Primer premio del concurso de relatos cortos Aventuras Bizarras 2018: Una bestia del pasado

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Rubén Astudillo

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IV.

Skarzu es el primero que ve a la criatura. Se mueve como un fantasma, sin apenas ruido a despecho de pesar más de una tonelada. Su testa es un horrendo amasijo de gruesos cables segmentados y colmillos afilados, donde brilla media docena de ojos asimétricos de mirada hambrienta y maléfica. Sus fauces apestan a aire quemado y podredumbre. Posee la forma de un gran felino, con poderosos miembros acabados en garras tan largas como cuchillos de combate. Su piel está compuesta por capas superpuestas de metal blindado. De entre ellas surgen afiladas puntas de hueso y un pelaje gris y apelmazado. Emite un resonante zumbido de interferencia, grave y desagradable, que resuena en la caja torácica de los tres cazadores despertando viejos miedos atávicos.

El cazador desenvaina sus espadas de hueso, que emiten una jubilosa vibración cuando se activan los circuitos electrocargados inscritos en ambas hojas. Por su parte, la bestia tensa sus tendones de acero, lista para la lucha. Un segundo más tarde garras y espadas chocan en una explosión de energía estática. Músculo y metal enfrentados en un duelo a muerte.

Pese a su juventud, el tenobárbaro guía las armas con la maestría del veterano en un millar de batallas. Las espadas golpean los flancos de la bestia una y otra vez, restallando con cada acometida. En cambio, los ataques de la furibunda criatura siempre llegan una fracción de segundo tarde, alcanzando tan solo aire.

Miskala aprovecha para balancear su larga lanza en un movimiento circular y elegante, haciendo cantar a la punta de doble hoja una aguda melodía presagio de destrucción y dolor. De un prodigioso salto se encarama al lomo de la mecanobestia, plantando ambos pies sobre la piel blindada. En precario equilibrio se prepara para asestar un calculado lanzazo entre los homóplatos, destinado a perforar la columna vertebral de su enemigo.

Sin embargo, este no es ni mucho menos el primer combate de la criatura contra unos poderosos guerreros de Marte. Ya ha devorado a tecnobárbaros más grandes y feroces que Skarzu y Miskala durante sus correrías en busca de presas, sin que consiguieran frenarlo más que unos instantes. Hasta el momento, su imparable fuerza física e instintos depredadores han decantado la balanza a su favor, sin conceder la menor oportunidad a sus enemigos por endurecidos que fueran.

La bestia se revuelve hecha un torbellino, transformada en una enorme bola de garras y colmillos. Arquea el lomo con una súbita sacudida, lanzando a Miskala a una decena de metros de distancia. La mujer aterriza entre los huesos astillados de mala manera, con uno de sus tobillos mecánicos hecho pedazos.

Con un movimiento rápido del poderoso pescuezo, el monstruo aferra el brazo izquierdo de Skarzu entre sus mandíbulas. Lo arranca de un tirón, casi sin esfuerzo. Una lluvia de sangre aceitosa y fragmentos de hierro baña al joven, que apenas se permite emitir un gruñido de dolor. La espada de hueso que aún empuña el brazo arrancado, emite sonoros chasquidos cuando las gotas de sangre tocan la hoja envuelta en energía y se evaporan con un siseo.

Maarud acude presto al auxilio de sus compañeros. No posee ni una fracción de la elegancia en combate que exhiben los tecnobárbaros. Su estilo de lucha es brutal y directo, tan contundente y eficaz como un mazazo en el rostro. Dispara la pistola de abordaje en un tiro instintivo, dirigido al torso de la bestia. El brutal retroceso sacude todo el cuerpo del robusto venusiano, desde la muñeca hasta la columna vertebral, recorriendo ambas piernas sólidamente plantadas en el suelo. Si sus miembros no estuvieran reforzados con fibras sintéticas trenzadas, habrían quedado reducidos a un montón de astillas de hueso y gelatina.

El proyectil artesanal, construido a partir de metal extraído del casco de un ancestral acorazado espacial, comprime el aire mientras se precipita sobre la mecanobestia. Del tamaño de un puño y girando sobre su eje a velocidad hipersónica, podría detener en seco un carro de combate ligero.

El impacto genera una sólida onda de choque que convierte el agua de los charcos más próximos en una lluvia de finas gotas. La enorme mecanobestia se tambalea, sorprendida, olvidando por un momento a Skarzu. Una tormenta de dolor sacude su primitiva mente. Rayos de ira y ráfagas de incredulidad atraviesan el diminuto cerebro mecanorgánico, mientras observa un profundo agujero abierto en su costado derecho. De la herida cae un chorro de fluido espeso, mezclado con trozos de carne y blindaje fragmentado.

A cuarenta pasos de la criatura, el venusiano ya está cargando otro de los pesados proyectiles artesanales en su pistola de abordaje con movimientos expertos. Esta vez, con toda la atención de la bestia centrada sobre él, acertar el disparo no va a resultar tan sencillo. Y para empeorar sus ya reducidas posibilidades de sobrevivir, resulta que su mejor munición tan solo ha sido capaz de detener a la bestia unos pocos instantes, sin causar el más mínimo daño letal.

Contra todo pronóstico una torva sonrisa aparece en el rostro curtido y bronceado de Maarud. Sin lugar a dudas, y sobreviva él o no, la mecanobestia ya ha sido vencida.

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