Mil años durará el reinado (III)

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Rubén Astudillo

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Les hacen detenerse cerca del bosque de pinos. A un lado de la carretera principal, junto con otros mercaderes y algún pobre desgraciado. Les dicen que es por seguridad, que no es buena idea viajar de noche: no engañan a nadie. Hay algo raro.

La primera en abrir la boca es la joven del caballo blanco. Aún no ha desmontado, y no parece muy dispuesta a hacerlo: los hombres de Ahrak no la obligan. Sólo les han pedido que se detengan, y Moore se pregunta qué habrá más allá del bosque que les tiene tan preocupados.

La joven pregunta si tardarán mucho. Uno de los soldados se encoge de hombros.

—No es seguro que puedan seguir, al menos hasta mañana —les dice. Lleva el uniforme blanco y plateado de la capital—. Hay… problemas en el camino.

Con un suspiro, la joven apoya la cabeza sobre el caballo y susurra algo al oído del animal. Moore desmonta del suyo, una bestia vieja y barata que aún le hace el apaño. Disimuladamente, observa a la muchacha. Tiene el cabello rojo, como las gentes del este, y Moore adivina una figura esbelta por debajo de la ropa ancha. Es bonita, de forma genérica y poco llamativa; sin duda lo mejor que se ha encontrado en el camino. Y viaja sola.

Con un tirón de las riendas, guía a su caballo hasta el de ella. El animal obedece a duras penas; es cabezota, y está cansado. El alto en el camino le está haciendo bien, desde luego. Lástima que Moore tenga poca paciencia.

Tan de cerca, la joven lo es aún más, casi una niña. Tiene cicatrices casi invisibles en la cara, los ojos ambarinos, expresión preocupada. Lleva prisa, adivina Moore, igual que él. A saber qué le espera al norte: la gente como ella, joven y guapa y aún capaz, tiende generalmente a bajar hacia la capital. Más trabajo, más dinero, mejor tiempo. La Ciudad Plateada bulle de vida; incluso él ha cedido a sus encantos unos meses.

—¿Qué es lo que buscas? —pregunta. La muchacha le dedica una mirada de sorpresa, y Moore se apresura a encogerse de hombros— Digo, tan al norte. ¿Visitas a la familia, buscas trabajo, o…?

—No dice más; ella sacude la cabeza y no se digna a contestar. Difícil, supone Moore. No importa. Le gustan los retos.

Con cuidado, se acerca al caballo de la joven. Es probablemente el animal más extraño que ha visto jamás, blanco como la nieve y con ojos rojos, casi demoníacos. Parece una bestia inteligente, además, nada que ver con el suyo: demasiado bueno para una campesina. Una niña rica, piensa entonces. Con cuidado, lleva una mano a la testa del caballo; el animalretrocede.

—No lo toques —advierte la chica. Moore levanta la vista de nuevo. No ha hecho ademán de desmontar aún, pero está tensa. Le observa con desconfianza: él esboza una sonrisa amable.

—Es un buen animal. ¿Es tuyo? —inquiere. Ante el silencio de la muchacha, opta por seguir hablando— Seguro que vale un buen pellizco, mucho más que lo que llevan los otros, por muy siervos de Ahrak que sean —aventura—. ¿De dónde lo has sacado? Es la primera vez

que veo una bestia tan…

No encuentra el adjetivo. Extraña. Blanca. Hermosa. No sabe qué utilizar para despertar el interés de la chica: cómo reaccione puede depender perfectamente de cómo describa él al animal. Le tiene cariño: eso es evidente. Puede que lleven años juntos; puede también que sea, sencillamente, una joven sentimental. En cualquier caso, puede jugar a su favor. Y está dispuesto a aprovecharlo.

—Viene conmigo de lejos —asegura la muchacha. Una pequeña sonrisa de triunfo amenaza con asomar a los labios de Moore; la retiene a duras penas, y finge prestar más atención a lo que dice la joven—. Ha sido un camino largo. Más de lo que pensábamos. Y ahora…

—No quieres esperar —deduce él. Tan cerca y tan lejos, adivina. Sea lo que sea que busca, está más allá del bosque. Con un poco de suerte, no será a un viejo amante.

—No quiero esperar. Pero a veces no hay más remedio.

Ahí, Moore coincide. La paciencia es una gran virtud, una que a él se le escapa a menudo. Pero, se dice, nunca es tarde para practicarla. Así que guía a su montura hasta el árbol más cercano y ata las riendas allí antes de pasear por la zona. Los Cuervos le dirigen una mirada de advertencia cuando se acerca un poco más de la cuenta a ellos; las otras opciones son volver con la joven, o integrarse entre el resto de viajeros.

Opta por unirse al grupo más grande, dar un tiempo a la chica para que baje la guardia. Suele funcionar: dale tiempo para pensar que has perdido interés antes de volver a la carga. Ya le sigue con la mirada, desde luego, disimuladamente y desde su caballo. Casi sin darse cuenta, Moore esboza una sonrisa satisfecha.

El resto de viajeros son más o menos comunes, gente sencilla que ha dejado familia o negocios al norte. Uno de ellos viste una túnica grisácea, un uniforme sucio de sacerdote de bajo nivel. Incluso los Cuervos tienen que buscarse la vida de alguna forma, piensa Moore; le saluda con una inclinación de cabeza respetuosa.

—¿Sabes tú a qué viene esto? —le pregunta uno de los mercaderes, un hombre mayor con el que ha coincidido un par de veces desde que salió de la Ciudad Plateada. Moore se encoge de hombros.

—Ni idea. No he oído nada raro, pero está claro que algo…

—Hay rumores de agitadores al norte —murmura el Cuervo, en voz lo bastante baja como para obligarles a inclinarse hacia él—. Bárbaros que adoran al Señor Astado: hay…

—Pensé que los bárbaros no bajaban del Cinturón Blanco —interviene el mercader. Moore coincide con él: las montañas son una frontera aterradora, les dice que le han dicho.Las ha visto un par de veces. Tres, quizás; no lo recuerda. Un muro infranqueable, siempre blanco y siempre helado: una fortaleza hecha por cualquiera que sea la divinidad encargada de aquellas cosas. Impresionante, y lleno de pequeñas aldeas con muchachas soñadoras que adoran a los extranjeros, se recuerda.

—Pues es lo que cuentan —masculla el sacerdote entre dientes. Está obviamente molesto: ha perdido protagonismo en un instante—. Bárbaros que bajan…

Es el momento de marcharse, de alejarse de discusiones que no llevan a ninguna parte y centrarse en lo que de verdad importa, se dice Moore. La joven tiene la mirada fija en los Cuervos, a la entrada del bosque; ha dejado de pensar en él.

Es el momento.

Se acerca despacio, haciendo todo lo posible por fingir despreocupación. El encuentro, piensa, tiene que ser casi casual.

Antes de alcanzarla, la muchacha vuelve a clavar la vista en él.

—Moore —se presenta sin arredrarse, ofreciéndole la mano. Ella no corresponde el gesto, pero curva los labios levemente.

—Encantada —responde. Vuelve a desviar la mirada hacia los soldados, que hablan entre ellos y se turnan para avanzar por el camino y vigilarles. Parecen preocupados: buscan algo, adivina Moore, y piensa en los rumores que ha escuchado. Bárbaros, piensa; puede que sea lo más sensato que ha oído en años. La gente cuenta historias de esas tierras, de los bosques

norteños y el tipo de criaturas que los habitan. Djinns y bestias extrañas, y magos perversos y quién sabe qué más. Si uno tiene dos dedos de frente, por supuesto, es fácil saber qué se puede creer y hasta qué punto. Los djinn son más sureños, por ejemplo; los magos no se arriesgarían a vivir tan cerca de los Cuervos, no cuando tienen las tierras del pantano, al este, y los famosos refugios del centro del país. En cuanto al resto, bueno: Moore ha escuchado

historias de taberna con más verosimilitud. Pero tampoco es cuestión de perder la ilusión a la primera. Ya va siendo hora de que pase algo interesante: la vida últimamente se ha vuelto bastante monótona.

Otro de los mercaderes que ha llegado con ellos se lamenta en voz alta por decimoquinta vez; los demás le imitan. Son tipos inteligentes, gente que ha visto más que la mayoría y que sabe cómo tratar ese tipo de situaciones: no es la primera vez que los retienen en uno de esos caminos, si lo que ha escuchado Moore en su viaje es cierto, y no siempre han sido tan amables. Al menos, como dijo el sacerdote al principio de la tarde, esta vez les dejaban quedarse con los carros y los caballos. No habría habido tanta suerte de estar en el este.

—A este ritmo nos toca pasar la noche aquí —masculla alguno de ellos. Desde donde está,

Moore le da la razón.

—No tiene pinta de ser muy cómodo —les dice desde lejos. Al otro lado del camino, el Cuervo asiente.

—Hay una posada a poco más de media hora de aquí —anuncia un tercero. Michael, cree recordar: no es muy bueno con los nombres. En cualquier caso, no es mala idea. Empieza a caer la noche, y los soldados no tienen intención de dejarles pasar.

—¿Qué te parece? —pregunta a la joven. Aún no le ha dicho su nombre, pero acabará por

averiguarlo: al parecer va a tener tiempo de sobra.

—No voy a volver atrás —anuncia ella—. Un placer conocerle, Moore. Espero que tenga un buen viaje mañana.

Lo dice con sinceridad. Incluso esboza una sonrisa, aún montada en el caballo. Acto seguido, se acerca a uno de los soldados; el hombre le dedica una mirada de desconcierto.

—No puede avanzar por aquí, señorita —le dice. Es un muchacho largo y desgarbado, como la mitad de los Cuervos que se ocupan de estas cosas. Ya aprenderá a mostrar autoridad, se dice Moore: por ahora casi parece disculparse cada vez que abre la boca.

—¿Creen que mañana estará abierto? —pregunta ella. El soldado asiente.

—Es sólo… temporal. Pero abriremos el camino. Si no, siempre pueden desviarse por…

—Está bien. Espero no tener que hacerlo —le corta la joven con una sonrisa. Él se cuadra casi automáticamente.

—Claro —responde al cabo de un segundo, relajando el cuerpo—. Si retrocede un poco, hay…

—Pasaré la noche aquí, si no es molestia —anuncia la muchacha—. Un poco más atrás, junto al camino. Creo que será lo más sensato; además, estaré protegida si les tengo cerca —añade con cierta malicia. Algo en su voz, piensa Moore, hay algo en su voz que no resulta del todo convincente. Pero al joven soldado no parece llamarle la atención.

—Está bien. Si necesita algo… —Antes de que termine, el caballo de la joven da la vuelta, al parecer sin necesidad alguna de guía. Una bestia lista, sin duda. Demasiado.

Moore tarda dos segundos en decidirse después de aquello. Por una parte, se recuerda, están los mercaderes, gente agradable, pero infinitamente aburrida. Y mucho menos atractiva que la joven, desde luego. Por otra, bueno. A saber.

Nunca le ha molestado dormir a la intemperie.

Así que la sigue, llevando a su propio caballo de la brida, hasta una zona alejada de los Cuervos y su búsqueda. La joven no parece darse cuenta de su presencia hasta el último instante; Moore hace un esfuerzo por aparentar normalidad, como si aquel terreno junto al camino fuera precisamente el lugar al que se dirigía mucho antes de que ella pensara en algo así.

Vagamente divertida, la muchacha le sonríe.

—Creo que la posada está más allá —señala con la cabeza. No parece tener intención de bajar del caballo; al menos, no con él cerca.

—Están sobrevaloradas —le dice Moore—. Además, en las posadas no tienen de esto.

Con algo de teatro, saca de entre los cacharros con los que ha cargado a su caballo una botella oscura y bastante grande. Se acerca a la joven antes de destaparla; subrepticiamente, echa un vistazo al animal que monta. A la luz del atardecer es difícil distinguir mucho, pero tiene marcas en las patas, sombras de heridas viejas que parecen, quizás, demasiado calculadas. Sin poder evitarlo, esboza una sonrisa.

—¿Te apetece? —Ella niega con la cabeza, le da las gracias. Encogiéndose de hombros, Moore da un trago largo: el licor sabe dulce, pero le quema la garganta. Es bueno, de lo mejor que ha probado en los últimos tiempos; últimamente a nadie parece preocuparle mucho la calidad del alcohol. Una verdadera lástima, en su opinión.

—¿Por qué te quedas aquí? —Por un instante, Moore se plantea mentirle. Es un buen sitio para pasar la noche, mi caballo no tiene muy buen aspecto, me gusta dormir al raso; finalmente, opta por decir la verdad.

—Me interesas —admite con una sonrisa. Echa una mirada apreciativa a la joven; ella se sonroja ligeramente—. Quiero saber cómo te llamas. Eres una persona de lo más curiosa.

Ella ahoga una carcajada.

—Si eso es todo, estás perdiendo el tiempo —le dice—. Soy bastante más aburrida de lo que parece.

Por supuesto, se dice Moore, y mira de reojo al caballo de nuevo. Y por eso viajas con un mago.

—Todas las chicas bonitas decís lo mismo —le contesta en cambio. Le ofrece una mano—.¿Te ayudo a bajar?

Ella niega con la cabeza.

—No hace falta. Puedo… —Al tiempo que habla, el caballo se sienta en el suelo; la joven apenas tiene que dejarse llevar para desmontarlo. El cuerpo del animal se sacude por un instante, y ella niega con la cabeza y acerca la boca a su oreja para susurrarle algo de nuevo; la bestia se alza una vez más. Y, ahora sí, Moore se fija en las patas. En las marcas, cicatrices viejas que no se aprecian bien, pero que están ahí: son runas de Cuervos, sin duda. Y no precisamente de las buenas.

Con un bostezo, la joven se deja caer al suelo y cruza las piernas. Le dirige una mirada aparentemente amable: hay desconfianza en el fondo de los ojos, pero también una certeza absoluta de que nada puede ocurrirle esa noche. No con el caballo a su lado, no con los Cuervos tan cerca. No te atreverás a hacerme nada, parece decirle.

Moore no tiene malas intenciones, en el fondo. Es pura curiosidad, se repite, lo que le obliga a acercarse al caballo blanco una vez más, a alargar la mano y acariciarle la cabeza. El animal no se mueve, pero le observa con cautela, como si le midiese. Es la chica la que se levanta en su defensa una vez más.

—Déjale. No le gusta que le toquen —advierte, y hace ademán de empujarle. Y es entonces cuando Moore lo ve, por entre las capas de ropa vieja y ancha: le falta una mano. Y quizás, por la forma en que caen las mangas, la otra también. Le aferra el antebrazo con fuerza durante un segundo; la joven le patea, pero ya ha visto suficiente. Muñones limpios, profesionales. Marcas profundas alrededor, parecidas a las que tiene en la cara. Magia de Cuervos, también. Ritual.

—Infieles —murmura, y no se da cuenta de que lo ha hecho en voz alta hasta que ella le dirige una mirada furiosa.

—¿Qué es lo que quieres? —le increpa. Moore se encoge de hombros.

—Quiero saber tu nombre —contesta. La joven tiene los dientes apretados, la expresión torcida. No va a dárselo. Tendrá suerte si no se aleja de allí en ese mismo instante, de vuelta a la posada con los mercaderes, quizás. Es el momento de pensar rápido, Moore, se dice. Se la juega—. También me gustaría saber por qué ocultas a un mago de las fuerzas del orden. ¿Quieres que les pregunte a los soldados de allí qué piensan de todo…?

El golpe le coge desprevenido. Es seco y más fuerte de lo que había calculado: la joven es mucho más fuerte de lo que parece. Lo siguen varias patadas en la entrepierna y algo que tarda en identificar como picotazos y arañazos en la espalda y la nuca. El mago, asume; quitárselo de encima no es tarea fácil, como tampoco lo es recuperar el aliento lo suficiente como para pedirles que paren.

En cualquier caso, es un ruego inútil. La joven golpea de nuevo, y Moore se ve obligado a actuar.

—Basta —murmura, y el aire se vuelve denso por un instante; la joven se deja caer de rodillas, tratando de respirar. A su espalda, asume Moore, el mago ha debido de hacer lo mismo: no se detiene a comprobarlo. En tres pasos se aleja de su rango de acción; no es hasta entonces que permite que todo vuelva a la normalidad.

Para cuando se gira, la joven le mira con ojos llorosos, pero asombrados; con un gesto indica al mago, ahora un enorme cuervo, que se detenga.

—¿Cómo…? —jadea. Moore la ignora por un instante, concentrado en cerrarse las heridas:

pelean como desesperados, piensa. Quizás lo estén. Si han tenido encuentros con los Cuervos no sería extraño. El amor de Ahrak se parece sospechosamente al odio en ciertas ocasiones.

Durante un tiempo nadie se mueve. El cuervo blanco se ha posado sobre los hombros de ella, los ojos rojos clavados en Moore y el cuerpo en tensión. Una palabra, una sola palabra de la joven, lo lanzaría a la muerte. Tal y como pensaba, se halla ante una mujer interesante.

—¿Qué es lo que quieres? —vuelve a preguntar la joven— ¿Quién eres, Moore?

Él respira hondo.

—Primero, tu nombre —exige. Ella se muerde el labio, pero asiente.

—Idelle. ¿Qué eres? —repite. Buena pregunta, en su opinión. Mucho más difícil de contestar.

—No sabría decirte —le contesta—. Viajero, principalmente. Curandero a veces. Cuentacuentos. Mozo de cuadras. Lo que me dejan ser en cada sitio, básicamente.

No es la respuesta que buscaba: eso es evidente. No se parece en absoluto a la contestación que esperaba de él, pero es que tampoco sabe qué otra cosa decirle. Ni si estaría dispuesto a darle la solución al enigma tan rápidamente.

—Es como ella —susurra la joven; el cuervo parece asentir—. Es…

—¿Y ese? ¿Qué hace un mago por estos caminos? No es… —No es habitual. No es seguro.

No es una situación agradable, saber que ahora son tres, y que el otro juega con ventaja: la conoce desde antes, y ha recibido, aparentemente, menos golpes de ella.

—Sohn —lo presenta Idelle. El animal la mira un instante antes de echar a volar de nuevo y caer al suelo convertido en un hombre de piel blanca y ojos rojos, uno que parece dispuesto a arrancarle la garganta a Moore si se acerca más de la cuenta.

—Encantado —le dice el mago con sarcasmo. Las cicatrices son más visibles ahora que es humano: Moore conoce algunas de las runas del tiempo que pasó en la Ciudad Plateada.

—Es irónico —se escucha decir Moore—. Si te llegas a aparecer delante de los soldados de ahí delante seguro que se hacen algo encima.

Y se ríe. Nervioso y algo preocupado todavía, porque el tipo sigue siendo un mago y parece dispuesto a cualquier cosa. Ninguno de los otros dos le sigue la corriente.

—¿Qué es lo que buscas? —pregunta entonces Sohn. Tiene una voz grave, seria; Moore cierra la boca casi de inmediato. Se lo piensa.

—Busco… a otros. A gente —les dice al fin. Idelle asiente.

—Nosotros también. Buscamos amigos —admite, y Moore cree que sabe a qué se refiere.

—Los Cuervos no son tan populares como se creen, ¿eh? —susurra, y añade en voz alta—:

Podríamos buscar juntos. Si es…

El mago es el primero en acercarse: Moore da un paso atrás. Pero Sohn no hace más que tenderle una mano, blanca como la leche, y mirarle de arriba a abajo como si le estudiara.

—Es una idea —le dice—. Mientras más, mejor.

Moore se lo piensa un instante antes de estrechársela.

—Decían que el reinado del Cuervo Blanco duraría mil años —sonríe Idelle desde atrás—.

Estoy bastante segura de que se equivocan.

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