Esclavos del Reparador

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Rubén Astudillo

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Nací en el Vertedero. Estaba claro desde mi nacimiento que estaba predestinado a ser un desecho.

Nunca conocí a mi padre y mi madre me abandonó cuando tenía cuatro años. Me abandonó o se murió, no lo recuerdo pero es igual. Fui acogido por una de las bandas del Vertedero de forma que pude sobrevivir cuando aún no podía valerme por mí mismo. Y es que por más que nos empeñemos los humanos en decir lo contrario somos animales de grupo y este es importante para nosotros: en el Burgo son como rebaños de borregos, aquí en el Vertedero somos más como manadas de perros salvajes.
No tenía aún los trece y ya había vertido sangre: la mía y la de otros. Tenía en mi cuerpo las cicatrices que probaban que no era un niño. La vida no era mala, no podía quejarme de que me faltase de nada aunque creo que era más por un problema de imaginación que me impedía pensar que pudiera haber algo mejor pero por auténtico bienestar.
Un mal día estábamos explorando un terreno que acabábamos de ganar cuando nos atacaron sus antiguos dueños. Pero no vinieron con palos y cuchillos, vinieron con pistolas y hachas. ¡El infierno sabrá de dónde sacaron las pistolas! Intentamos huir pero era imposible, estaban por todas partes. Mis hermanos fueron cayendo, yo sentí como una bala me perforaba el hombro y corrí. Corrí como no lo había hecho nunca, presa del terror más intenso. No había sobrevivido a una infancia en el Vertedero para acabar así.
No recuerdo bien lo que pasó después, desperté con una fuerte luz amarillenta sobre mis ojos, atado a una mesa. Mi brazo izquierdo apenas podía moverse sujeto con una tira de cuero a la mesa, el derecho ni eso, no era capaz de moverlo. Me retorcí intentando liberarme pero no había manera, estaba indefenso. Cuando ya estaba exhausto y apenas podía moverme oí una voz más allá de mi vista: “¿Quieres vivir? ¿Qué es lo que quieres?”
¿Qué quería? Soltarme y arrancarle la garganta de un bocado, reducirle a una mancha sangrienta en el suelo y mearme en sus restos.
” Eres un niño muy violento. ¿Me harías eso a mi pudiendo hacérselo a aquellos que mataron a los tuyos?”
¿Qué es lo que quería por liberarme y dejarme cobrar venganza? ¿Mi alma? Suya era, no es que yo le sacase demasiado rendimiento.
“No te voy a pedir nada a cambio de mi ayuda. Sólo quería saber a qué estabas dispuesto”
Antes de poder decir nada un olor acre, como a sudor seco me llenó la nariz y perdí la consciencia.

Cuando desperté ya no era yo mismo, era más y menos de lo que había sido.Mi brazo derecho ya no existía o habia mutado horriblemente en un engendro de acero y cobre pulido. Al mover los dedos podía ver como se movían pistones y actuadores, palabras que entonces no conocía, a lo largo del mismo. No sé cómo pero el brazo respondía a mis deseos como si fuera mío, pero lo hacía con una fuerza que el auténtico nunca había tenido.
El hombre que me había despertado era menudo, con gafas gruesas, poco impresionante. Más tarde supe que le llamaban “El reparador”.

No me costó mucho encontrar a los que nos habían emboscado. Ya no tenían balas, las habían gastado todas para matar a mi gente. Mi nuevo brazo demostró ser un arma terrible y lo bauticé con sangre.

Fue el inicio de una época muy próspera. Me ganaba bien la vida como guerrero, siempre había necesidad de un buen luchador y yo me había convertido en el mejor. El brazo tuvo que ser reemplazado cuando el resto de mi cuerpo creció. El reparador no pidió nada a cambio. Un tiempo más tarde la gangrena de una herida mal curada se llevó la pierna derecha y el reparador la cambio por una de metal sin pedir nada. El otro brazo pedí que me lo cambiara porque no le veía utilidad a un brazo de carne. Forrar el torso con metal blindado era un paso evidente, había demasiada gente que quería acabar conmigo. Eso llevó a cambiar la otra pierna, una pierna de carne ya no podía con el peso de mi cuerpo.
Un tiempo después, cuando ya no lo esperaba, el reparador comenzó a pedir favores. No daba órdenes, no exigía pagos, sólo pedía favores. Había hecho mucho por mí así que no podía negarme. No eran cosas nuevas, eran aquellas cosas con las que me ganaba la vida: extorsión, intimidación, romper alguna que otra cabeza… Él me había hecho imparable, nadie podía enfrentarse a mí ni con cuchillos ni con pistolas. Era invencible. Me llamaba su juggernaut aunque nunca supe qué significaba.
Sus encargos comenzaban a ocupar todo mi tiempo y empecé a negarme a hacer algunos de ellos. Pronto me di cuenta de que cuando hacía eso desaparecía una temporada y no podía encontrarle para que arreglase los desperfectos de mi cuerpo, o decía que no tenía las piezas adecuadas para hacerlo.
Fue en ese momento cuando me fui cuenta de que era de su propiedad desde el momento que le conocí. Daba igual lo poderoso que fuera que seguía dependiendo de el. Era su esclavo aunque nunca había sentido el dogal. Dejé de resistirme.

Otros comenzaron a unirse a nosotros y dejé de ser único aunque seguí siendo el más poderoso. En poco tiempo nos hicimos con el control del Vertedero, nadie osaba resistirse. Pero cuando pensaba que no le oía hablaba entre dientes de volver al Burgo, de hacerles pagar y de demostrarles que tenía razón. Supongo que algún día descubriré qué quiere decir eso. Mientras tanto mis nuevos hermanos y yo seguiremos siendo esclavos del reparador.

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