La Caída del Templo de Plata

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Irene García
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–El Este ha caído, señor –le informó el general, y por primera vez Altmann percibió la ausencia de un título específico como lo que era en realidad: una falta de respeto, una burla. El poder del Templo de Plata puesto en duda, su eficiencia como Supremo despreciada en favor de hombres con espadas que poco podían hacer contra las fuerzas de los Otros–. Es cosa de las Siddall. Deberíamos…

–Déjalo estar –ordenó, tratando de imprimir a su voz toda la autoridad que le quedaba, fuera mucha o poca. El general asintió, pero no se movió del sitio–. Reforzad las fronteras. No dejaremos que crucen. Ya tenemos bastante de lo que preocuparnos aquí.

Con esto, Altmann se volvió hacia el altar, dando por terminada la conferencia. No quería mantener al general dentro más de lo necesario, no cuando había tanto en lo que pensar.

El Imperio se deshacía, un castillo de arena llevado por la marea. Habían perdido el Este, y el Sur era un amasijo de salvajes que pedían su cabeza. El Norte estaba expuesto a los bárbaros de más allá del Cinturón Blanco, y ahora… Ahora los Otros se abrían paso por el Oeste. Con el apoyo de esos magos traidores, pensó Altmann, los mismos a los que habían perdonado la vida siguiendo el consejo del antiguo Supremo. Un hombre débil, Laon. Aún no comprendía cómo había llegado a la cima; era mucho más fácil de entender qué le había hecho caer. Había que tener ambición para mantenerse arriba, y unos nervios de acero. Había que estar dispuesto a hacer sacrificios. Como perder el Este.

–Supremo –Como de costumbre, Lukyan se abrió paso por entre las sombras en un silencio casi absoluto; el corazón de Altmann se aceleró al sentirlo cerca. El mejor que había, le habían dicho: nadie podría tocarle con Lukyan cerca. Y el anillo se encargaba de que obedeciera, de que jamás pensara en marcharse y dejarle atrás. Aún así, seguía siendo magia. Altmann había aprendido a no confiar en ella: incluso el poder casi infinito de Ahrak tenía puntos ciegos.

Por eso llevaba el puñal.

–¿Qué es lo que ocurre? –Cansado, Altmann se dejó caer en el trono tras el altar. Los viejos dedos recorrieron las tallas familiares, las runas plateadas que representaban la Palabra, el espíritu mismo de Ahrak. Fe, orgullo, fortaleza. Control. Eso era lo que más echaba en falta.

–El general ha dado la orden –respondió el joven djinn–. El Templo está vigilado, pero muchos han partido hacia la frontera. No es seguro –añadió, al cabo de un instante. Con un suspiro, Altmann se llevó la mano a los ojos; nada era seguro estos días, quiso decirle, pero no valía la pena.

–No voy a moverme de aquí –replicó, en cambio–. Arréglatelas para…

–No puedo protegerle de todo –interrumpió Lukyan–. No mientras estemos expuestos. Un lugar más escondido podría…

–Si yo… Si yo me marchara, muchacho, ¿sabes lo que ocurriría? –El joven no respondió; tampoco hacía falta. Ni siquiera Altmann lo tenía claro. El Supremo no debía, no podía abandonar el Templo. ¿Qué ejemplo estaría dando entonces? No sería mejor que Laon, se dijo: les daría la razón a gente como el general, como los tipos que aún pedían a gritos la muerte de los Cuervos de Ahrak en las calles más oscuras de la ciudad.

–Supremo…

Hubo un cambio en la voz del djinn, un instante de preocupación, como si hubiera algo extraño allí, con ellos. Cuando Altmann alzó de nuevo la vista, no pudo apreciar nada: la sala, inmensa, seguía vacía, y el opresivo silencio amenazaba con asfixiarle. Pero Lukyan había echado a andar hacia un punto cualquiera a la izquierda, cerca de una de las columnas sagradas. La verdadera fuerza reside en la voluntad del hombre, decía el texto grabado en ella. Hubo un tiempo en que Altmann lo había creído a pies juntillas. Ahora, bueno, ahora se había dado cuenta de que también había fuerza en las espadas y en las voces alzadas, en la magia pagana igual que en la sacra, en el dinero y en el amor. Se llevó la mano al cuchillo al tiempo que Lukyen alargaba la mano hacia el vacío y se topaba con algo.

Con un ruido de cristales rotos, un cuervo inmenso se abrió paso por la cristalera del techo, destrozando la imagen del primer Supremo y de las Leyes. Tenía el plumaje blanco, los ojos rojos: por un instante, Altmann creyó hallarse ante el mismo Ahrak, el Cuervo Blanco. La confusión no duró más de un segundo, sin embargo: con un graznido, el animal se lanzó sobre Lukyen, que sujetaba con una fuerza inusitada lo que los ojos del Supremo no percibían más que como una sombra. Magos, pensó.

Los Otros habían llegado al Templo.

El djinn se movió justo a tiempo, esquivando las garras y el pico de la criatura, que no se dio por vencida y volvió a atacar. El anillo resplandecía en el dedo de Altmann: señal de que funcionaba, habrían dicho los consejeros. Señal de que Ahrak velaba por él a través de Lukyan, de alguna forma.

Tras esquivar una tercera embestida, el joven se dio finalmente por vencido y soltó lo que quiera que estuviese agarrando para centrarse en el animal. Con un gruñido, concentró algo de energía en las palmas de sus manos: al contacto con el cuervo se desprendieron chispas, y la bestia dejó escapar un graznido de dolor antes de desplomarse. La pausa, sin embargo, no duró más que un instante: desde atrás, desde el punto mismo que había atraído su atención en primer lugar, algo golpeó al djinn con la fuerza suficiente como para hacerle tambalearse. Magia de nuevo, adivinó Altmann: no era fácil hacer que Lukyan perdiese el control.

El joven dejó escapar un gemido de sorpresa, pero se giró rápidamente, dispuesto a defenderse. Para cuando el cuervo blanco se alzó de nuevo, el Supremo estaba demasiado concentrado en la lucha del djinn contra la fuerza invisible como para advertirle. Con un graznido y un batir de alas, el animal se lanzó contra Lukyan, alcanzando el ojo izquierdo y arañándole la cara y las manos. Cegado momentáneamente, el djinn daba golpes al aire y trataba de cubrirse al mismo tiempo; la sombra, creyó apreciar Altmann, había aprovechado la oportunidad para retroceder, y se recortaba ahora casi un metro más atrás, a salvo de Lukyan. Al mismo tiempo, un brillo verdoso comenzaba a concentrarse en algún punto cercano a ella: al djinn se le acababa el tiempo.

–¡Lukyan! –gritó Altmann, y trató de recordar cómo funcionaba exactamente el anillo. Si le pedía que se marchase, o que diera la vuelta, bueno. Quizás eso le pondría a salvo, y dejaría al Supremo expuesto, enfrentado cara a cara con la muerte en la sala misma del altar– ¡Lukyan, olvida al pájaro! ¡Hay un…!

No alcanzó a terminar. La energía, tan invisible como quien la controlaba, se desplazó de repente: el cuervo echó a volar apenas un segundo antes de que impactara contra el pecho del djinn. Lukyan se tambaleó de nuevo: esta vez, sin embargo, Altmann supo que no conseguiría mantenerse en pie.

–…salir… –Ensangrentado y débil, el djinn se dirigió hacia la silueta con pasos inseguros. Una nueva oleada de energía le sacudió: un instante más tarde caía de rodillas.

El anillo ardía en la mano de Altmann: sabía que había fracasado en su misión, que le había dejado expuesto. Mientras siguiera vivo, imaginó el Supremo, el contrato seguía siendo vinculante: los estertores de Lukyan, sus intentos casi patéticos de levantarse, le daban la razón. Hasta el final. Ese era el trato. Salvo que el final del djinn aún no había llegado, a juzgar por la falta de interés que el cuervo mostraba por él ahora que apenas podía moverse. El del Supremo, sin embargo, era otra cuestión.

La silueta parecía avanzar hacia él con lentitud, de forma casi imperceptible: aún le costaba localizarla. Antes de que pudiera moverse, o pensar siquiera en salir de allí, la sombra habló:

–Juré que volvería –advirtió, y los contornos se aclararon poco a poco, dando forma a una mujer joven de rasgos marcados y cabello rojizo. Tenía los ojos ambarinos, pero la mirada de Altmann se desvió rápidamente hacia sus manos. Brillantes, delicadas, talladas en plata y frías como el metal: no eran manos humanas, no eran manos que tuvieran derecho alguno a existir en un mundo gobernado por Ahrak, por la lógica siquiera–. Te juré que vendría aquí y acabaría contigo yo misma, padre. Con estas mismas manos, con las que me hiciste cortar –gruñó la joven, y añadió, con una sonrisa torcida–. Yo también cumplo mis votos.

–Idelle… –acertó a decir Altmann: el nombre le supo amargo. Hacía tantos años que no sabía de ella, se dijo, que casi había esperado que estuviera muerta. Casi lo habría preferido, supuso; la mujer apartó el cuerpo encogido de Lukyen de un puntapié y echó a andar hacia él.

–Sohn –ladró; el cuervo blanco alzó el vuelo un instante, tembloroso, para cambiar de forma enseguida. Un hombre igualmente pálido y rubio ocupó su lugar, aterrizando suavemente junto al djinn moribundo–. Ocúpate de la puerta.

Asintiendo con la cabeza, el mago se alejó del trono y del altar. Un cambiapieles, supuso Altmann. Qué apropiado, entonces, que escogiera la figura sagrada. Irónico, se dijo: su hija siempre tuvo sentido del humor.

–Adivina –le dijo ella entonces–. Tu dios oscuro no nos ha destruido en la entrada. No ha evitado que abriéramos a tus hombres en canal, que cruzásemos las puertas y nos apropiásemos de este palacio al que llamáis templo –Había burla en su voz, y una suerte de rabia acumulada y vieja, venenosa–. Y tampoco va a evitar que te corte el cuello, padre.

Y, sin embargo, sí que sujetó su mano aquella vez. Sí que le hizo parar un instante antes del final, dejarla inconsciente en el suelo en lugar de terminar el trabajo. Ahrak le detuvo entonces, cuando tendría que haber obedecido al Supremo, y le habló y le pidió que no cayera en la trampa: es tu hija después de todo. No había servido de mucho: era como su madre. Mismos ojos, misma actitud desafiante, misma falta de fe y de lealtad a los que deberían de haber sido los suyos. Incluso Laon había sido capaz de verlo entonces, una niña flacucha y rabiosa, una niña que pataleaba y gritaba cuando no debía hacerlo, que no podía servir al Templo. Es una infiel, le dijo entonces: no es de los nuestros. Y debía pagar por ello, derrama la sangre del enemigo, Altmann, aunque sea tu sangre. Ahrak era un dios despiadado, decía el que entonces fuera Supremo.

–No le pediría que lo hiciera –respondió con suavidad. La expresión de Idelle se retorció en una sonrisa horrible, deforme. Aún tenía las cicatrices, apreció Altmann, alrededor de los labios y de los ojos, en las mejillas. Líneas blancas y finas marcadas con cuidado, con la esperanza de que alguna de las runas le llegara, de que produjera algún tipo de cambio. Ahrak le había pedido a su única hija, y él había hecho todo lo posible por acercarla a lo sagrado.

Recordaba aún las lecciones interminables, los intentos por hacerle entender, aunque fuera a golpes, el mundo que intentaba crear a su alrededor. Las runas escritas a cuchillo en la piel infantil, en la cara y en las manos y en el pecho. Si esto no funciona, si nada funciona, decía Laon, tendrás que hacerte cargo. Ante todo eres un Cuervo, un siervo de Ahrak. Ahora se habría reído de aquel Altmann joven, del que dibujó un círculo para su mujer y otro para su hija, el que las habría sacrificado porque era lo correcto. Había que amputar los miembros ofensivos, manos y esposas y partes enteras del Imperio, antes de que se extendiese la infección del descreimiento. Y dónde les había llevado todo aquello al final, le habría preguntado a ese Cuervo joven que llevaba su nombre en aquel entonces.

–Pues deberías. Tu imperio se hunde: yo no querría perdérmelo. ¿Lo oyes? –señaló, llevándose el dedo a los labios. Desde fuera llegaban voces débiles, gritos aislados que casi no alcanzaba a escuchar; los Otros, dedujo. No había escapatoria: nadie cruzaría la puerta guardada por el hombre cuervo albino. Con algo de suerte, los restos del Ejército Blanco se abrirían paso hasta la frontera y se reunirían con el resto, con los que aún guardaban los restos destrozados del imperio. En el mejor de los casos, volverían a la capital después de aquello y dejarían en ruinas lo poco que quedara tras la llegada de los Otros.

Con algo de esfuerzo, Altmann se levantó del trono y dio unos pasos hacia su hija. La sonrisa de Idelle se hizo más amplia: los ojos, fijos en su expresión, le brillaban. Se encontraron junto al altar: la joven le llegaba hasta más allá de los hombros. Había crecido, se dijo, contra todo pronóstico. Y seguía viva. Era más de lo que se habría atrevido a imaginar.

Le clavó el cuchillo en el costado antes de que ella pudiera alzar las manos, antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Fue un golpe débil: la hoja sólo se hundió hasta la mitad. Ya no era el de antes, no tenía la misma fuerza, pero Idelle retrocedió con un grito, llevándose con ella la daga.

–¡Me cago en…! –con un bufido, se arrancó el arma antes de dar un paso adelante de nuevo y aferrar el cuello de la túnica del Supremo– Has perdido mucho, padre –susurró con rabia; se le habían saltado las lágrimas–. No tendrías que haberme dejado vivir. No tendrías –repitió, y acercó el cuchillo al cuello de Altmann– que haberme dejado vivir.

La hoja le arañó la piel, fría y terrible, antes de caer al suelo con estrépito. Inconscientemente, el Supremo dio un paso atrás y tropezó con el altar: la joven le sujetó antes de que perdiera el equilibrio, y las manos de plata se deslizaron hasta su cuello. Tenían un tacto extraño, a caballo entre el metal y la carne: estaban heladas, pero no eran tan artificiales como había creído. La expresión de Idelle cambió de nuevo, y la rabia dio paso a algo distinto, algo que se parecía, pensó Altmann, a la tristeza.

–Pensé que moriría allí –confesó la muchacha–. Aquella noche, creí que me matarías allí mismo. Y cuando te fuiste… cuando me dejaste en aquel círculo…

Creí que era el final, entendió él. Que no había nada más allá, que Arhak la llamaba al fin a pesar de todos sus esfuerzos.

Las manos se cerraron algo más en torno a él. Empezaba a faltarle el aire: falto de fuerzas, y casi con desgana, trató de apartarlas de sí. Idelle sacudió la cabeza.

–Me las dieron ellos. Madre les mandó a por mí, madre les pidió que me alejaran de ti, pero era tarde –le explicó. Altmann sintió una nueva punzada de culpa, y por un instante pensó en ella, en la mujer de la que nunca hablaba, a la que le habría gustado no recordar. Tenía los ojos ambarinos, también, y la sonrisa fácil y las ideas claras, y fue más rápida que él en entenderlo todo–. Ya estaba muerta cuando me sacaron del Templo, padre. No pudo ayudarme: me dejó sola. Fue culpa tuya, de tus Cuervos, padre. Tendrías que haberla protegido. Tendrías que habernos protegido a las dos –protestó, y era cierto. Las piernas de Altmann temblaron, y soltó los brazos de su hija. Que fuera lo que tuviera que ser: el mundo se oscurecía–. Yo confiaba en ti –murmuró Idelle, y fue casi como verla de niña. Puede que fuera la falta de aire, pero estaba seguro de que era más joven, más pequeña, los mismos ojos ambarinos y las pecas que sacó de su madre. Podría haberla sacado de allí. Podría haberlas dejado marchar desde un principio, haber renunciado a ellas, haberlas escondido de Ahrak. Pero el mundo era del Cuervo Blanco, y él mismo había dibujado en el suelo los círculos sagrados. Si no eran suyas, si no eran parte de todo aquello, no eran nada. Estúpido, pensó.

Se le doblaron las rodillas, y dejó de ver. Así que este era el fin, se dijo. El Sacerdote Supremo moría, y se llevaba el Templo con él. El Imperio estaba acabado, pensó, y fue casi un consuelo. Era hora de dejarse ir.

La presión en su cuello desapareció de repente; desde el suelo, el cuerpo de Altmann luchó por volver a la normalidad, por recuperar el aire y las fuerzas. Cuando consiguió enfocar la vista, Idelle se había agachado junto a él, y le observaba.

–Sólo esperaba escuchar que lo sentías –le dijo, y le dirigió una mirada que él no supo interpretar–. Antes de que todo acabe, padre.

Un ruido de pasos le alertó de la presencia del cambiaformas: era mayor de lo que había imaginado en un principio, o quizás sólo se lo parecía. El hombre posó una mano en el hombro de Idelle; ella asintió.

–Abre la puerta, Sohn –pidió–. Y diles que el Sacerdote Supremo ha muerto. Y que el Cuervo Blanco no vino a salvarle esta vez.

Y retomó el cuchillo, el mismo que había dejado caer la primera vez, y en esta ocasión el corte fue rápido y profundo, casi indoloro: la hoja estaba afilada, él mismo se había asegurado de ello. Y la sangre de Altmann se derramó en el Templo, como una vez pidió el Supremo en nombre de Ahrak. Si no es de los nuestros, le dijo entonces Laon, ha de ser sacrificada.

En el fondo, su hija y él no eran tan distintos.

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