Mi enemigo más querido

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Rubén Astudillo

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¿Sabes? Tú siempre has sido mi enemigo más querido. Puede sonar tonto, puede sonar cursi, pero la verdad es que es cierto. A lo largo de tantos años de sangre y lágrimas he hecho multitud de enemigos aunque la mayoría apenas sobrevivió al conocimiento de que lo éramos. Pero no tú, lo tuyo era especial.

Aún recuerdo la primera vez que nos vimos. Yo era un jovenzuelo que acababa de recibir su bautizo de sangre y estaba en una de mis primeras cacerías. Habíamos acudido a tu templo llevados por un sacerdote, un inquisidor que buscaba acabar con vuestro grupo de adoradores de los viejos dioses. Un rollo de esos religiosos que me importa menos que una boñiga de drak pero que se paga bien. O se pagaba, que las cosas ya no son como eran.

Entramos a sangre en el templo, vuestros guardianes no valían casi ni el esfuerzo de matarles. Nos abrimos paso entre ellos y los túneles de piedra verde se tiñeron de carmesí, de gritos y de las risas de mis compañeros. No eran gente civilizada, ni agradable tampoco pero eran mis hermanos de armas. Llegó un momento en el que apenas encontramos ya nada que matar y nos perdimos por esos malditos pasillos que parecían retorcerse como las tripas de un gigante. Si no hubiera sido por el sacerdote seguro que nos habríamos perdido pero él nos guió hacia vosotros. Tras vueltas y más vueltas llegamos a una cámara que refulgía con los reflejos verdosos de la pira ceremonial que ardía en su centro. Las paredes parecían agitarse y temblar cuando las miraba así que decidí no hacerlo y centré la vista en vosotros: un grupito de apenas diez personas, vestidos con túnicas rojas como sangre coagulada. El tiempo de un latido fue el que tuvísteis para ver vuestra muerte en nuestros ojos. Otro latido mas tarde todo había acabado.

Salimos del templo a tiempo para ver como se desmoronaba tras nosotros, el sacerdote nos explicó que había sido creado con artes oscuras y que no había sobrevivido a su creador. No podía importarme menos. Tenía la bolsa llena de monedas que me abrirían las mejores tabernas y los mejores burdeles. El resto me importaba una boñiga.

Nos mantuvimos unidos durante una larga temporada buscando y eliminando a los adoradores de los dioses de más allá de las estrellas. El grupo menguó e incluso perdimos al sacerdote. Bueno, no del todo porque Eudiro encerró su espíritu dentro de la calavera. Un hechizo muy útil el suyo, nos permitió usar los conocimientos del sacerdote para encontrar a los tuyos y pasarlos por el cuchillo. Lo malo es que nunca se callaba. Había sido hablador en vida pero la muerte se había llevado la poca contención verbal que tenía y se hacía bastante insoportable. Acabamos tirándola por los acantilados Despeñafel cuando acabamos con el último templo de los tuyos.

Pero ya sabes que esto no fue todo. Si así hubiera sido ¿Cómo podrías haberte convertido en mi más querido enemigo? No eras más que un muerto más, un cuerpo lacerado por las armas y aplastado por los restos de su templo maldito. O así debería haber sido pero siempre has sido un cabrón con suerte.

Aún no sé como sobreviviste. Quizá te escondieras entre los muertos, quizá perdiste el sentido con una herida menor, quizá caiste en un agujero donde los sillares no te alcanzaron. No lo sé. Ni me importa realmente. El hecho es que sobreviviste y volvimos a encontrarnos.

Habían pasado años desde que nos conocimos. Estaba yo gastándome el dinero duramente ganado en una incursión al sur de Meridia. Esos subhumanos resultaron ser un adversario más duro de lo esperado, los combates habían sido feroces pero lamentablemente acabaron, acabamos con la tribu y nos devolvieron al norte. Y allí estaba yo, gastándome el dinero en el extrarradio de la muralla roja de Atlantia cuando me encontraste. No sé exactamente cómo me reconociste, no sé qué habías hecho durante estos años ¿perseguirnos? Hacía tiempo que no había vuelto a ver a mis hermanos. Quizá los fuiste cazando uno a uno. No me importa, la verdad es que no me caían bien. El hecho es que estaba yo ligeramente achispado con un licor de loto rojo cuando tus amigos decidieron atacar. Si algo tengo que recriminarte es tu elección de secuaces, deberías haber invertido un poco más de oro y no contratar la primera escoria que se te ofreciera. Achispado como estaba, armado sólo con el cuchillo con el que cortaba la tiesa tajada de la cena apenas me duraron un suspiro, su sangre se mezcló con la basura del suelo. Te vi en la puerta, mirando asombrado el combate y salir corriendo en cuanto cayó el último matón. Hice un amago de perseguirte para que te unieras a tus amigos pero un buen tajo en la pierna, en el que no había reparado hasta ahora me hizo tropezar y escapaste.

Desde entonces nos hemos encontrado en infinidad de ocasiones y en los lugares más inverosímiles. Al parecer reformaste tu culto. Tanto esfuerzo para que luego te dedicases a seducir nobles aburridos y destripaterrones ignorantes para que adorasen a tu extraño dios. Porque mira que es feo el cabrón ¿No podíais dibujarlo con menos ojos? Tampoco he entendido nunca para qué se necesita más de una boca. ¿Qué tiene de malo Rea? Al menos tiene un polvazo.

Dedicaste parte de los fondos de tu culto reformado en darme caza. ¿Por venganza? No sé por qué, gracias a mí pasaste de ser un mero oficiante apenas un paso por encima del puesto de víctima de sacrificio a ser el capitoste de todo el culto.

Pero he de admirar tu persistencia.

calavera

La vida se volvió mucho mas interesante: nunca sabía cuando podían atacarme unos matones a sueldo, qué ramera podría intentar matarme mientras me la follaba, qué veneno podía contener esa comida tan suculenta… Sobrevivir a tus intentos de matarme se había convertido en un interesante aliciente. Dentro del odio que me inspiras comencé a cogerte cierto aprecio, y estoy seguro que es recíproco. Ahora no me lo niegues. Seguro que te divertías diseñando planes para acabar conmigo.
Pero la vida no es infinita aunque de jóvenes queramos pensar que sí. Al final, tanto perseguirnos, tanto intentar matarnos mutuamente tenía que acabar con uno de los dos. Lamentablemente no fue mi espada lo que acabó contigo, la exposición a las reliquias de tu dios acabó lo que yo había empezado hace ya tantos años. Sus efluvios te corrompieron por dentro, licuaron tus tripas y acabaron por matarte.

No me lo creí cuando me enteré. Tuve que buscar tu tumba y profanar tus restos para quedarme tranquilo. El hacha seccionó tu cuello, la estaca de oricalco sagrado adornó tu pecho. Esta vez no volverías.
Pero después del frenesí de la búsqueda y la profanación me quedé vacío. Había acabado contigo, mi gran enemigo, mi enemigo más querido. ¿Y ahora qué? Tu culto desaparecía contigo, los demás cazadores se habían asegurado de ello. Yo había impedido que tu dios decidiera darte una nueva oportunidad de acabar conmigo. ¿Y ahora qué?

Suerte que aprendí el truco de Eudiro, creo que te echaría de menos si no lo hiciera. ¿Verdad, vieja calavera?

El anciano guerrero se levantó del tocón que había empleado en su descanso, tomó la pulida calavera que tenía junto a él y con una leve caricia la devolvió a su zurrón. En los quince años que hacía que la llevaba encima no se había decidido a hablar, era sólo un viejo testarudo. Algún día…

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