La casa de la colina

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Rubén Astudillo

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Paco tiritaba de frío. Se subió cuanto pudo el cuello de la guerrera encogiendo a su vez el suyo hasta incrustar la cabeza entre los hombros. No imaginaba que haría tanto frío en aquella puta loma. Sacó el cigarrillo arrugado que guardaba en el bolsillo del pecho y se lo llevó a los resecos labios mientras acercaba la cara a la llama del fuego que habían hecho en un viejo bidón de combustible. Le costó varios minutos encender el cigarrillo, apenas una colilla, en la llama mientras sus cejas amenazaban con inflamarse con el calor.

Con el cigarro apretado entre los labios y las manos en los bolsillos volvió a su puesto, un pequeño espacio situado entre dos rocas pero con una gran panorámica del valle a los pies de la loma. Se sentó con la espalda en la roca y dejó el viejo Mauser frente a él.

– Puto frío. Se te mete en los huesos.

Hacía unos diez días que estaban allí, un destino de retaguardia, alejados del frente para descansar y reequiparse. “Reequiparse los cojones” pensó Paco. Apenas habían recuperado municiones y provisiones y descansar era una quimera. Casi estaba deseoso de que les mandasen de nuevo al frente, allí por lo menos no tenías tiempo de sentir el frío.

El sonido de la grava le sacó del amodorramiento en el que se había ido sumiendo, si el brigada le pillaba durmiendo le iba a joder bien así que abrió bien los ojos como si realmente estuviese vigilando el camino que serpenteaba por el valle.

– ¡Paco! ¡Baja aquí cagando hostias, que el brigada quiere verte!

Eso no sonaba nada bien. Recogió el fusil y se lo colgó del hombro mientras bajaba por el sendero de grava. A medio camino se cruzó con el Sevilla que subía para cubrir el puesto de vigía que él abandonaba. El viento arreciaba y el uniforme demostraba ser insuficiente para el frío. ¿Cuando coño les darían equipamiento de invierno? Seguro que los golpistas tenían mejor equipo, aunque viniendo de áfrica lo mismo estaban incluso peor que ellos. Esa idea le consoló un poco: “que se jodan”
Llegó al refugio de camineros que estaba usando la compañía como centro de mando, allí se alojaban el teniente y el brigada, la radio de la compañía y sus operadores, en un espacio tan atestado que las tiendas de lona que usaban el resto casi parecían espaciosas. Apartó la manta caqui que hacía de puerta y entró en el edificio de piedra basta casi chocando con uno de los operadores de la radio que salía corriendo.

– Se presenta el sargento Gómez, mi brigada.

El brigada Montero era un viejo veterano que había servido mucho tiempo en el Sahara, enjuto y de piel curtida como el cuero. Un gaditano cabrón con más mala hostia que salero y a quienes las malas lenguas afirmaban que le gustaban los jovencitos. Los metales de la botonadura y los correajes brillaban con la poca luz que entraba en la casa, siempre se las arreglaba para ir pulcramente uniformado aunque fuese en pleno frente. Podía localizarse la posición de Montero con el brillo de los botones. Pero todo lo que tenía de pulcro también lo tenía de soez.
– ¡Cagüenlaputadeoros Gómez! Hace media hora que te he llamado ¿Puede saberse dónde cojones estabas escondido?

– He venido en cuanto me ha llegado el mensaje, mi brigada.

– Seguro que estabas cascándotela mirando a las cabras, joder. Coge a diez de esos desgraciados, que tenéis un trabajito. Son órdenes de batallón así que no la jodas o te cuelgo de las pelotas. Os quiero formados con todo el equipo aquí delante dentro de diez minutos.

– ¡Si, mi brigada!- Saludó marcialmente el sargento e inmediatamente salió de la caseta.

Caminaba a toda prisa por el campamento llamando a voz en grito “¡Ramblas, Rata, Lozano, Rubio, Marcos…!” mezclando apellidos, nombres de pila y apodos. Los llamados aparecían con gesto de sorpresa, algunos con el equipo presto, otros abrochándose el cinto y sin guerrera.

– ¿Qué coño pasa sargento? – Preguntó Ramblas, un cabo originario de Barcelona y mano derecha de Gómez.

– Ni puta idea, pero os quiero a los diez con el equipo completo y preparados en diez minutos frente a la caseta.

A su alrededor se alzó una algarabía de preparativos, el sonido del equipo siendo metido a prisa en las mochilas, de correajes cerrándose y el entrechocar de la madera de la culata de los mauser contra los macutos. Antes de los diez minutos de margen once soldados del ejército al servicio de la República Española habían formado ante su brigada.

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