Mil años durará el reinado (II)

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Irene García
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—Si no tienes más que decir… —No hace falta que termine, por supuesto: Sohn ya sabe lo que viene. Está ocupada, están todos ocupados: la Colina se ha convertido en un campamento militar. Una parte de él no sabe qué sentir, qué pensar de todo aquello; la otra le grita que se una. Es tu oportunidad: destrózalos.

Los Cuervos les superan en número. Cien a uno, quizás más si cuentan a los niños y a los viejos que viven lejos de la capital, los que no levantarán un arma contra ellos. Pero en la Colina tienen a Gudrun, piensa también, a la encarnación viva de una magia más antigua y más potente que la Ahrak, el dios cuervo.

En el fondo, sabe que no basta con eso. Con ella. Que necesitan algo más.

Es por eso que no se marcha enseguida. Es por eso mismo que vuelve a sentarse un instante más tarde y mira a los ojos a la mujer más poderosa del mundo, y carraspea.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunta ella. No ha cambiado nada desde que la conoció, aunque tiene el pelo más largo y parece estar un poco más delgada, más mayor. Pero tiene esa misma forma de mirarle, de atravesarle sin piedad e ignorar el resto del mundo por un instante— Estábamos en medio de…

Y Sohn lo sabe. Hablaban de algo importante, Lyla Altmann y ella, y la hija de Altmann, que las escucha desde un rincón. La niña sin manos, la misma que creyó en Gudrun y creyó en él y que le observa con interés.

—Creo que puedo encontrarlos. Si me dais tiempo…

Si retrasáis el ataque, quiere decir. Unos meses más. Lo justo para que los traiga conmigo hasta aquí, hasta vosotras. Lyla Altmann es la primera en sacudir la cabeza; Gudrun deja escapar un suspiro.

—Márchate. Vete como has hecho antes, y búscalos, y tráelos si es que los encuentras —le dice—. Pero no tienes pruebas, no tienes nada, y a nosotros se nos acaba el tiempo. Si la Colina…

—Sé que puedo encontrarlos. He oído rumores al Norte… —intenta explicar; no sirve de mucho.

Lyla Altmann le invita a marcharse por segunda vez. Esta vez, Sohn obedece.

La Colina ha cambiado en seis meses. Hay caras nuevas, gente joven y hambrienta de esperanza, de poder. Pocos magos, averigua: muchos huyeron cuando llegó Gudrun. Pero hay campesinos con ansias de ser soldados, soldados con miedo de seguir siéndolo, hay gente que aparece de la nada y que morirá sin que él conozca sus nombres. Todos le observan, a pesar de la capa y el sombrero y los esfuerzos que hace por pasar allí por donde no hay nadie. Se apresura.

Encuentra al anciano a las afueras, casi al borde de la Colina. Tiene algo en la mano: una flauta, descubre cuando se acerca. Jung le dedica un saludo desganado: está fuera de lugar, se le ocurre a Sohn. Perdido en la Colina, tratando de seguir el ritmo de Gudrun y de los seguidores de Gudrun, intentando no olvidar lo que es tenerla cerca ahora que las cosas están cambiando.

—Las malas lenguas dicen que has vuelto con las manos vacías —le dice el anciano—. Las buenas, que tampoco había nada que traer contigo.

Sohn tarda en responder. La herida le duele al sentarse, un ardor en el costado que no termina de irse del todo. Un cazador, ha dicho a los pocos que han preguntado. Un cazador que lo confundió con un animal de verdad, porque aún no está preparado para hablar de las gentes del pantano, de las mujeres salvajes del este. Aquí, en la Colina, se le antojan poco más que un mal sueño.

—Necesitaba un descanso —admite al fin. Jung levanta la cabeza: tiene la mirada algo desenfocada, descubre Sohn. Seis meses y está perdiendo la vista, igual que los demás
pierden la perspectiva.

—No has venido al lugar adecuado —le advierte entonces el viejo. La Colina ya no es un hogar; se prepara para el campo de batalla. Ya no pretenden ocultarse, defenderse.

—Quieren atacar —se encuentra diciendo el mago, casi sin querer. Jung le da la razón.

—No son soldados —suspira—. Y Gudrun no es comandante. Ni esa mujer, Lyla. No pueden ganar una guerra. Pero quieren empezarla.

Jung es un hombre fuerte, a pesar de los años. Se le nota en la forma de hablar, en cada apretón de manos; también es listo, piensa Sohn. Sigue a Gudrun con cautela, ha llegado a la Colina de su mano pero se resiste a creer a ciegas.

—He oído rumores al Norte —añade el mago al cabo de un tiempo—: Gente como ella. Muchos: decenas, quizás un centenar.

Los Otros. Igual que en las leyendas.

—La primera vez que me hablaron de Gudrun —le explica el anciano— pensé que sería un mago más. Ya estaba retirado por entonces —murmura—, así que no le di mucha importancia. No sería más que una niña: la de problemas que se habrían resuelto en el mundo si no nos diera tanto miedo matar niños —termina. No dice nada más en un rato. Sohn lo deja estar.

Cuando cae el sol, se levanta del suelo. Se le escapa un gemido. Jung no comenta nada, pero le mira de reojo. Si los rumores son ciertos, parece decir, aún hay tiempo de arreglar esto. De salvarnos.

Sohn se marcha al poco rato; Jung se queda atrás. Se lleva la flauta a los labios: la música acompaña al mago de vuelta al corazón de la Colina.

Hay tensión en el aire. Hay caras nuevas y caras viejas que se mezclan y que tratan de entenderse lo mejor que pueden. La Colina nació como un refugio, como un hogar: era casi un mito. La primera vez que la pisó, Sohn creyó que había llegado al Paraíso, el mismo del que hablaban los siervos de Ahrak, el que llegaría con el dios cuervo y su reinado.
Era un niño, entonces. Sigue siendo un niño, uno más viejo y más pesado y un poco más despierto. Un niño que entra en la taberna, el centro de toda la Colina, y se deja guiar por la costumbre hasta una barra inusitadamente llena. Antes, se dice, antes se habría encontrado a unos pocos allí. A los tristes, a los perdidos, a aquellos que no tenían nada mejor que hacer.
Ahora la gente ríe. Grita. Vive, en general, allí dentro como ahí fuera: en medio de un odio absoluto y una esperanza tenue, una que les trajo él mismo seis meses atrás y que tiene nombre de mujer.

Se quita el sombrero: la luz es tenue allí dentro, y hay demasiados cuerpos juntos como para no sentir el calor. Siente un dolor punzante al costado una vez más en el momento de sentarse. Un taburete alto y tosco, uno que no estaba antes pero que ha aparecido como han aparecido la cerveza aguada y el entusiasmo en la voz de quienes le rodean.

—Hacía mucho que no se te veía por aquí —le recibe Mariah al otro lado de la barra. Madre de siete, todos magos; aún viven cuatro. Se hizo con la taberna para vigilar de cerca al mayor, recuerda que le contaron: hoy no está allí. No es el tipo de ambiente que le gusta, decide Sohn, no es un sitio en el que se fuera a sentir cómodo esta noche.

—He estado de viaje —le cuenta. Ella asiente y llena una jarra; sabe peor de lo que recordaba.

—Buscando a los Otros, dicen por ahí —Hace una pausa para gritarle algo a un muchacho que se ha subido a la barra; después, vuelve a centrar su atención en Sohn—. Una pérdida de tiempo, en mi opinión. Ya has traído a una; y, ahora, ¿qué? ¿Has visto lo que has liado con eso?

Sacude la cabeza y murmura para sí, y de repente Sohn se fija en el crío que ha saltado a la barra y que se ríe y brinda con gente de aspecto fiero y les grita algo sobre matanzas y luchas. A Mariah le quedan cuatro hijos: ahora puede que los pierda.

—No le hagas caso —No conoce al hombre que le habla, aunque le suena. Le ha visto más de una vez, cerca de Lyla Altmann y de su hija; no es capaz de recordar su nombre.

—Tiene un poco de razón —admite. Pero no es más que eso. Un poco.

—Tiene toda la razón, si me preguntas a mí —corrige suavemente el hombre. Hiram, se le ocurre a Sohn. Se llama Hiram—. Pero no por eso tienes que escucharla.

—Ya. Cada uno piensa como quiere, supongo —murmura el mago, y se termina la cerveza.

Tuerce el gesto: tiene un sabor extraño, amargo y desagradable. Hiram se echa a reír.

—Las cosas se nos han ido un poco de las manos —le dice—. Hay mucha gente a la que alimentar, de repente. Y no hay manera de hacer buena cerveza en tan poco tiempo.

Pasan unos minutos antes de que ninguno vuelva a abrir la boca. Junto a ellos, un grupo de jóvenes discute lo que ellos llaman “la primera victoria”. Son algo mayores que Sohn, pero no mucho; no hay magos entre ellos. Sólo gente de a pie, gente que ha huido y que quiere volver, imagina él, con la cabeza bien alta.

—No son suficientes —se oye decir en voz baja. Después, se corrige—. No somos suficientes.

Hiram le da la razón.

—Nunca seréis suficientes: si no, no estaríais aquí. Estaríais fuera —afirma—. Seríais como los Cuervos, señores de todo y de todos. La Colina es el hogar de todos los que no son lo bastante fuertes. Lo bastante buenos.

Y por un instante Sohn se recuerda a sí mismo, un niño aterrado al que todo se le antojaba enorme, amenazador. El sol le hería la piel y los ojos, el fuego trataba de devorarle, y las runas de los Cuervos le destrozaban poco a poco desde dentro. La Colina era un refugio de todo aquello, oyó decir su hermana, y lo creyó. Y, cuando llegó, alguien destruyó las marcas del Cuervo Blanco en sus brazos; no recuerda quién, no sabe su nombre. Pero le hizo grande y le hizo libre, y de repente se sintió capaz de vivir, y quiso hacerlo. Quiere hacerlo. Fuera de allí, como los otros.

Así que mira a Hiram de reojo, y coge aire. Tenemos derecho a luchar, quiere decirle. A buscar una salida: si no lo hacemos, la Colina se convertirá en una ratonera, un agujero en el que morir despacio.

—Hará falta un milagro —dice, en cambio. Hiram es un hombre práctico, adivina Sohn. No tiene mucho sentido tratar de convencerles de su error, tratar de parar lo que es ya una avalancha: sólo quiere darles una oportunidad. Como él.

—Y, por tu tono, imagino que tienes una idea bastante aproximada de cuál es ese milagro — aventura. Sohn tarda en asentir.

—Hay rumores. Al norte, dicen, hay…

—Rumores —le corta Hiram. Con un gesto, le pide a Mariah otra cerveza; esta vez tiene mejor color, comprueba Sohn—. ¿Quieres algo?

El joven mago niega con la cabeza.

—Gudrun también era poco más que rumores —apunta al cabo de un instante—. Habladurías. Pero está aquí, está…

—La trajiste tú —interviene el otro hombre. Se bebe de un trago la mitad de la jarra: lleva unas cuantas, adivina Sohn—. Me acuerdo de ti, me acuerdo de cuando saliste de la Colina la primera vez. Y me acuerdo de cuando llegó ella.

Se levanta del asiento; con un gesto, le indica a Sohn que lo imite. Y salen de la taberna, dejan atrás el ruido y a Mariah y al resto.

—Lo que hay son rumores —repite Hiram—. No convencerás a Lyla Altmann con rumores.

Pero —añade— no es a ella a la que tienes que convencer.

Y Sohn le mira con extrañeza, y Hiram sonríe.

—Habla con su hija. Con Idelle —le dice—. Ven conmigo y habla con ella. Ya nos has traído un ejército. Puedes hacerlo de nuevo.

La hija de Lyla Altmann tiene cicatrices en la cara. Se parecen a las que adornan los brazos de Sohn, desvaídas y viejas y siempre presentes, no te olvides nunca de a qué nos enfrentamos. A quién.

Saluda a Hiram con un abrazo, uno que deja al descubierto los muñones donde debían estar sus manos y la obliga a ponerse de puntillas. Es un hombre alto, ese que ejerce de padre y de guía a una niña que es casi una mujer.

—No esperaba visitas —se disculpa la joven. Hay un libro abierto sobre la cama, una lámpara encendida quizás demasiado cerca, y poco más. La habitación de Idelle está casi desnuda, como todas las salas de la Colina. Nada es definitivo, nada es suyo de verdad.

La joven le dirige una sonrisa a Sohn; el gesto le recuerda a su madre, a una Lyla Altmann más joven y más viva.

—Eres tú otra vez —le dice. A él se le atascan las palabras; es Hiram quien se decide a hablar.

—Ha hablado con tu madre —empieza; Idelle asiente. Estaba allí, confirma: lo ha oído todo. Lo ha visto todo.

—¿Veníais por algo en particular?

Y en ese instante, piensa Sohn, ya sabe qué van a pedirle. Ya sabe por qué han ido a verla a ella cuando Gudrun y su propia madre no han querido escucharle, y sabe cuál es la única respuesta posible.

—No tenemos ninguna posibilidad —consigue decir el mago. Le sale la voz estrangulada, pero más firme de lo que se creía capaz—. No podemos con los Cuervos. Todavía no.

Ella asiente y se deja caer sobre la cama. Se cruza de piernas en un gesto casi infantil, y clava la vista en Hiram.

—Me dijiste que nunca seríamos suficientes —le acusa—. Le dijiste a mi madre que era una locura, y creo… Sólo te equivocas a medias. Los Cuervos no son invencibles. Son humanos, como nosotros.

—Los Cuervos son muchos. Es lo que te he dicho —corrige el hombre, sentándose junto a ella y apartando el libro. Sohn se mantiene en pie, al margen; ya ha pasado por esto una vez hoy. Gente importante hablando de cosas importantes, gente que no le escucha porque ya no tiene motivos para hacerlo. Respira hondo.

—Nosotros también somos muchos —replica ella—. Es lo que dice mi madre. Y tenemos a Gudrun: Gudrun es como…

Una diosa, completa Sohn mentalmente. Gudrun apaga el fuego con la mirada y hace llover con una palabra. Los Cuervos no pueden competir con ella, con ellos si la tienen de estandarte. Y, sin embargo…

—Sigue siendo una —oye decir a Hiram—. Una mujer contra todo un pueblo, Idelle. No podemos ganar así.

—Así que me traes al mago —murmura ella—. Al mismo que la trajo. ¿Qué es lo que quieres, Sohn?

Por un instante le confunde. Que sepa su nombre, que le hable a él directamente: por un segundo no sabe qué contestar.

—¿Sabes dónde encontrar a otros? —sigue preguntando Idelle—. ¿Crees que puedes salvar este desastre? Si tuviésemos más, si hubiese más como Gudrun…

—Seríamos imparables —murmura Sohn. Ella le sonríe.

—Pero no hay mucho tiempo. La gente está nerviosa: quieren actuar, quieren matar Cuervos aunque les cueste la vida. Queremos —se corrige la joven. Hiram la abraza desde atrás con algo más de fuerza.

—Lyla está empeñada en salir de aquí cuanto antes —apunta el hombre—. Antes de que empiece a faltar comida, antes de que se den cuenta de que no tenemos nada que hacer. Idelle, estas cosas requieren tiempo. Planificación.

Dejar atrás la Colina, le explica, es marchar a una muerte segura. Por ahora, al menos: somos pocos, no tenemos poder. Los magos se marchan del refugio, se mantienen al margen; muchos de ellos no quieren participar en todo esto. Sólo estar a salvo del mundo exterior.

—Puedo hablar con mi madre —propone la joven—. Intentar convencerla. Pero es terca. No dará su brazo a torcer fácilmente.

Vuelve al mismo lugar en que dejó a Jung horas antes. Es noche cerrada: no quedan más que unas horas para el amanecer, y sabe que debería dormir, pero no es capaz. Ha sido un viaje largo y cansado, uno que le ha destrozado por dentro y por fuera. Cree que volverá a tener pesadillas si cierra los ojos, sueños en los que mezcla a los Cuervos y a las mujeres salvajes y a las gentes del pantano, y a Lyla Altmann y a Gudrun, a los que pueblan la Colina.

El anciano aún sigue allí, la mirada clavada en el muro que los separa de un mundo distinto, árido y cruel.

—¿Por qué? —pregunta. Casi no se da cuenta de que lo hace: le sale solo, un poco por hablar de algo. Por sentirse mejor, más acompañado.

Jung se encoge de hombros. Ha dejado la flauta en el suelo, a sus pies; mira a ninguna parte. Tarda en responder.

—Cuando era un crío —empieza—, cuando era un mocoso sólo había un par de opciones. Eras bueno o eras malo. Un hombre o un mago, o algo parecido a un mago, y luego aparecieron los Cuervos y descubrimos que no éramos los únicos que pensábamos así. Podías ser hombre o podías ser, bueno. Como tú.

Sohn asiente; el anciano no ve el gesto, pero sigue hablando.

—Y yo escogí el bien. La humanidad. Toda una vida dedicada a cazar monstruos, muchacho —le dice. Inconscientemente, Sohn se toca las cicatrices, las marcas que aún le adornan la piel blanca y que, cree, se han convertido casi en una seña de identidad—. Pero entonces me hice viejo. No sabes lo que es eso. Si Gudrun sigue adelante con esto, no tendrás la oportunidad de saberlo.

Hay cierto silencio después de aquello, un silencio roto por respiraciones pesadas y ruido de insectos entre la hierba. Jung se levanta, deja la flauta en el suelo.

—Seguí a Gudrun porque es la tercera opción, muchacho —explica el anciano—. No es humana y no es como tú, no es como nadie. Hasta que los años no se te echan encima no te das cuenta de lo que quieres en realidad.

—¿Y qué es lo que quieres? —pregunta Sohn. Jung le mira con ojos cansados, medio ciegos; está lejos de Gudrun, está lejos de su influencia, descubre el mago. De su poder. Y se hace viejo.

—Seguir vivo. Seguir entero. Seguir siendo un hombre aunque deje de ser humano —le sonríe. Después, echa a andar—. Buenas noches, muchacho. Y buena suerte.

Y ella aparece casi al amanecer, una luz gris que viene del este y que anuncia tormentas. La piel de Sohn se queja: llevas poca ropa para estar aquí. Deberías volver dentro, a la Colina, a casa. Volver y dejarlo todo en manos de otros, y beber a la salud de Mariah y su nueva cerveza y dejar de pensar. Pero Idelle Altmann se le aparece desde atrás y se sienta junto a él, le roza un hombro con el brazo.

—Tres meses —le dice, y Sohn no pregunta cómo le ha encontrado. Se limita a asentir; Idelle enarca una ceja—. Iré contigo: encontraremos a los Otros, igual que encontraste a Gudrun. Y acabaremos con los Cuervos.

Y eso es todo lo que tienen. Tres meses, y la voluntad inquebrantable de una muchacha, casi una niña. Idelle no se parece a su madre, no se parece a nadie que haya conocido antes, y Sohn descubre que hay poco que esté dispuesto a negarle.

—Tres meses —repite. Aún le duele el costado; no está seguro de poder viajar en esas condiciones. Pero, se dice, hay que intentarlo.

—Es la única forma —declara la chica. Y sonríe, y es una sonrisa que es otra cosa. Una promesa, se le ocurre a Sohn.

—Tendremos que correr —advierte el mago. Ella se echa a reír.

—Ya contaba con eso.

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