable fortuna. Al final, lograron atraerle a la ermita donde más de un provechoso e infame trato había sellado con sangre y paganos juramentos de ladrones. Los seis rufianes que su despechada amante había seducido, le sangraron como a un puerco y echaron su cuerpo sin vida a los perros.

  Cuando la ahijada de David Zancada tuvo noticia de ello, juró venganza. Así llegó a encontrarse con Miguel.

  Este llegó a ser conocido como el Degollador tras dar infame muerte a los dos primeros asesinos de su hermano. Fue temido por derecho propio, convertido en un sanguinario carnicero en combate. Cuando su acero permanecía seco, la obsesión de la venganza dictaba sus actos.

  Se convirtió en lo que fue su hermano. Alguien que hizo fortuna de la miseria ajena. Y tal fortuna no fue pequeña. Cuando por fin, el sexto y último de los asesinos de su hermano cayó destripado a sus pies, regresó a Filipinas.

  Pues aún tenía algo que hacer allí.

—No solo sois el más miserable e impío de los pecadores —sentenció el sacerdote con un suspiro—. También sois un necio. ¿Acaso creéis que los soldados del emperador os dejaran abandonar la isla?

—No habéis deseado entender nada. Vuestro Dios os ha devorado el seso —Miguel dedicó una larga mirada a la espada yacente en el altar—. Hice una promesa.

— Y Miguel de Polaciones y la Vega siempre cumple.

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