Los hijos del dragón

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Rubén Astudillo

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En la provincia de Son Ying se habían reunido un grupo de practicantes del Tao de gran talento. Diariamente se entrenaban buscando la perfección de su dominio de los diferentes aspectos. La historia no ha conservado sus nombres, únicamente se les conoce como Los Ocho Maestros del Tao. Alcanzaron tal nivel de perfección que apenas necesitaban comer o respirar, podían correr por las paredes o alcanzar la copa de los altos árboles de la región de un único y poderoso salto.

hijos

Llegó el día en que el recaudador de impuestos del gobernador llegó a la pequeña aldea donde residían. Los Ocho Maestros vieron injusto que el gobernador, después de un año duro en el que los campesinos apenas habían recogido ninguna cosecha viniese a recaudar sus impuestos. Así pues echaron de allí al recaudador y sus guardias de escolta. Al gobernador no le gustó esto y envió un destacamento de soldados a capturar a los Ocho Maestros. Pero no esperaba que estos ofreciesen una resistencia tan dura a los soldados, quienes tuvieron que huir para salvar la vida. El gobernador, siguió enviando más destacamentos para capturar a los maestros pero no fueron capaces de hacerlo nunca.

Los Maestros, cansados de tanta sangre inútilmente desperdiciada se retiraron a las montañas para ocultarse de los soldados. Pese a eso la caza no acabó, y el gobernador seguía enviando soldados a capturarles. Los Ocho Maestros se adaptaron bien a la vida en la montaña y siguieron sus entrenamientos en busca de la perfección.

A sus oídos llegaron noticias de que había un vagabundo que llevaba la cara oculta por una máscara y que era invencible. Según contaban los rumores había arrasado todo un castillo y había matado a todo aquel que se le había enfrentado. Quisieron conocerle. Quisieron medir sus fuerzas con él. Esperaron tranquilamente en sus montañas, si el vagabundo no cambiaba de rumbo tendría que atravesarlas. Finalmente pudieron verle. Era una figura imponente, de cuerpo musculoso y fuerte, piel bronceada por el sol y una larga trenza que caía a su espalda y que le delataba como yurchen. Pero lo más impresionante era su máscara, apenas una lámina de metal oscuro, sin decoraciones, con dos ranuras para los ojos… pero la cosa más impactante que jamás habían visto, exudaba puro poder. Salieron a su encuentro y se presentaron. Eran los dueños de estas montañas y nadie podía pasar sin su consentimiento. Si quería pasar tendría que luchar contra uno de ellos. Liu Chen estaba cansado, quería llegar al lugar que le indicaba la voz de su cabeza lo antes posible, evitar el combate le llevaría muchos días de viaje. No había problema. Pero sabía que cuando venciese a uno de esos autoproclamados maestros otro ocuparía su lugar y tendría que librar ocho combates. Así pues propuso luchar contra todos a la vez. Los Ocho Maestros no daban crédito a sus oídos, ese arrogante muchacho les estaba retando a los ocho a la vez. Sería su fin. Esa arrogancia era un síntoma inequívoco de que no era el Perfecto que buscaban, les serviría de entrenamiento.

Los Ocho Maestros se lanzaron al ataque con la velocidad del rayo y la fuerza de la tormenta, volaron cabalgando los vientos, hicieron gemir a la tierra con la fuerza de su ataque… pero el vagabundo no pareció afectado en absoluto. Uno a uno fueron cayendo ante él. No parecía poseer ninguno de los fabulosos poderes de los que hacían gala los Ocho Maestros, solo una descomunal fuerza capaz de pulverizar las rocas con un golpe y la capacidad de resistir cualquier ataque. Cuando el último de los Ocho cayó, todos se arrodillaron reconociendo su derrota y pidieron acompañarle en su vagabundeo, servirle como esclavos o sirvientes ya que él era aquél que llevaban tanto tiempo buscando, un gran guerrero que alcanzaría la perfección y la grandeza.

Y Long Yingzi, el Dragón de las Sombras, les aceptó como sus sirvientes.

Y comenzaron a viajar juntos hacia el sur.

Y así nacieron los Érzi lóng, los Hijos del Dragón.

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