Mil años durará el reinado (I)

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Irene García
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No conoce su nombre aún, pero ya sabe que es ella. La que busca, la misma de la que hablan entre susurros en la capital, el coco bajo las camas de los Cuervos. Tiene el pelo muy corto y una sonrisa agresiva, y habla con hombres y mujeres que le doblan la edad como si supiera más que ellos. Puede que sea así, que sea exactamente eso lo que ocurre. Sabe más que ellos, que él, que todos. Así que Sohn respira hondo y trata de encontrar las fuerzas para acercarse y hablarle, y piensa que quizás ya sepa que la buscan. Un tipo extraño, un tipo pálido, un mago. Uno de los que se esconden en la Colina y agachan la cabeza mientras gente como tú hace el trabajo sucio.

Le tiemblan las manos.

Fue Lyla Altmann quien le habló de los Otros la primera vez. Había bebido de más, una de tantas noches, y se acercó a su oído y le susurró la historia que todos habían escuchado de niños. Incluso los magos la conocían, trató de decirle entonces. Incluso nosotros la hemos oído alguna vez, antes de echarnos a reír.

Dos de los hombres que rodean a la mujer que busca se giran hacia él un instante antes de que se levante. Reconoce a uno de ellos, un tipo amable que le miró con cierta desconfianza antes de sonreírle y ofrecerle algo de comer. No lo culpa, no puede culparlo. Los magos no son bienvenidos en ninguna parte estos días, y Sohn no puede, no quiere, esconder lo que es. Traidores a Ahrak, dicen los Cuervos, infieles; cobardes, los llaman los demás. Y a Sohn le encantaría excusarse a veces: no nos habéis querido nunca, no nos habéis tenido en cuenta jamás, y de repente esperáis que os defendamos, que os ofrezcamos una alternativa al Templo. No tiene claro qué es lo que diría, sin embargo. Es muy joven para guardarles rencor: prácticamente se ha criado en la Colina, a salvo de los seguidores del Cuervo Blanco y sus sacrificios.

El hombre al que recuerda, al que reconoce, le señala discretamente; la mujer a la que busca se vuelve hacia él, y sonríe. Y el cuerpo de Sohn deja de obedecerle por un instante y deja atrás la mesa en la esquina más oscura, camina hacia la luz del hogar junto al que se sienta ella. Le hace daño en los ojos, en la piel casi traslúcida, hace que se le retuerza el estómago del pánico, porque no consigue parar. Otro de los que la rodean, una mujer joven esta vez, le cede su asiento, y el cuerpo de Sohn se desmadeja sobre él. Hay algo cercano al pánico anidando en su pecho, algo que extiende los tentáculos por todas partes y de lo que no consigue librarse. Respira hondo; puedes escapar en cualquier instante, se dice. Puedes salir corriendo, volando, arrastrándote. Pero en ese instante concreto Sohn no se siente más capaz de cambiar de piel que de pelear cuerpo a cuerpo con los tipos sentados junto a él. Así que hace lo único que puede hacer. Saluda.

—Sohn —se presenta. Ella ensancha la sonrisa, y es como una mueca predadora, hambrienta.

—Gudrun.

El silencio se hace incómodo al cabo de unos instantes. A su alrededor, todos parecen contener la respiración, estudiarle: algunas sillas se han girado para que sus ocupantes puedan observar lo que ocurre. Una docena de ojos clavados en el extraño encapuchado, en el hombre que ha venido desde el otro lado del país, que podría ser el otro lado del mundo, y que apenas se atreve a respirar.

—No pareces gran cosa —añade ella, tras unos minutos en los que el círculo parece encogerse a su alrededor, en el que toda la taberna finge no verles con la absoluta convicción de que así se marcharán sin molestarles. Sohn deja escapar el aire que no sabía que había retenido, se encoge de hombros.

—Es un mago, Gudrun —masculla uno de los hombres que la flanquean. No es al que se encontró antes, pero se le parece: misma mirada, mismo porte. Aunque, en realidad, todos los humanos se parecen entre sí, más pronto o más tarde. Incluso Lyla Altmann, se dice Sohn, y piensa en ella porque casi puede verla superpuesta a la mujer que tiene ante sí. Ojos oscuros que ven más de lo que quieren ver, que entienden más de lo que les gustaría.

Aún puedes escapar si te lo propones, Sohn.

—Es bastante obvio, Jonah. Un mago joven, y bastante poco discreto, diría yo —añade ella, y alarga el brazo hacia él, le aparta la capucha. Algunos de los presentes dan un paso atrás; otros se mantienen impasibles—. No creo que te hayan mandado por tus aptitudes para el camuflaje —comenta. Sin la protección de la capa, la luz golpea a Sohn de lleno, le hiere los ojos rojizos, le quema la piel de la frente y las mejillas, pero hace lo posible para no dejar que los otros lo noten, para mantenerse erguido, impasible—. ¿Algún tipo de prueba? Si vienes de la Colina es arriesgado, pero no sé de muchos magos que sigan a Ahrak a estas…

—No es una prueba. No me han mandado —protesta Sohn, y se le escapa una especie de graznido al terminar la frase. Tiene las manos húmedas, los brazos, el cuerpo entero lleno de sudor. Hay una mujer, a su espalda, que ha sacado un cuchillo de alguna parte. Lo tiene escondido en la manga, y aún se contiene, pero no espera más que una señal. Y algo así, piensa Sohn, algo así es más de lo que se ve capaz de enfrentar ahora mismo. Son demasiados, y él es torpe y lento y no ha visto jamás una pelea real.

—La Colina… —empieza uno de los acólitos; un gesto de Gudrun le acalla enseguida.

—¿Qué es lo que quieres, Sohn? —pregunta. Tiene los ojos brillantes y le recorre el cuerpo con rapidez, de arriba a abajo, anotando mentalmente cada detalle y encontrando, decide el mago, un millón de puntos flacos. No supone una amenaza, concluye el joven; no podría moverse antes de que cuatro o cinco cuchillos iguales al que tratan de esconder a su espalda le atravesaran el cuerpo. Así que levanta las manos despacio, le muestra las palmas vacías y las mangas vacías y los brazos marcados con tinta negra. Sellos de Cuervos, murmura uno de los acólitos, un hombre mayor que se apoya en un bastón un poco más lejos que el resto. Sellos escritos por sacerdotes, cadenas que sujetan a cada mago lo bastante estúpido como para dejarse coger. O lo bastante joven. Los suyos dejaron de funcionar hace mucho, cortesía de la Colina, pero no es fácil borrarlos del todo. No es fácil volver a ser lo que se fue después de algo así.

Hubo una vez, cuando era aún muy niño, en que alguien le explicó lo que significaban. Cada letra, cada runa tatuada en la piel: te harán humano, le dijeron. Te ayudarán a ser bueno, a ser como nosotros, como todos los demás. A escuchar la llamada del Cuervo Blanco en lugar de hablar con magos traicioneros, a entender tu lugar en el mundo. Pero le dolía el cuerpo, cada día y cada noche, y sentía que algo se le acumulaba en la boca del estómago y le hacía vomitar. Aún no sabía qué nombre ponerle. Sigue sin saberlo, pero entiende cómo funciona, sabe que le habría hecho estallar de no haber roto el sello.

Lo que quiero es que no se lo hagan a otros, querría decirle a Gudrun. Lo que quiero es poder ser quien soy a la vista de todos y fuera de la Colina.

—Necesitamos tu ayuda —le dice, en cambio. Ella asiente.

—No sé quiénes sois. Sólo te veo a ti —replica. Sohn tarda en contestar.

—Vengo desde la Colina —aclara al cabo de un instante, y le explica todo lo demás. He oído las historias, murmura, aún con los brazos alzados. He escuchado las historias, todos las hemos escuchado, sobre la mujer que hace milagros. No eres mago, no te tratan como un mago, ni eres como las Siddall. Eres más como en los cuentos.

—Sé quién soy perfectamente, Sohn —le interrumpe ella, y alguien aviva el fuego frente a él. Algo, quizás una chispa, le salta al brazo; con una maldición, se aparta del hogar, y un segundo más tarde hay un cuchillo en su cuello y otro cerca de su entrepierna. Gudrun se echa a reír.

—Podemos acabar con esto en un segundo, mago —murmura una voz en su oído. Una mujer, la misma que le ha cedido el sitio, adivina.

—Lo… Lo siento —consigue decir, y los cuchillos se retiran y alguien le empuja de nuevo hacia la silla. Casi no puede ver: la luz le golpea los ojos directamente, lo hace todo borroso y casi irreal. Vete de aquí, piensa por un instante—. Sólo…

—Está bien. Perdónales. Estamos un poco… preocupados, entiéndelo —le dice Gudrun, y posa una mano en su rodilla—. No hay muchos que crean en mí, pero los que lo hacen suelen estar más interesados en eliminarme que en hacerme compañía. No es nada personal. Sohn asiente, traga saliva. Lo entiende, afirma. La mano de ella es casi una garra; le hace daño, pero no trata de apartarla.

—No hay muchos en la Colina —empieza de nuevo—, no hay muchos que crean en… esto, tampoco. En ti. En lo que puedes hacer.

Pero él sí cree. Tiene que hacerlo: no hay muchas más opciones. Los magos son lentos, torpes, cobardes. Los seguidores de Ahrak son más listos, mejores, los salvadores del pueblo. Hace falta otra opción, necesitan a alguien en el medio, alguien que pueda arreglarlo todo, querría explicarle. No lo hace.

No hace falta, comprende. Todos los otros, todos los que le rodean -puede que toda la taberna- han llegado a la misma conclusión.

—Imagino que no has venido aquí a decirme eso, Sohn —La presión en la rodilla es casi insoportable por un instante; después, Gudrun le suelta, y se echa hacia atrás en la silla—. Tendrás algo más…

—Queremos… Queremos luchar —murmura Sohn, y alguien se ríe. No puede ver las caras, pero adivina que no es la única reacción de ese tipo. Sois magos, le dirían, pero no se lo dicen. Ya tuvisteis vuestra oportunidad.

—No soy muy partidaria de las peleas, Sohn. Creo que no…

—El Templo… El Templo de Plata puede caer, ¿no es así? —Es casi un ruego, un niño pequeño que necesita que alguien le dé la razón por una vez— Ya no son lo que eran. Son… son más débiles. Y tienen enemigos, y si tú…

Hay magos en la Colina, pero también hay humanos de un tiempo a esta parte. Gente que deja atrás sus casas y sus vidas, que huye de los círculos de sacrificio o de la palabra de Ahrak, el Cuervo Blanco. Gente demasiado asustada como para dar un paso adelante, para plantar cara y pelear por su tierra, por los suyos.

—No soy una bandera, Sohn —le explica Gudrun, y por primera vez hay algo amable en su voz—. No soy capitana de nada, no sé cómo dirigir un ejército y no tengo interés en saberlo.

—Pero puedes…

—Puedo ayudar. No sólo a vosotros: también al resto. Pero no soy lo que me pides que sea. Hay un instante de silencio de nuevo, y Sohn comprende que no le hablaba sólo a él. La madera cruje bajo los pies de alguien, pasos pesados que se alejan de ellos y que apenas percibe como una mancha borrosa en movimiento. Gudrun, o la silueta de Gudrun, alza una mano; la taberna queda a oscuras, y los ojos del mago recuperan poco a poco la visión.

—Habrá otros —consigue decir—. Generales, estandartes. Pero hay que empezar desde algún sitio: alguien tiene que liderar la marcha.

Gudrun asiente.

—Lo pensaré —concede—. Pero no me gusta la Colina. No me gustan los magos, en general.

—A nadie le gustamos —admite Sohn—. Ni siquiera entre nosotros… Bueno. Pero… somos la mejor opción.

—No es que haya mucho donde elegir —añade, junto a él, el anciano del bastón. Le tiende una mano antes de presentarse—. Anton. Anton Jung.

A Sohn le suena el nombre. Le recuerda a algo viejo, algo que tiene que ver con leyendas y cuentos para que los niños se porten bien. La mano del hombre es callosa, fuerte; el apretón le hace crujir los huesos por un instante.

—Diles en la Colina que les haré una visita —escucha decir a Gudrun. Sohn la imagina llegando por la noche, vestida de blanco y armada con una daga plateada y con toda la magia del Universo. Como en las historias, piensa. Los Otros se abrirán paso entre magos y mortales, y velarán por la justicia.

—Lo haré —murmura, y se levanta de la silla. Incluso a oscuras, es difícil que pase desapercibido. Le brillan los ojos, y varios de los acólitos hacen ademán de atacarle de nuevo; Gudrun les para.

—No significa que vayamos a hacer ningún trato. No voy a ponerme en manos de magos para que podáis usarnos de escudo contra los Cuervos —advierte. Él asiente y echa a andar hacia la ventana. Es mejor respuesta de la que esperaba. Es mejor respuesta de la que creía que podría encontrar.

—No queremos un escudo —le recuerda, de todas formas—. Queremos una espada. Se le quiebran los huesos en un segundo, se le rompe la piel para dejar paso a las plumas. Y echa a volar convertido en cuervo blanco, Ahrak clamando contra los suyos, contra su Templo. Queremos espadas y queremos símbolos. Queremos recuperar lo que es nuestro.

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