Primer premio del concurso de relatos cortos Aventuras Bizarras 2018: Una bestia del pasado

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Rubén Astudillo

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V.

Jamas pierdas de vista a un guerrero tecnobárbaro. Nunca le des por vencido, no importa lo destrozado y sacudido que aparente estar. Da igual si le han arrancado las piernas o los brazos, si no tiene ojos o si yace en el suelo, empalado por media docena de espadas electrocargadas. Las heridas, el dolor o la fatiga no significan nada para una persona forjada en hierro, criada en las selvas sangrientas de Marte. Si lo subestimas, si no respetas su furia y determinación aunque sea por una única fracción de segundo, ya puedes contarte entre los muertos.

Skarzu, pálido y malherido pero todavía empuñando una de sus espadas, se alza sobre sus vacilantes piernas. Mareado por la pérdida de sangre, sacude la cabeza para apartar la niebla roja que oscurece su visión, a tiempo de ver como la mecanobestia se abalanza a toda velocidad contra Maarud. Es como un misil de metal y garras, propulsado por una ferocidad tan pura que resulta cegadora. El suelo tiembla bajo unas patas que suben y bajan como los enormes pistones de una locomotora, lanzando al aire los fragmentos de hueso que alfombran el suelo de la cámara.

Nunca llega a su objetivo. Un borrón de pelo rojo arremete contra el flanco de la mecanobestia, lanza en ristre. Ignorada por la criatura, Miskala ha tenido tiempo de aproximarse desde uno de sus escasos puntos ciegos. Con gran habilidad consigue trabar el resistente mástil del arma entre las patas, haciendo que caiga con estrépito.

Incapaz de detener su marcha en seco, la bestia autómata se desliza y rueda sin control durante un buen trecho hasta quedar tendida boca arriba, con el abdomen al descubierto. Allí, la piel cubierta de pelo sucio y desgreñado es más fina y flexible. Por debajo discurren gruesas tripas, largas y retorcidas como un montón de obscenos gusanos.

Miskala corta con la punta de la lanza, abriendo un tajo por el que emerge una oleada de repulsivos intestinos palpitantes. No son del todo carne ni metal, sino una amalgama diseñada en algún desconocido criadero forja, siguiendo las pautas de una ciencia prohibida hace siglos.

Guiado por una inteligencia que no debería existir en un universo ordenado, el revoltijo de tripas como tentáculos trata de apresar en un abrazo mortal a la cazadora. Tomada completamente por sorpresa, Miskala da un paso torpe y apresurado hacia atrás. Su tobillo mecánico, dañado y forzado mas allá de su límite de resistencia, elige ese preciso instante para ceder con un crujido. Antes de que caiga al suelo, los serpentinos órganos la aferran por el torso y los brazos con una fuerza tal que abollan su resistente armadura. Uno de ellos se desliza hasta su cuello, rodeándolo con avidez. La presión se torna insoportable, unida al asfixiante hedor que rodea a las entrañas como un sudario.

La mecanobestia se levanta apoyando una masiva pata tras otra. Las tripas arrastran a la cazadora pelirroja hacia sus fauces babeantes, casi con parsimonia. Parece como si se deleitase en los inútiles esfuerzos de su víctima por escapar.

Pero Miskala no cede al pánico, como le sucedería a una persona educada en un lugar más civilizado. Una rápida mirada le basta para darse cuenta de que sus compañeros se mueven desesperados en su auxilio. No es que lo necesite en realidad, pero siempre es de agradecer que los amigos muestren cierta preocupación. Con un pensamiento despliega las cuchillas que lleva ocultas en los antebrazos. Los filos trocean las tripas que la aprisionan, transformandolas en apestosos jirones rezumantes.

Las zarpas de la criatura vuelan hacia su rostro, ella las evita con la elegancia de una bailarina a pesar del tobillo inutilizado. Gira sobre sí misma, convertida en un afilado torbellino. Las cuchillas no cesan de cortar, despedazando las capas de blindaje que cubren el robusto cuerpo de la bestia como quien monda una pieza de fruta. Las pesadas placas caen a uno y otro lado, cortadas con milimétrica maestría. Finalmente las cuchillas se cruzan a la altura del pescuezo, cercenando la horrenda cabeza con un doble tajo final.

La testa vuela media docena de metros hasta un charco. Los espesos fluidos que rodean y protegen el cerebro autómata de la mecanobestia surgen a borbotones, formando gruesas gotas aceitosas sobre la superficie.

Rubén Astudillo
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