Primer premio del concurso de relatos cortos Aventuras Bizarras 2018: Una bestia del pasado

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Rubén Astudillo

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II.

Pronto llegan al lugar que la criatura ha elegido como guarida, un viejo túmulo funerario construido a partir del oxidado cadáver de una ancestral nave colonizadora, medio enterrada en una de las paredes rocosas en la cara norte del valle. A primera vista tan solo se distingue un puñado de sólidas formas, angulosas y oxidadas, sobresaliendo entre la implacable vegetación selvática que todo lo engulle.

La entrada a la tumba es una enorme grieta, abierta en uno de los costados de la nave. Está flanqueada por sendas estatuas de piedra roja, talladas a imagen y semejanza de guerreros tecnobárbaros de la antigüedad más remota. Los colosos, de más de diez metros de altura, aparecen representados vistiendo armaduras potenciadas de origen terrestre bajo gruesas capas de piel. En sus manos portan espadones de hoja espectro, míticas armas empleadas en un remoto pasado para combatir cuerpo a cuerpo contra poderosas máquinas de guerra. Sus rostros, cincelados en la roca con todo lujo de detalles, observan a los cazadores desde las alturas con el ceño fruncido. No hay plantas trepadoras sobre ellos, como si la misma selva temiese despertar la ira de estos antiguos héroes.

La luz apenas logra penetrar en la oscuridad más allá de este umbral. Miskala y Skarzu vacilan durante unos instantes, observando las estatuas con un respeto no carente de cierto temor supersticioso. Ambos sienten de forma innata la fuerza de los espíritus protectores del túmulo. Detectan su hostilidad hacia los intrusos como una verdadera barrera física. Que la mecanobestia sea capaz de usar un lugar tan bien defendido como guarida es una muestra patente de su poder y peligrosidad.

Miskala toma un collar de una de las bolsas de cuero repujado que lleva al cinto. Está confeccionado con algún tipo de pelaje negro, largo y sedoso, trenzado con reluciente hilo de cobre. Del amuleto cuelgan pequeñas cuentas de cristal traslúcido, conectadas mediante filamentos a una serie de avanzados componentes electrónicos. Con el collar alzado frente al rostro, canturrea una oración con voz melodiosa hasta que los cristales relucen con la tenue luz de una estrella distante. Aunque la cazadora carece de la conexión natural de un chamán de los Clanes, es capaz de apaciguar a los celosos espíritus guardianes del túmulo. Al menos durante un corto periodo de tiempo.

Maarud observa el ritual sin entender del todo lo sucedido. Criado en uno de los monstruosos trenes kilométricos que surcan los ásperos desiertos de Venus, sus conocimientos sobre la Red de espíritus se limitan a unos pocos cuentos de brujas susurrados en bares y tabernas.

Mientras vuelve a guardar el collar, la guerrera pelirroja hace un elocuente gesto con la lanza a sus compañeros, señalando la entrada del túmulo. Es tiempo de que la caza continúe.

Rubén Astudillo
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