La mujer gris

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Rubén Astudillo

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Hoy he visto una mujer gris.

Cabeceaba en un tren cualquiera cuando un par de pies entraron en mi campo de visión. Enfundados en unas sandalias horteras de imitación de cuero gris se presentaban un par de pies de piel escamada y gris. Piel avejentada surcada de arrugas de color gris, como si una fina ceniza se hubiera incrustado en ellas.

Levanté la mirada lentamente, casi temiendo lo que podía encontrar. Unos pantalones negros, muy gastados. Una camiseta con dibujos horteras mas propio de una niña pequeña que de una mujer de edad. Un cuello arrugado, con pellejos colgando como velas de un barco fantasma, raídas. Una piel cenicienta, surcada de arrugas como una red que se extendía por toda la cara, arrugas de hastío y cansancio, ni rastro de esas arrugas tan agradables que tiene alguna gente en la comisura de los labios o rodeando los ojos, arrugas de un humor feliz. Unos labios finos, tensos y de tonalidad mortecina. Unos ojos apagados, de un color marrón desvaído, sin luz.  Una melena corta enmarcaba tan anodino y gris rostro con alguna leve pincelada de color castaño que no hacía mas que resaltar el tono ceniza del resto.

Su presencia gris, fría y triste me heló la sangre en las venas. Apenas parecía un ser humano.  Quizá una de las ensoñaciones de Ende había surgido de un libro para robarle el tiempo, y su alma consumida había cubierto su piel de cenizas.

Intenté apartar la vista pero por mucho que lo intentase su presencia me reclamaba. Seguramente nadie mas que yo se fijó en ella, estamos demasiado acostumbrados a que seres grises se cuelen en nuestro mundo y su aspecto anodino hace que nadie guarde recuerdo de ellos. Sin embargo esta vez era diferente, su vacuidad me reclamaba, apenas podía controlar el movimiento de mis ojos hacia los suyos. Su ausencia amenazaba con devorarme, drenar de mi cualquier calor para convertirme en un ser como ella.

Hube de huir, alejarme y bajarme en una estación que no era la mía. Y a pesar de que sabía que no me miraba, que no había movido sus ojos sentía su mirada en mi nuca, amenazante.

Es increíble que estos seres ronden a nuestro alrededor y nadie se percate de ello.

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