No hay brujas buenas

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Juan Andújar Molina

Pues poco puedo decir de mi, me gusta el rol, leer, los videojuegos y muchas cosas más.
Y cómo no tengo bastante con la falta de tiempo que ya tengo de por sí sólo con vivir, pues me meto a hacer cosas para esta gente.
Juan Andújar Molina

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Hace un tiempo desde la web Ronin Literario organizaron un concurso de relatos en el que intenté participar, pero debido causas externas me fue imposible, así que al final decidí terminarlo pero haciendo lo que me ha dado la gana, que ya que no participo no me apetecía condicionarme por las bases, así que aquí tenéis lo que habría presentado, más o menos, para el concurso No hay brujas buenas (sí, el título del relato es copiado; poner títulos se me da «genial»).

 

NO HAY BRUJAS BUENAS

Los gritos hacía ya rato que habían parado, toda mi familia había dejado de sufrir y por fin se encontraban con Dios nuestro señor mientras yo yacía de rodillas junto al cuerpo muerto de la persona que más había querido en toda mi vida.

Los gritos habían parado, sí, pero aún resonaban en mi memoria, como si aún corriese junto a toda mi familia, intentando huir de la muerte que nos perseguía. Había tenido que dejar a mis dos hijos menores dentro de nuestro hogar mientras ardía, sólo podía llevar a dos de los cinco en brazos y sólo el mayor había aprendido a andar; pero sé que Dios me perdonará por mi decisión, pues es lo que cualquiera habría hecho.

Las llamas habían cubierto los campos y los gritos de los vecinos aumentaban el caos que ya de por sí estábamos viviendo; no habíamos hecho más que salir a la carrera cuando la vi frente a mi, una criatura hija del mismísimo Satanás me observó directamente a los ojos, intenté apartar la mirada pero su hechizo me había atrapado. El influjo del demonio se apoderó de mí, pues de repente me sorprendí teniendo pensamientos lujuriosos aun en la situación de terror y desesperación que nos asolaba; el demonio había tomado la forma de una bella mujer, con la piel blanca como la nieve, los ojos tan verdes como las hojas de fresno, su figura femenina representaba la mayor de las perfecciones y su rostro casi angelical despertaba todo el ardor del pecado en mi interior; pero no podía ocultar el engaño, ya que su pelo rojo como las llamas de los infiernos la delataban como la bruja que era.

Debió haberme leído el pensamiento, o más bien fue ella la que había provocado el deseo en mí, pues me sonrió, mostrando una inteligencia y una maldad que solo los seres más malignos pueden mostrar, y al ver su malvada sonrisa sentí en mi interior cómo se rompía mi alma y supe que me había arrebatado todo. Los cadáveres de mis hijos cayeron de mis brazos y pude ver al girarme a toda mi familia muerta y tendida en el suelo, me volví de nuevo, no sé si para tomar venganza o para exigir una explicación, pero aquella bruja ya no estaba frente a mí, había desaparecido. Miré a lo lejos buscándola y pude ver cómo se alejaba.

De todo aquello hacía ya rato, y yo me encontraba de rodillas junto al cadáver de mi marido, llorando su muerte y la de mis hijos, rogando a Dios que me llevase con ellos, pues el destino que me esperaba sería peor que la propia muerte. Ese pensamiento me hizo ser consciente de la situación, de repente, me levanté y observé las tierras de nuestro señor, arrasadas, anduve por entre todas las chozas y sólo encontré cenizas y cadáveres, todos habían muerto, todos menos yo; esa bruja me había robado a mi familia y me había dejado con vida, seguramente debido a que sabría lo que mi señor pensaría al ver que sólo yo había sobrevivido: o que yo era la misma bruja, o que algo tenía que ver con ella. Así que hice lo que pensé que era mejor hacer, huí de la ira de mi señor, pues prefería que el mismísimo Dios fuese quien tuviese a bien castigarme si así debía ser, pero antes iba a satisfacer el deseo que afloraba cada vez más vivo en mi interior, iba a encontrar y a destruir a la bruja como cualquier buen cristiano haría.

Abandoné la villa con lo puesto, pues nada había quedado que pudiese llevar conmigo, y me dirigí al río, la sangre de mis hijos teñía mi ropa debido a que el maleficio los había hecho escupirla toda, y me urgía lavar mis ropas antes de que alguien me viese. Al llegar a la orilla del río solo hallé un pequeño hilo de agua con el que ni un zorro podría saciar su sed, sin embargo el día de antes el río llevaba agua sobrada. Remonté el cauce con la esperanza de que más arriba el caudal fuera mayor y casi me cuesta la vida lo que vi ante mí. Un montón de cuerpos amontonados se encontraba dentro del río a modo de presa, al acercarme más pude comprobar que se trataba de los hombres de mi señor y, coronando aquella presa de carne muerta, pude distinguir su cabeza, separada de su cuerpo y con algo dentro de la boca.

Me acerqué temerosa de que lo que había hecho eso con aquellos hombres pudiese estar aún rondando, pero tenía casi la total certeza de que la culpable ya se había marchado. Cuando estuve lo bastante cerca pude comprobar que lo que había en la boca de aquella cabeza cercenada era un miembro masculino.

Muy lejos de lo que esperaba la imagen no me desagrado, ni mucho menos, Dios me perdone pero incluso me alegré. Hacía pocos meses que me había unido en santo matrimonio con mi marido, y en nuestra noche de bodas nuestro señor se presentó en nuestra choza acompañado de dos de sus soldados para reclamar su derecho de primera noche. Mi marido había preparado dos jamones para ofrecérselos como pernada, pero él se negó a aceptarlos como cambio, me agarró del brazo y me arrastró dentro de la choza, me tiró sobre el jergón y me tomó como si de un animal se tratase, por suerte el dolor duró poco. Luego llamo a uno de sus soldados que trajo a mi marido a rastras, en su cara pude ver el dolor aunque no fue capaz de mirarme; nuestro señor le obligó a tomarme entonces, pero él no pudo, nunca pudo después de aquella noche, y fueron sus guardias los que tomaron el lugar de mi marido. Entonces el dolor duró más.

Desperté de mis recuerdos mientras aún miraba su cabeza, con su veloz miembro en su asquerosa boca, y sonreí, luego el odio me inundó y le escupí; no sé porqué hice aquello, pero me sentí mejor. Me quité la ropa manchada y la lavé en el río junto a ellos. Mientras me ocupaba de lavar mis ropas no pude resistirme a volver a mirar por un momento, y justo bajo la cabeza de mi antiguo señor vi la cara de uno de los soldados que me forzaron aquella noche, su expresión mostraba un terror innombrable; recordé la expresión de bobalicón de la cabeza de mi señor con su miembro dentro de su propia boca y estallé en carcajadas.

Una vez había quitado todas las manchas me volví a poner la ropa empapada y cogí una de las espadas cortas del cinto de un soldado, comencé a caminar en la dirección que había tomado la bruja, pidiendo a Dios que me protegiese de pillar un resfriado.

Ya comenzaba a pensar que me había equivocado en la dirección a seguir y que moriría helada en cuanto cayese la noche, pero cuando estaba a punto de desesperar divisé a lo lejos un gran humo. Me dirigí todo lo rápido que mis pies descalzos y agotados me permitieron y llegué hasta una aldea. Lo que allí encontré logró que se me encogiese el corazón, como si una fuerza demoníaca lo apretase con fuerza: al igual que de donde yo venía, las casas y los campos habían ardido, los cadáveres estaban dispersos por el suelo, algunos con los miembros cercenados y la sangre pintaba el suelo de un marrón seco.

Me encaminé hacia el origen de aquel humo cuando tropecé con algo, miré y vi una mujer abrazada a un pequeño cuerpo que supuse sería su hijo; la mujer no tenía cara, sólo una calavera blanca. Cuando retomé mi caminó pude ver como el pequeño cuerpo entre los brazos de la muerta se movía y lo escuche emitir unos quejidos casi sin fuerzas. Me acerqué para comprobar que el niño seguía vivo e intenté cogerlo, pero los brazos de su madre lo agarraban con una fuerza enorme. Tiré de ellos con todas mis fuerzas pero apenas cedieron un poco, no lo suficiente para liberar a aquella criatura de su prisión.

Dios sabrá perdonarme por lo que hice a continuación: con la espada que llevaba corté los brazos de aquella mujer por la dobladura del codo, igual que tantas veces había hecho con los animales; resultó más fácil de lo que había imaginado y mucho más limpio, ya que no brotó ni una sola gota de sangre. Aparté los brazos cercenados y cogí al pequeño mientras sollozaba, lo acerqué a mi pecho y lo mecí intentando que se calmase. Al mirarlo no pude evitar soltar un grito que desgarró el aire haciendo que varios pájaros levantasen el vuelo huyendo y lo dejé caer al suelo, aquel niño no tenía ojos; en su lugar tenía dos agujeros sanguinolentos y en lugar de lagrimas era sangre lo que le caía por las mejillas.

Era evidente, o al menos así lo vi, que Dios me estaba poniendo a prueba, pero no sabía qué sería lo correcto, pues aquella criatura no viviría mucho en aquellas condiciones y en el extraño caso de que lo hiciese su vida sería imposible sin poder ver. Tomé la decisión de rebanar el cuello al chiquillo como si fuese un cerdo, el llanto duró unos momentos aunque a mí me pareció una eternidad. Con mis manos cabé un pequeño agujero en el suelo y enterré el pequeño cuerpo.

Cuando llegué a la hoguera que producía la enorme columna de humo el frío me había calado hasta los huesos, me temblaba el cuerpo como no lo había hecho en mi vida y tenía la certeza de que no pasaría de aquella noche. Me equivocaba y no sería la primera vez, ¿cómo pude equivocarme tanto?

Al rededor de la hoguera había una multitud que gritaba acusando a alguien de bruja, insultándola de las peores formas. Me sentí aliviada al pensar que habían capturado a la bruja que había arrasado mi aldea y asesinado a mi familia, me acerqué un poco haciéndome hueco entre la gente para poder ver cómo aquel engendro de los infiernos pagaba por sus pecados, pero no vi a la bruja, en su lugar aquellos hombres estaban arrastrando hacia las llamas a una anciana que lloraba y rogaba a gritos por su vida.

Me abrí paso a golpes entre la gente que clamaba enfurecida hasta llegar junto a la anciana y grité:

– ¡Alto!

Mi voz apenas si fue un pequeño grito ronco y ahogado, pero bastó para llamar la atención de los hombres que arrastraban a la mujer a una muerte injusta.

– Deteneos por favor, ella no es la bruja, esa anciana es inocente.

– ¿Pero qué dices mujer? – Espetó uno de los hombres –. Claro que es la bruja, ha matado a nuestros hermanos y arrasado nuestros campos. Pero va a pagar por ello.

Los dos hombres continuaron arrastrándola hacia la hoguera, agarré a uno de ellos del brazo con todas mis fuerzas intentando pararlo.

– No, te equivocas, yo he visto a la bruja y no se parece para nada, la bruja es joven y posee un hermosura endemoniada y tiene el cabello rojo como las llamas del infierno.

De repente todo el mundo quedó en silencio y clavaron sus ojos en mí, unos ojos asustados.

El otro hombre soltó a la anciana y se acercó a mi, me agarró de un brazo con tanta fuerza que no pude evitar soltar un grito de dolor. Me arrastró en dirección a la hoguera mientras gritaba «ella es aliada de la bruja y arderá con ella»; yo gritaba pidiendo clemencia, intentando explicarle que no era así, pero hizo como que no me oía y comenzó a atarme junto a la anciana.

– Eres idiota chiquilla. –Me dijo la anciana con una nota de desprecio.

– Yo sólo quería ayudar, van a quemarte y tú no es la bruja.

– Y por idiota a ti también, pero tranquila –la mujer me miró con una sonrisa de autosuficiencia–, hoy nadie va a morir quemada.

– ¿Qué? ¿Cómo puedes saber eso?

Estaba tan sorprendida que no noté las gotas de agua que me empezaron a mojar hasta que se convirtieron en un aguacero, extinguiendo las llamas. El tumulto de gente empezó a murmurar y a mirar hacia nosotras asustado mientras el hombre que me ató se acercaba a nosotras con el rostro lleno de rabia, y cruzó la cara a la anciana mientras la insultaba por su condición de bruja.

Nos desataron y nos arrastraron bajo el aguacero que caía sin descanso hasta una pequeña colina, sobre ella había varios cepos y nos colocaron en dos de ellos.

– Aquí tendréis la muerte que os merecéis, ninguna magia demoníaca os podrá salvar. –Dijo aquel hombre con tono de satisfacción y toda la aldea se marchó dejándonos solas.

Miré con temor a la mujer, ya no estaba segura de si aquellas personas tenía razón y realmente era una bruja, aquella tormenta había sido demasiado conveniente. Ella pareció leerme los pensamientos, porque me sonrió al mirarme y me dijo:

– Venga niña, pregunta.

No sabía si era buena idea, de hecho estaba segura de que era una idea pésima; si era una bruja seguramente mentiría y nunca podría estar segura. Pero lo que realmente me atemorizaba es que me dijese que sí, pues no solo habría intentado salvar la vida de una bruja, lo que muy probablemente me habría granjeado un pase directo a los infiernos, sino que me encontraría junto a ella y sólo Dios, o el mismísimo Satanás, sabría qué podía hacerme.

Dicen que la curiosidad mató al gato, y bien sé que suele ser cierto, pero yo ya estaba prácticamente muerta, así que decidí que al menos quería saber la verdad:

– ¿Eres una bruja?

Las palabras salieron temblorosas de mi boca, no sé bien si por el miedo, el frío o que ya había empezado a enfermar, pero ella se limitó a mirarme y a estallar en una carcajada.

– No chiquilla, no soy ninguna bruja; es más, dudo que las brujas realmente existan.

– ¿Y la lluvia? –No podría evitar pensar que algo mágico había en aquella tormenta. Ella me miró serena.

– Ayer llovió y estaba claro que hoy iba a volver a hacerlo, y seguramente mañana también, parece mentira que seáis tan estúpidos. Mira, te voy a hacer un regalo: cuando está nublado y oscuro, suele llover. –Y volvió a reír como si aquella blasfemia fuese algún tipo de chiste.

– Pero si es el mismo Dios quien decide cuándo debe llover y cómo deben suceder las cosas en el mundo, nadie puede predecir los designios de nuestro de Nuestro Señor.

Aquello pareció molestar sobremanera a la anciana, que me miró con una clara nota de desprecio. Entonces comenzó a retorcerse y sacó la cabeza del cepo, luego sacó las manos y con total tranquilidad me liberó a mí.

– Vamos, tenemos que irnos de aquí, y tú necesitas secarte o vas a enfermar.

– Pero… ¿Cómo…? –Estaba tan sorprendida que no era capaz de formar las frases.

– Luego, ahora urge salir de aquí.

La mujer comenzó a andar en dirección a una arboleda cercana y me guió hasta un agujero que había entre unos matorrales por el que tuvimos que descender a gatas, avanzamos por él unos metros y llegamos a una gran estancia bajo tierra. Antes de que tuviese tiempo de nada ella me hizo quitarme toda la ropa y me tapó con una manta, me puso la mano en la frente y comenzó a quejarse para sí mientras encendía una pequeña hoguera donde calentó agua con hierbas y me la dio a beber. No sé que era aquello, pero me hizo entrar en calor y poco después de terminarla caí dormida.

Cuando desperté estaba sola en aquél lugar, busqué mi ropa para vestirme pero no logré encontrarla; normalmente me habría preocupado de estar totalmente desnuda salvo por la manta que me tapaba, pero lo que tenía delante de mí no me dejó caer en ello y en su lugar me preocupé por dónde me había metido. Aquella cueva subterránea tenía varias tablas de madera ancladas de forma irregular a las paredes sobre las que habían diversos botes y cajas con hierbas y otras cosas que no pude identificar. Iba a acercarme a una de las cajitas cuando un ruido atropellado proveniente de la entrada llamó mi atención; la anciana había entrado apresuradamente y cubierta de sudor, con una expresión que pude identificar con el terror. Se me acercó y me puso la mano en la frente.

– Estás mucho mejor. Rápido vístete –me dijo acercándome mi ropa, que traía en las manos–, tenemos que irnos de aquí ya.

– ¿Qué pasa? –Pregunté sin entender nada.

– La gente de la aldea ha descubierto que hemos escapado de los cepos y nos están buscando, podríamos intentar escondernos aquí, pero es más seguro que huyamos.

Mientras yo me vestía ella metía en una bolsa algunas de las cajas y botes de la pared. Cuando terminé se dirigió a la salida con todo lo que le había dado tiempo de coger y salió al exterior. Yo fui detrás y al salir del agujero me tuve que cubrir los ojos debido al intenso sol que me deslumbraba, la anciana me miró e hizo un gesto:

– A veces me equivoco. Pero vamos, no hay tiempo de cháchara.

Seguí a la mujer a través del bosque en completo silencio, ya que cada vez que intentaba preguntar algo o hacer algún comentario me mandaba callar. Nos fuimos alejando de la aldea escondiéndonos entre los árboles y los matorrales mientras oíamos las voces de nuestros perseguidores, cada vez más cerca a pesar de que no nos deteníamos.

No sé cuánto tiempo estuvimos andando, pero cuando comenzaba a confiarme y creer que huiríamos sin mayor problema una voz gritó que nos habían encontrado y pude ver a dos jóvenes corriendo hacia nosotras. La anciana echó a correr mientras me indicaba que hiciese lo mismo y arranqué a correr por entre los árboles. Todo se tornó en caos, no sabía por dónde iba y me costaba seguir a aquella mujer, que a pesar de su edad corría como un galgo; más de una vez estuve a punto de tropezar con las raíces de algún árbol o de meter el pie en algún agujero del suelo.

Corrí y corrí, ya sin apenas aliento, hasta que noté que algo me empujaba desde atrás y me hacía caer de bruces al suelo. Uno de los chiquillos me había alcanzado e intentaba retenerme rodeándome con sus brazos; forcejeamos e intenté librarme de él, pero era más fuerte que yo y me fue imposible. Me empecé a retorcer hasta que giré y estuvimos cara a cara, que Dios me perdone por lo que hice a aquel pobre chico, pero mi vida dependía de ello: le mordí una oreja y él me soltó llevándose las manos a la herida ensangrentada y alejándose de mi gritando; lo que hice después quiero creer que fue a causa del miedo que me invadía en aquel momento, cogí la espada que llevaba escondida entre la ropa y se la clavé varias veces al chico en el estómago, que quedo tendido en el suelo entre estertores. Las voces que se acercaban me hicieron salir del trance y volví a emprender la carrera.

No sé durante cuanto tiempo más estuvimos corriendo, pero esta vez no volvieron a alcanzarnos. Salimos de la espesura del bosque y llegamos a una zona de llanura totalmente al descubierto; al contrario de lo que yo pensaba, la anciana decidió que era un buen lugar para descansar. Me hizo lavarme las manchas de sangre en uno de los mucho charcos que se habían formado debido a la tormenta del día anterior y nos sentamos sobre unas rocas.

Había muchas cosas que quería preguntar a aquella mujer, pero me limité a la que más apremiaba en aquel momento.

– ¿Y ahora qué?

Ella me miró de soslayo sin apartar un ojo del saco que estaba revisando mientras maldecía por no haber podido coger todo lo que tenía en aquella cueva. – Seguiremos hacia adelante, hay un pueblo a menos de un día de camino.

– No me has dicho aún tu nombre. – Las palabras salieron de mi pobladas de miedo, tenía el presentimiento de que no era una buena idea, pero si iba a estar más tiempo con la anciana necesitaba saber al menos cómo llamarla.

– Ni tu a mí el tuyo. –Se levantó, se echo el saco al hombro y comenzó a andar en dirección al poblado que había mencionado –. Vamos, intentaremos llegar antes de que caiga la noche.

Andamos durante horas en completo silencio, ni siquiera me atreví a expresar la sed o el hambre que tenía aunque la falta de agua me estaba haciendo sufrir más de la cuenta por la caminata. Supongo que fue a causa de la deshidratación, o quizá del agotamiento, que comencé a hablar con ella sin ser muy consciente de lo que estaba haciendo.

– Mi nombre es Visitación.

La mujer me miró durante un segundo y luego se rió.

– Vaya nombre más feo te pusieron, niña.

– No es feo, significa…

– Sí, sí, sé lo que significa, pero que su significado a ti te parezca bello no hace que el nombre en sí deje de ser muy feo.

– Bueno, y si mi nombre te parece tan feo el tuyo debe de ser de lo más hermoso. –No pude evitar el tono de rencor y enfado al hablar.

La anciana me miró un segundo a los ojos, pareció dudar un momento, pero al final respondió.

– Mari, mi nombre es Mari.

– ¿Mari? ¿De dónde viene ese nombre? No es común en estas tierras.

– No niña, no es común aquí. Yo nací en el norte de la península, pero de eso hace ya demasiado tiempo.

El resto del camino lo pasamos en total silencio a pesar de que más de una vez intenté hablar con ella, pero se limitaba a ignorarme y a seguir caminando. Apenas había comenzado a caer la noche cuando vimos frente a nosotros un pequeño pueblo, al llegar todo estaba en absoluto silencio y no había ni un alma en las calles, salvo por alguna que otra luz procedente de alguna casa, hubiese jurado que nadie vivía allí. Mari se dirigió directamente a una casa en la parte más alejada del pueblo, una de las más grandes; llamó a la puerta y un hombre enorme y bastante mayor abrió la puerta iluminado por un velón.

– ¿Qué quieres anciana? –Escrutó con una mirada seria a Mari y luego me examinó a mí.

– Somos dos viajeras que no tenemos donde pasar la noche, nos preguntábamos si nos permitirías pasarla en tu granero para que el frío no acabe con nosotras.

– En el granero están los animales, no quiero que las molestéis.

El hombre estaba ya cerrando la puerta cuando una voz de mujer sonó detrás de él. Una chica mucho más joven que él nos miró a Mari y a mí.

– ¿Qué pasa cariño, quienes son estas mujeres?

– Nadie, sólo dos viajeras que se han equivocado de puerta, ya se marchaban.

– Como dice su marido somos viajeras –interrumpió Mari –, pero no tenemos donde pasar la noche y le pedíamos a su marido que nos dejase pasarla en el granero.

– Por supuesto, faltaría más, no vamos a dejar que dos mujeres duerman al raso con el frío que hace. Pero estaréis hambrientas, pasad y comed algo antes de ir a la cama.

El hombre intentó protestar pero su esposa se limitó a ignorarlo y nos hizo sentarnos al rededor de una mesa fija. Aquella casa era enorme, tenían una habitación sólo para comer y otra en la que dormir; la comida que nos ofreció era deliciosa y jamás había visto en mi vida tanta carne en un cuenco, aquellas personas debían de ser los nobles del lugar, supuse.

La cena transcurrió agradable, supongo que no para el hombre, que observaba en silencio con expresión de desagrado. Pero la mujer se interesó por nuestros viajes, los cuales Mari se encargó de disfrazar para que no supiesen de dónde veníamos realmente ni lo que habíamos hecho. Una vez hubimos terminado la mujer nos acompañó al granero y nos ofreció un par de mantas para dormir lo más calientes posible.

– Os ofrecería dormir en la casa, pero ya he desafiado bastante a mi pobre marido. El pobre aún cree que los hombres son los que mandan. –Soltó una pequeña risa mientras nos guiñaba un ojo y Mari soltó una risotada.

Me desperté en mitad de la noche con mal cuerpo y ganas de vomitar, me percaté de que Mari no se encontraba en el granero y salí fuera para no vomitar dentro. Al abrir las puertas vi cómo una cantidad tremenda de humo inundaba el aire y todo el poblado estaba en llamas, una arcada me devolvió a la realidad y vomité a mis pies.

Corrí hacia la casa, la puerta estaba abierta, así que entré, al llegar al dormitorio encontré al hombre colgado de la pared con los brazos en cruz y todo el cuerpo cubierto de sangre, su mujer estaba arrodillada a su lado, llorando y abrazada a una de sus piernas. Me acerqué a ella, me agaché a su lado y puse una mano en su hombro, cuando me miró retrocedí y caí al suelo de culo, me arrastré intentando alejarme de su rostro carente de ojos, de cuyas cuencas brotaban unas lágrimas ensangrentadas.

Reuní fuerzas suficientes para levantarme y salir corriendo de aquella casa maldita. El calor de las llamas que arrasaban el poblado hacía casi imperceptible el frío que de otra forma habría acompañado a la noche, observé toda aquella destrucción y decidí, no sé porqué, dirigirme hacia ella; a mi paso los cadáveres adornaban el camino, miembros cercenados, cuencas sin ojos, pequeños riachuelos de sangre que recorrían los surcos del camino. Todo aquello me recordó a mi aldea, a la muerte de mi familia y mis vecinos y tuve la certeza de que la causa era la misma: la bruja estaba en el poblado, había llegado el momento de mi venganza y de mandar a ese ser del infierno con su oscuro señor.

Una llamarada surgió de una de las casas iluminando el cielo nocturno como si de la luz del día se tratase, eché a correr hacia la casa y llegué a tiempo de ver a un hombre salir de su interior, andando a duras penas y con una expresión de terror en la cara, con los ojos perdidos en un vacío repleto de horrores; avanzó varios pasos hacia donde yo me encontraba y fijó su mirada en mí alargando una mano que intentaba alcanzarme desesperadamente, pero antes de poder llegar a tocarme se desplomó de bruces contra el suelo dejando ver una espalda arrasada por el fuego, cubierta de ampollas y tan calcinada en algunas zonas que se podía ver el hueso.

Me quedé paralizada y horrorizada ante aquella visión, no podía dejar de mirar aquella espalda destrozada ni de pensar en el sufrimiento que debía haber padecido ese pobre desgraciado; entonces de dentro de la casa vi salir una figura femenina, una mujer tan hermosa que me hizo sentir un deseo hacia ella que condenaría mi alma, su cuerpo perfecto, su tez blanca como la nieve y la forma perfecta de sus rasgos me atraían inundándome de una lujuria infinita; pero lo que más me atraía era su pelo, largo y suelto, ondeado por una brisa que no existía y de un color rojo que era idéntico al del fuego que arrasaba el poblado.

La bruja me miró directamente a los ojos y sonrió, comenzó a acercase a mí sin caminar, sino flotando a un palmo del suelo; yo no podía moverme a causa del terror que sentía, intenté huir pero me fue imposible y así continué cuando llegó frente a mí y me habló.

– Ya está chiquilla, ya hemos terminado aquí. Vuelve al granero y duerme un rato, mañana seguiremos nuestro camino.

– ¿Mari? –El nombre salió sólo de mi boca, no sabía cómo pero estaba segura de que se trataba de la anciana, aunque su aspecto era totalmente distinto.

– Sí, soy yo; pero tranquila, vamos a dormir y mañana te lo explicaré todo.

– ¡No! –Grité, no iba a esperar, no iba a dejar que ese ser demoníaco siguiese ni un momento más en este mundo, ni una sola alma más caería en sus manos –. No tienes que explicarme nada, sé lo que eres, ya me has mentido suficiente, acabaré contigo ahora mismo.

Saqué la pequeña espada que llevaba entre la ropa, a pesar de que unos momentos antes no era capaz siquiera de moverme el odio y la rabia que inundaban mi corazón eran más fuertes que todo el horror; me lancé hacia ella con la espada por delante y la golpee, pero antes de que la hoja la alcanzase la bruja retrocedió en el aire a una velocidad endemoniada esquivando el golpe. Pero no me rendí, oh no, estaba decidida a matarla igual que ella había matado a los míos ya tanta otra gente; corrí hacia ella y levanté la espada sobre mi cabeza para asestar otro golpe, pero antes de llagar levantó su mano en mi dirección y choque contra un muro invisible, a continuación hizo un gesto de muñeca y me vi flotando en el aire e incapaz de otra cosa que no fuese retorcerme. Lancé varios golpes intentado alcanzarla, pero fue inútil.

– Ayyyyy, pobre Visitación, podríamos haber sido amigas, te podría haber enseñado la verdad, pero en su lugar has decidido ser mi enemiga, ser como todos ellos.

– Jamás podríamos haber sido amigas, maldita bruja, eres una asesina.

– No, sólo he tomado la justicia por mi mano, todas estas personas merecían la muerte.

Las lágrimas brotaron de mis ojos y el odio me dominó, escupí toda mi ira en dirección a la bruja, pero no llegó a alcanzarla, ella observó cómo el proyectil caía al suelo con un gesto de desprecio y volvió a mirarme con asco, las lagrimas empapaban mi cara mientras los ojos me ardían. – Los has asesinado maldito demonio, has matado a todos esos inocentes…

– ¿Inocentes? ¡Ja! – El desprecio era patente en su voz –. Todos ellos, todos y cada uno de ellos merecían lo que les he hecho y más. Violadores, ladrones, esclavistas. Tu marido sin ir más lejos, se quedó quieto, observando sin hacer nada mientras el que se hacía llamar vuestro señor te violaba, y lo mismo hizo cuando sus soldados continuaron. ¿De verdad cualquiera de esos hombres merecía algo mejor de lo que les he hecho? No chiquilla, todos merecían morir. Y sus hijos, pues serían como ellos, y sus mujeres y sus hijas que seguirían dejándose maltratar. Todos han tenido lo que se merecen. Ni siquiera tú Visitación, ni siquiera tú mereces mi perdón, pues eres igual de culpable que todos ellos.

Los ojos de la bruja comenzaron a arder con un odio descontrolado y comenzó a cerrar su mano como si lo hiciese al rededor de mi cuello y la magia negra comenzó a asfixiarme, con la mano que me quedaba libre intenté librarme de su mano, pero no había nada tangible en mi cuello. Me retorcí sobre mi misma en un intento desesperado que no tuvo ningún efecto, pedí a Dios clemencia, con la certeza de que mi fin era seguro y con mi último aliento lancé la pequeña espada contra el demonio.

Había perdido toda esperanza, me creía condenada y había aceptado mi muerte cuando caí al suelo liberada, tragué una bocanada de aire que me hizo toser. Me levanté y miré hacia la anciana que estaba tendida en el suelo con la espada clavada en el pecho y un charco de sangre que se empezaba a formar bajo ella; caminé en su dirección y pude ver en su cara la frustración que le suponía estar apunto de morir. Extraje la espada de su pecho y se la puse en el cuello, sus ojos totalmente abiertos me miraron y me habló entre toses.

– Maldita seas chiquilla, no te perdonaré esto jamás, y el hijo que engendras será la semilla de Satanás, y tú vivirás sabiendo que has condenado a la humanidad.

Hundí la hoja en su cuello y su sangre me salpicó, la anciana tosió varias veces retorciéndose de dolor hasta que se quedó totalmente quieta.

A pesar del tiempo aún no he olvidado aquella noche, las palabras de Mari aún resuenan en mi cabeza, y conforme avanza mi embarazo el temor de que su maldición sea real crece. No he contado nada en el convento, sólo que mi familia murió y vine buscando una forma de servir a los designios de nuestro señor, ellas me aceptaron y ni siquiera protestaron demasiado cuando se percataron de que me encontraba encinta. Pero temo que el día que de a luz lo que salga de mis entrañas sea alguna criatura horrible y maligna como en los sueños que vengo teniendo últimamente.

También me sorprendo a veces pensando en lo que me dijo de cómo nos trataban a las mujeres, de las violaciones como ella las llamó, de que nuestros maridos no nos defendiesen, de que nadie haga nada; pero estoy segura de que Dios, por alguna razón, ha decidido que sea así y los caminos de nuestro señor son sagrados.

Juan Andújar Molina
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