Por un mundo más limpio

Un relato de Jonny Battery

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Juan Andújar Molina

Juan Andújar Molina

Pues poco puedo decir de mi, me gusta el rol, leer, los videojuegos y muchas cosas más.
Y cómo no tengo bastante con la falta de tiempo que ya tengo de por sí sólo con vivir, pues me meto a hacer cosas para esta gente.
Juan Andújar Molina

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Habían pasado dos días y Jonny apenas se había levantado del sofá, la habitación estaba llena de restos de comida a domicilio y olía a cerrado y a sudor.

Estaba condenado, esa estúpida de Susan lo había mandado a una muerte segura sin avisarlo, y además le dolía todo el cuerpo por la pelea con el engendro. No estaba seguro siquiera de si quería intentar salvarse, de todas formas nadie lo había conseguido.
Su estómago lo avisó de que necesitaba comer, o eso o la enfermedad había empeorado, la verdad es que no tenía ni idea de cómo se comportaba. Cogió el teléfono que había dejado descolgado para pedir algo de comida, lo había dejado así porque en esos dos días no había parado de sonar, seguramente fuese Susan, pero no quería hablar con ella, no quería saber nada de ella.

Fue a marcar el teléfono del restaurante chino de al lado, pero en lugar de eso llamó a Tom Talts.

– Tom Talts al aparato, ¿con quien tengo el placer? – La voz de Tom era grave y profunda, además de transmitir una seguridad y una determinación que podían hacer que creyeras que cualquier cosa que dijese era la verdad más absoluta.
– Soy Jonny Battery.
– Hombre, Jonny, qué alegría oírte, ¿a qué debo tu llamada?
– Necesito hablar contigo Tom, tengo que preguntarte algunas cosas, ¿podemos vernos esta noche?
– Por supuesto, no hay ningún problema, además hace ya meses desde que te entrevisté por primera vez, creo que es buen momento para que la ciudad sepa de primera mano qué planes tiene el gran Jonny Battery.
– Claro, claro. – Jonny no sabía cómo reaccionar cuando hablaba con Tom, de hecho por lo general era incapaz de decirle que no a algo, era como si el periodista tuviese algo que le hacía perder su propia voluntad. – ¿Nos vemos a las 12 en el puente rojo?
– Por supuesto Jonny, ahí estaré, mientras ve pensando bien qué quieres contar a nuestra ciudad; hasta luego.
– Hasta luego Tom.

Jonny colgó el teléfono y respiró hondo, ese Tom Talts lo ponía nervioso, nunca antes había conocido a nadie con quien le costase tanto reaccionar, aunque también era verdad que no se había relacionado con demasiada gente, pero sabía que él tenía algo raro.

Volvió a coger el teléfono, esta vez para llamar al restaurante chino; el estómago le rugía como si tuviese un oso dentro.
Se quitó la ropa, dejándola caer al suelo y fue al baño, ya iba siendo hora de ducharse. No había terminado aún cuando llamaron a la puerta, debía de ser el repartidor, así que salió de la ducha y se envolvió en una toalla. Cogió un billete de 20 de la mesa y fue a abrir cuando comenzó a sonar el teléfono, en ese momento volvieron a llamar a la puerta; Jonny odiaba esas cosas, no le gustaba el ruido, no le gustaban las prisas, y todo eso le estresaba.
Abrió la puerta al repartidor, que le miró de arriba a abajo al ver que sólo vestía una toalla; odiaba que los hombres le mirasen así, desde que su cuerpo se desarrolló eso le había hecho sentirse aún más incómodo de lo que ya se sentía y le recordaba todas sus frustraciones. Cogió el pedido de la mano del repartidor, casi tuvo que arrancárselo, le dio el billete – quédate con el cambio -, y cerró la puerta.

Dejó la comida sobre la mesa y cogió el teléfono.
– ¿Quién es?
– Hola Jonny. -La voz de Susan sonaba mucho más suave de lo habitual, como si tuviese miedo a que cualquier palabra pudiese ofender a Jonny.
Jonny no respondió y Susan no se atrevió a decir nada, fueron unos segundos de silencio incómodo que parecieron durar una eternidad; Jonny colgó, no quería hablar con ella, y tenía hambre.

Después de comer Jonny decidió vestirse e ir a la biblioteca para ver qué podía averiguar por su cuenta de la enfermedad del viejo puerto pesquero.
Se detuvo frente al espejo y tiró la toalla a la cama. Observó su reflejo, odiaba su cuerpo, odiaba lo que era, cómo había nacido “¡Bah, de todas formas ya no voy a durar mucho!” pensó. Se puso un pantalón vaquero, una camiseta negra y unos zapatos deportivos, ya estaba listo para pasar por una persona cualquiera.

La biblioteca de la ciudad tenía una de las colecciones de libros más famosas del mundo; pero lo que realmente interesaba a Jonny era la hemeroteca. Atravesó la biblioteca, cientos de estantería repletas de libros, cuántos recuerdos le traían; de hecho, antes de empezar con lo de ser un héroe, sólo salía para coger libros y poco más.
La hemeroteca estaba en una sala aparte, mucho más pequeña y separada por una pared y una puerta acristaladas. Dentro había decenas de estanterías repletas de archivadores con un mes y un año anotado en su lomo. No tenía ni idea de cuándo pudieron suceder las infecciones por esa enfermedad, así que cogió enero de dos años atrás.
Todo lo que había era del City News, el único periódico de la ciudad; era algo que siempre había llamado la atención a Jonny, era una ciudad muy grande y sabía que en otros lugares había varias publicaciones, pero por alguna razón aquí sólo existía el City. Ojeó rápidamente los ejemplares en busca de alguna noticia, pero no encontró absolutamente nada. Siguió buscando hasta que encontró una pequeña noticia en un ejemplar de marzo de hacía cinco años. En él se mencionaba que no se había encontrado ninguna causa en el viejo puerto pesquero que explicara aquella extraña enfermedad ni cómo asegurar la zona, por lo que el alcalde de aquel entonces decidió que la zona del puerto sería vedada y que se construiría un nuevo puerto pesquero.
Jonny siguió buscando en los periódicos todo lo que había sobre el tema hasta que la bibliotecaria se acercó para avisarle de que iban a cerrar. Más de cien muertos, ninguno se había salvado, todos los médicos que investigaron la enfermedad quedaron perplejos y ninguno supo dar una explicación, ni mucho menos encontrar una cura, cada vez pintaba peor la situación para Jonny.

El puente rojo no era realmente rojo, sino marrón rojizo debido al óxido; pero de noche y desde lejos daba la sensación de ser rojo. Se construyó para dar acceso a la ciudad a través del río, décadas atrás era raro verlo sin un tráfico abundante, pero construyeron uno nuevo, más grande y mejor adaptado a tráfico de automóviles, así que el puente rojo había quedado relegado a los trenes y a algunas reuniones clandestinas.
El hedor a agua estancada llegaba incluso a través de la máscara, de hecho, Jonny pensó que quizá la máscara ayudase a que se acumulase dentro.
Caminó tranquilamente hacia un punto de luz situado casi en el centro del puente, seguramente se trataba del cigarro de Tom. Cuando llegó Tom se giró y lo saludó con una mano, tiró del cigarro al río y sacó otro de su bolsillo; lo enderezó y lo encendió.

– Pensaba que ya no llegabas. – Tom rondaba los 40 años pero aparentaba muchos más, la cara, perfectamente afeitada, mostraba una colección de arrugas más típica de una persona cerca de los 70; además la calvicie no ayudaba.
En ese momento se oyeron a lo lejos las campanadas del reloj de la plaza principal, Jonny hizo un gesto para indicar que había sido totalmente puntual. – Las doce en punto.
Tom miró a Jonny con esos ojos negros, penetrantes y que daban la sensación de que siempre tenía todo controlado.
– Bueno, y ¿porqué estamos aquí?
– Necesito información, ¿qué sabes sobre la enfermedad el viejo puerto pesquero?
Tom lo miró durante unos segundos sin decir nada mientras el cigarro en su boca se consumía sólo.
– ¿Y a qué se debe ese interés por algo tan antiguo?
– Digamos que me urge saber todo lo que pueda.
– No me jodas Jonny, no soy idiota, ya deberías saberlo; sé que hace dos días estuviste ahí y te cargaste a un tipo que era sólo cabeza, el ladrón de bancos ese. Dime que tuviste cuidado y fuiste protegido contra esa maldita enfermedad.
Jonny se apoyó en la barandilla del puente rojo y observó el tráfico en el nuevo puente, a esas horas apenas pasaban uno cuantos coches, gente que trabajaba en turnos nocturnos, probablemente algunos que volvían a casa borrachos o a saber bajo los efectos de qué.
Tom puso una mano en su hombro y le volvió a hablar con un tono casi paternal.
– Dime que no has pillado esa mierda Jonny.
– Dime todo lo que sepas, necesito encontrar una cura, y por lo que he leído, más me vale que sea rápido.
– Maldita sea. – Tom tiró el cigarro al río y dió una patada a la barandilla, encendió otro y comenzó a contar a Jonny todo lo que recordaba del tema. – Creo que fue hace unos cinco años o así, varios trabajadores del puerto empezaron a enfermar para días después ser hospitalizados y acabando bajo tierra. Todo el que entraba al puerto acababa así, varios médicos de la ciudad investigaron el tema, pero no encontraron nada; incluso vinieron especialistas de otros estados para buscar una cura, pero nada. Al final viendo que no había nada que hacer se declaró el viejo puerto zona vedada, ni los yonkis entraban, y se construyó uno nuevo.
– ¿Se descubrió qué causa la enfermedad?
– No. – Tom dio una calada y se apoyó en la barandilla. – Se enviaron varios equipos al puerto, pero no descubrieron absolutamente nada, la versión oficial es que en uno de los hangares se almacenaron productos químicos y hubo una fuga, pero todo el mundo sabe que eso fue sólo por zanjar el asunto.
Jonny resopló, esperaba que Tom supiese algo más; pero estaba claro que no iba a ser tan sencillo.
– ¿Me puedes decir el nombre de los médicos que lo investigaron?
– Claro. – Tom sacó una libreta del bolsillo y escribió algunos nombres y teléfonos, arrancó la hoja y se la dio a Jonny. – Si necesitas algo más, sólo llámame.
– Claro, muchas gracias Tom.
Jonny dio media vuelta y se alejó, dejando a Tom encendiendo otro cigarro mientras un tren llegaba a la ciudad, haciendo vibrar el puente.
Tom llamó a Jonny, tuvo que gritar debido al ruido del tren.
– Jonny. – Jonny se detuvo y lo miró. – Deberías hablar con Susan Summers, está preocupada por ti.
Jonny continuó su camino, lo que menos le apetecía era hablar con Susan y tenía cosas mucho más importantes de las que ocuparse. Miró el papel que le había dado Tom, al menos tenía por dónde seguir.

La vibración del puente empezó a aumentar, comenzaba a parecer más bien un temblor de tierra. Jonny se detuvo y miró el tren, entonces sintió cómo el suelo cedía; eso era claramente un terremoto, y lo suficientemente potente como para afectar al puente. Jonny miró hacía Tom, quien también había notado que algo pasaba y comenzaba a correr en dirección a Jonny cuando el suelo volvió a ceder.

Tom resbaló y cayó, agarrandose a la barandilla y evitando caer al río; miró hacia arriba y vio cómo el tren descarrilaba y uno de los vagones iba directo hacia él. Cerró los ojos y apretó los dientes, estaba jodido, se iba a tragar un vagón del tren y dudaba mucho que alguien pudiese sobrevivir a algo así; sin embargo no recibió ningún golpe, seguía ahí colgado. Abrió los ojos y vio a Jonny sujetando el vagón, las piernas y los brazos le temblaban por el esfuerzo. Tom subió como pudo e hizo una señal a Jonny, quien dejó caer el vagón al río y se tiró al suelo exhausto.
Apenas tuvieron tiempo para recomponerse cuando el resto del tren comenzó a caer; unos gritos desde la locomotora pidiendo ayuda llamaron la atención de ambos. Jonny cogió aire y se levantó, Tom pudo ver cómo una pequeña descarga eléctrica salía de sus pies impulsandolo hacia la locomotora.

Jonny intentó abrir la puerta, pero la encontró atascada. Tuvo la misma suerte intentando romper los cristales.

– Están reforzados, es imposible romperlos. – La voz del maquinista gritaba, desesperada, a través de la pequeña abertura de la puerta.
Jonny cargó el puño de electroshock a máxima potencia y arremetió contra el cristal, por reforzado que estuviese no podría aguantar el impacto. El golpe resonó con un estruendo, hundiendo el metal del tren hacia dentro, pero el cristal permaneció intacto. Siguió dando golpes al cristal mientras el tren se acercaba cada vez más al borde del puente, pero apenas consiguió hacer unos rasguños en el cristal.

Los crujidos metálicos advirtieron a Jonny de que ya no quedaba tiempo, el tren iba a caer al río, los ocupantes de la locomotora gritaban desesperados ante la seguridad de su muerte, ahogados en esas aguas heladas. Jonny corrió hacia el acople de la locomotora e intentó desarmarlo, pero estaba tan deformado que fue imposible. El vagón que seguía a la locomotora ya estaba colgando del puente y no tardaría mucho más en caer la locomotora.
Jonny cargó ambos puños de electroshok al máximo y descargó el golpe directamente en el acople.
Un sonido estridente retumbó por todo el puente, el acople se rompió lanzando algunos trozos disparados en todas direcciones; el vagón cayó en el río produciendo un ruido mezcla de agua y metales chocando. Los maquinistas se dejaron caer en el suelo aliviados por haber salvado la vida.

Cuando llegaron los bomberos Jonny ya se había marchado, había prometido a Tom llamar a Susan, aunque realmente no estaba seguro de hacerlo. Los bomberos sacaron a los maquinistas de la locomotora mientras Tom prestaba declaración a la policía cuando el suelo comenzó a temblar de nuevo, desde el borde del puente pudieron ver cómo el edificio Impala se derrumbaba llevándose quien sabría cuántas vidas en su caída.
Jonny sólo pudo permanecer impotente, esta vez no pudo hacer nada, estaba demasiado lejos; iba a ser una noche muy larga.
El caos, el llanto y los gritos inundaban el aire, madres que sostenían a sus hijos muertos en brazos, bomberos sacando cuerpos de entre los escombros, todo el mundo intentando ayudar sin saber muy bien qué había pasado. Entonces comenzaron las nauseas, Jonny sintió el estómago arder y despertó vomitando sobre el sofá. No sabía si era por el esfuerzo de la noche anterior, por las pesadillas que le habían atormentado o por la enfermedad, pero tenía el cuerpo descompuesto. Comió algo de pizza fría que aún quedaba, pero inmediatamente la echó fuera.
Aún le quedaba un día duro por delante, tenía muchas llamadas que hacer y debía hacerlo rápido. Cogió la lista que le dio Tom y empezó a marcar números, pero a cada persona con la que hablaba su desesperación se hacía mayor, nadie era capaz de ofrecerle ninguna solución, lo mejor que le habían podido decir eran algunas medicinas para hacerlo más llevadero.
Marcó el último teléfono de la lista sin ninguna esperanza; sin embargo la doctora Barrows le pidió que pasara por su consulta, quizá tuviese una opción, pero era mejor hablarlo en persona.
Johanna se presentó en la consulta de la doctora Barrows como una íntima amiga de Jonny Battery, quien no había podido acudir por tener otros asuntos que atender.
Barrows le pidió amablemente que se sentase y cerró la puerta, tomó asiento a su lado, en lugar de en su sillón como cabría esperar y la miró directamente a los ojos; la doctora rondaba los 40 años y su baja forma física indicaba que dedicaba mucho más tiempo al estudio que a la actividad física, pero su expresión y sus ojos demostraban una energía y vitalidad más propias de un veinteañero.

– Puede decirme a mi cualquier cosa que quisiese decir a Jonny. – indicó Johanna-. Conozco de primera mano tanto los síntomas que tiene en estos momentos como la forma en que contrajo la enfermedad, o al menos todo lo que él sabe.
– Debería haber venido él. – La mirada de la doctora adquirió un tono serio -. Hubiese sido todo mucho más sencillo, además hay ciertas decisiones personales que debe tomar él.
– Puedo asegurarle que hablar conmigo es prácticamente como hablar con él, sé casi con seguridad cómo piensa y todo lo que me diga se lo comunicaré palabra por palabra. – Una pequeña sonrisa asomó en su cara por lo irónico de la situación.
– De acuerdo, cuénteme qué síntomas muestra el señor Battery. – Se recostó sobre la silla y cruzó las manos sobre su regazo, mostrando una actitud sumamente tranquila.
– Hasta hoy tan sólo malestar, pero ya hace tres días que contrajo la enfermedad. Esta mañana se ha despertado vomitando y no ha sido capaz de comer en todo el día, todo cuanto se echaba a la boca lo devolvía al momento.
– De acuerdo, ¿el vómito contenía sangre o ha tosido sangre en algún momento?
– No.
– Bien, aún está en fase temprana. Dígale que beba mucha agua, y debería comprar suero, va a ser lo único que pueda ingerir. Cuando comience a ver sangre en el vómito o a toserla la enfermedad habrá alcanzado un estado avanzado, en casi todos los casos los pacientes no han durado más de dos días a partir de ese punto.
– ¿Y eso cuándo podría pasar?
– Depende, cada caso es diferente, pero puede que hoy mismo o que dentro de una semana, pero generalmente la enfermedad es rápida.
Johanna se levantó y miró la ciudad a través de la ventana, podía ver la zona del Edificio Impala, con la luz del día parecía aún peor que la noche anterior. En los veintitantos años que llevaba en la ciudad nunca había visto un terremoto así, de hecho no recordaba ningún terremoto; tendría que investigar al respecto, quizá Tom conociese a algún sismólogo o a alguien que pudiese ayudarle a entender qué había pasado y sobre todo si podía volver a pasar.
– ¿Se encuentra bien? – La doctora Barrows despertó a Johanna de sus disertaciones.
– Sí, perdón, sólo estaba pensando. Dijo usted a Jonny por teléfono que podía tener una solución.
Barrows cambió su expresión, daba casi miedo la seriedad con que miraba a Johanna; volvió a su mesa, pero esta vez se sentó en su sillón. – Siéntese, por favor, aunque sigo pensando que esto sería mejor hablarlo directamente con el señor Battery, no nos sobra el tiempo.
La doctora se aclaró la garganta y comenzó:
– Durante estos años he dedicado mi tiempo a la investigación, el tema de la enfermedad del puerto viejo me afectó bastante, así que decidí intentar encontrar una cura, no sólo para ella, sino para todas las enfermedades que pudiese padecer un ser humano. La mayoría de las investigaciones no llevaban a ninguna parte. Sin embargo hará una año comencé a interesarme por algo que cualquier científico tacharía de supercherías; pero ya no sabía que probar y supongo que la desesperación me llevó a ello. Usando lo que había aprendido sobre el tema y casi por casualidad logré crear un método para traspasar dolencias de un paciente a otro.

Johanna interrumpió a la doctora. -Espere, ¿me está diciendo que ha hecho una máquina que mediante energías místicas pasa enfermedades de una persona a otra?
– Algo así, sí.
Antes de que Johanna pudiese responder el suelo comenzó a temblar, los libros de las estanterías cayeron al suelo y los muebles de la habitación se desplazaron; una grieta atravesó el techo de la habitación y un trozo cayó sobre la doctora cuando se dirigía hacia la puerta, haciéndola caer al suelo semiinconsciente. Johanna levantó el escombro y lo apartó a un lado para echarse a la doctora sobre los hombros.
Bajar los trece pisos por las escaleras con la doctora a hombros le estaba costando más de lo que había pensado y cada vez había más grietas en las paredes, trozos tanto de pared como de techo caían dificultando el descenso junto con algún escalón desprendido. Agotada, Johanna sacó a la doctora Barrows del edificio y la dejó al cuidado de los que habían allí; había que poner solución a aquellos terremotos cuanto antes.
Era más de media noche cuando Jonny llegó al lugar indicado; el contacto de Tom le había explicado que no debería haber terremotos en la ciudad, y mucho menos de tal magnitud. Le había llevado varias horas, pero había logrado calcular el epicentro.
La central eléctrica de la ciudad era un lugar enorme, las torres llegaban más allá de la vista y había cientos de naves. Le llevó varias horas, pero Jonny encontró lo que buscaba; decenas de torres rodeaban la nave, la electricidad rebosaba creando una sensación de electricidad estática en el aire bastante desagradable.
Cuando entró en la nave los medidores de su traje se volvieron locos, varias columnas plagaban la zona, recorridas por rayos de un azul intenso de abajo a arriba. Al fondo varias máquinas emitían luces de distintos colores mientras una figura iba de unas a otras apretando botones, accionando palancas y comprobando indicadores.
Jonny dio un paso adelante y la figura se dirigió a él, indicándole con la mano que se detuviese:
– Espere, es sólo un minuto, tengo que ajustar esto.
El hombre de avanzada edad, calvo y perfectamente afeitado comenzó a hablar, con las manos metidas en los bolsillos de una bata blanca.
– Es un placer conocerle en persona señor Battery, ¿qué anda buscando tan lejos de la ciudad?
– Supongo que se habrá percatado, señor…
– Simons, doctor Simons. – El tono de superioridad en la voz del hombre resultó evidente.
– Doctor Simons, como decía supongo que se habrá percatado de que estos días hemos estado sufriendo varios terremotos de alta intensidad en la ciudad.
– Por supuesto, pero yo soy doctor en electricidad, por lo que me temo que no podré ayudarle, así que si me disculpa, tengo trabajo que hacer. – Simons se dio media vuelta y se dirigió a las consolas de nuevo.
– Lo sé. – Continuó Jonny. – Sin embargo mis indagaciones me han llevado hasta aquí. – El doctor miró a Jonny con gesto serio. – Y estoy más que seguro de que esta maquinaría que tiene aquí no es la que solía haber en la central; de hecho podría asegurar que las barras que hay clavadas en el suelo no son tomas de tierra.
Ambos mantuvieron una mirada durante unos segundos, entonces el doctor Simons rompió a reír; sacó las manos de los bolsillos y comenzó a aplaudir.
– Le felicito Battery, lo admito, me ha pillado, mis máquinas son las responsables de los terremotos, pero no se preocupe, es todo por un bien mayor.
Jonny comenzó a andar hacia Simons. – Mira Simons, no tengo tiempo para esto, así que apaga ahora mismo todos esos trastos y… – De repente chocó con lo que sólo podía describir como “un muro invisible”.
– ¿De verdad creía que no iba a tomar mis precauciones, señor Battery?
– ¿Qué cojones es esto?
– Una barrera electromagnética señor Battery, pensaba que tenía algunos conocimientos básicos sobre el tema.
Jonny cargó el puño de electroshock y lanzó un golpe contra el aire, pero encontró una resistencia invisible que se lo devolvió, haciéndole retroceder.
– No ser esfuerce señor Battery, nunca conseguirá atravesarla.
– ¿Podría al menos, doctor Simons, explicarme porqué hace todo esto?
– ¿Porqué cree usted señor Battery? Las energías que usamos están destruyendo este mundo: los combustibles fósiles contaminan el aire, arrasamos bosques, y las nuevas centrales nucleares son incluso peores. Pero la energía geotérmica no tiene ningún efecto negativo, todo lo hago por un mundo más limpio señor Battery, por un mundo en el que nuestros hijos puedan seguir disfrutando de un cielo azul.
– ¿Pero no se da cuenta de que está destruyendo la ciudad al extraer esa energía? Además de que los terremotos dudo que sean una buena señal en lo que al planeta se refiere.
– Pamplinas. – Simons miró con toda la indignación con que era capaz a Jonny. – Esta ciudad está podrida, sus ciudadanos han caído en una espiral de barbarie y corrupción, pero una vez haya quedado reducida a cenizas podremos volver a levantarla, con esta nueva energía y con una filosofía de vida mejor. El alcalde Vimes nos guiará a todos.
– No sé si lo sabe. – Interrumpió Jonny. – Pero Vimes no es el alcalde.
– No lo es, pero lo será, eso se lo aseguro.

Jonny terminó de ajustar el generador de pulso electromagnético en la frecuencia adecuada, apuntó hacia adelante y disparó. Un círculo comenzó a dibujarse en el aire, haciéndose cada vez más grande; Jonny lo atravesó sin ningún problema ante la cara de sorpresa del doctor Simons, quien no perdió tiempo en dirigirse a las consolas y pulsar algunos botones. De las columnas salieron varios rayos directos hacia él.
Aún con su traje el dolor era casi insoportable, el medidor de carga de las baterías alcanzó el máximo en apenas un segundo y una explosión en su espalda lo tumbó en el suelo. Los rayos comenzaron a quemar el traje y empezó a ver todo totalmente negro mientras todos sus músculos se contraían.
Una voz de mujer le preguntaba si estaba bien, los oídos le zumbaban y le dolía absolutamente todo el cuerpo. El rostro borroso de Susan lo miraba, a su lado el doctor Simons miraba.
Jonny se levantó con la ayuda de Susan y fue recuperando la visión poco a poco.
– ¿Qué haces tú aquí? – Preguntó a Susan.
– De nada, hombre. – Susan estaba claramente cabreada. – Tom Talts me llamó y me dijo que viniese aquí.
– Y ha tenido suerte señor Battery, si no llega a ser por ella estaría usted muerto. – Aclaró Simons.
Jonny miró un segundo al doctor y volvió a dirigirse a Susan – ¿A qué se refiere?
– Cuando llegué estabas tirado en el suelo con varios rayos cayendo sobre ti. Y bueno, me limité a detener al doctor Simons y ordenarle que parase lo que fuese que te estaba haciendo; la verdad es que se ha mostrado bastante colaborador.
– Es usted la ley, agente Summers. – Dijo Simons.
– Bueno Jonny, vámonos de aquí, creo que te vendría bien descansar.

Susan cogió uno de los brazos esposados de Simons y lo guió hacia la salida. Jonny observó a su alrededor, todo estaba ahora apagado, parecía que esta vez Susan le había salvado el culo, pero aún tenía esa maldita enfermedad y no sabía si la podría perdonar, a pesar de lo que acababa de hacer.
Comenzó a caminar detrás de Susan y Simons, un golpe de tos le hizo detenerse y su visión pasó a estar salpicada de sangre.

– ¿Estás bien? – Susan se detuvo.
– Sí, sólo tengo la garganta seca.
<<Una persona a la que pasarle la enfermedad>> pensó Jonny; miró a Simons, había puesto en peligro la ciudad, había hecho que mucha gente muriese, niños…
La doctora Barrows despertó sobresaltada, alguien llamaba impacientemente a su puerta. Miró el reloj de la mesita, eran las seis y diez de la madrugada; se levantó y se puso el albornoz.
Por la mirilla pudo ver a Jonny Battery, a pesar de lo inapropiada de la hora sabía que su situación no era nada fácil. Abrió la puerta y vio a Jonny y a un hombre inconsciente en el suelo.

– Lléveme a esa máquina suya. – Dijo Jonny.

Juan Andújar Molina
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