El zigurat entre la niebla

Download PDF
Rubén Astudillo

Rubén Astudillo

Editor Bizarro at Ediciones Bizarras
Editor de este despropósito de sitio
Rubén Astudillo

Latest posts by Rubén Astudillo (see all)

Era la primera vez que salíamos juntos de vacaciones, cosa normal por otra parte porque llevábamos menos de seis meses juntos. Cuando me dijo “Vamos a ir a un sitio estupendo, tú no te preocupes” no osé discutir a pesar de que no quería decirme dónde era. Tan conquistado estaba por ella que ni se me ocurrió discutir sus deseos.

El aeropuerto era poco más que una pista de tierra apisonada con unos edificios prefabricados de chapa corrugada rodeados de un bosque denso y oscuro, demasiado cerca de las pistas para mi gusto. La casa rural donde nos alojaríamos se encontraba a un buen trecho del aeropuerto conduciendo a través de pistas rurales.

A medida que nos adentrábamos en el bosque pude empezar a apreciar su belleza, una selva oscura casi virgen: enormes coníferas que apenas dejaban pasar la luz, el canto de las aves y el ocasional movimiento rápido y furtivo en el borde de la vista de un animal. Tranquilidad. Sólo el bronco sonido del motor parecía fuera de lugar.

La cabaña era magnífica: una construcción pequeña pero de aspecto sólido de madera con una gran chimenea de piedra como contraste. El interior era espartano y frío pero el fuego que encendimos en la chimenea lo caldeó rápidamente. No nos hizo falta más para tirar nuestra ropa en cualquier parte mientras nos solazábamos el uno en el otro.

Pasamos varios días allí. Los días eran magníficos, salíamos a pasear por los alrededores descubriendo cada día algo nuevo: ayer una cascada, hoy un claro con un gran roble, mañana quizá un riachuelo o una poza. Las noches eran incluso mejores, una buena alfombra en el el suelo frente a la chimenea, una buena carga de leña, un buen vino y la mujer más hermosa que nunca había conocido.

Sin embargo los sueños eran extraños. Soñaba con una bruma que envolvía el bosque. Pero no era la que había visto a través de las ventanas que caía al desaparecer el sol. Parecía viva, se movía lentamente pero sin necesitar ningún viento que la arrastrase. Reptaba entre los árboles, abrazándolos con zarcillos de niebla, incluso cuando parecía permanecer quieta vibraba como lo haría la piel de una persona que contiene el aliento. Era una bruma viva, que se extendía por el bosque, que se hacía más densa, que acababa por bloquear la luz de la luna como si no quisiera que esta viera lo que ocurría bajo su manto. No era un sueño especialmente desagradable, de hecho podría llegar a apreciar la belleza de la luna reflejada en el manto blanquecino de la bruma, pero era realmente inquietante la reiteración del mismo todas las noches desde que habían llegado a la cabaña, especialmente en mí que nunca soñaba.

El día había sido especialmente cálido, parece que el clima se estaba volviendo menos frío cada día, justo ahora que estábamos a punto de volver a la civilización. Habíamos encontrado una poza de agua cristalina que provenía de un torrente de montaña. El agua estaba helada a pesar de que la temperatura había subido. El agua era tan clara que podía ver el fondo, guijarros pulidos de color blanquecino, pasó un pez grande y negro que pareció mirarme divertido al pasar. Un chapuzón me sacó de mis ensoñaciones y vi que se había metido en el agua. En el agua helada y completamente desnuda, su ropa reposaba en la orilla. Ni el frío ni la vergüenza de desnudarme en público me frenaron a la hora de meterme en el agua con ella. Buscamos el calor de nuestros cuerpos, tiritando por el frío del agua.

No sé cuanto estuvimos allí, en el agua helada, el tiempo se había paralizado pero debieron pasar horas porque empezó a oscurecer. Recogimos la ropa a toda prisa y nos vestimos como pudimos antes de que cayera el sol y nos viéramos obligados a dar vueltas y más vueltas en la oscuridad para llegar a la cabaña. Para cuando llegamos estábamos tiritando y con un principio de fiebre que iría a peor. Tomamos ponche caliente y nos metimos en la cama, muy juntos para darnos calor. Comencé a sudar copiosamente hasta que pude dormirme.

Sentí como desaparecía el suelo bajo mis pies y caí. Caí rápido en la oscuridad, una caída que no parecía tener fin. No podía ver nada a mi alrededor, una impenetrable oscuridad me rodeaba pero notaba que caía. Cada vez más rápido hacia lo desconocido, a la tremenda oscuridad. Y desperté envuelto en sudor, con las sábanas enrolladas y pegadas a mi cuerpo. Y sólo.

Me incorporé y no estaba a la vista. Salí a la sala principal pero tampoco estaba allí. El baño también estaba vacío. ¿Habría salido? Me vestí como pude, temblando y perdiendo el equilibrio cada vez que intentaba ponerme los pantalones. Cogí una linterna y tras pensarlo un momento agarré un atizador de hierro por si encontraba algo demasiado interesado en mi persona.

El exterior estaba iluminado la luz de la luna, la bruma parecía refulgir bajo ella, bajo una luna tremenda, llena, tan grande como nunca la había visto, brillante, imponente. La linterna no era necesaria y colgaba de mi brazo, inútil. Avancé hacia el bosque gritando su nombre. El sonido de mi voz parecía desaparecer en la bruma que me rodeaba, apenas podía oír mis gritos yo mismo así que pocas esperanzas tenía de que cualquier otro lo hiciera. ¿Cómo podría encontrarla cuando no podía verla ni oírla? Caminé a ciegas envuelto en una bruma fría como el hielo que me calaba la ropa y helaba mis huesos, cegado por el resplandor de la luna, ahogado por los murmullos crecientes que reverberaban en la niebla. Pasos, voces, gruñidos… quien sabe qué eran pero me rodeaban sin que parecieran provenir de ninguna parte y viniendo de todas al mismo tiempo.

Llevaba un tiempo caminando a ciegas guiado por una extraña premonición, en línea recta sin dudar un sólo momento. Un desconocido sendero me llevaba a una parte del bosque que nunca habíamos pisado. Árboles desconocidos me rodeaban, fueron desapareciendo los pinos y los enebros y aparecieron unos árboles imposiblemente grandes, cargados de ramas suficientemente amplias como para cobijar todo un campamento, ramas que se entrelazaban entre sí retorciéndose hasta que era imposible decir dónde acababa una y empezaba la otra. árboles nudosos, antiguos más allá de cualquiera que yo hubiera conocido jamás, completamente desconocidos para mí.

Sin que lo hubiera llegado a notar la temperatura había ascendido hasta el punto de que dejé abandonado mi abrigo en un tocón viejo y quemado. Pensando en retrospectiva la idea de irme despojando de ropa y dejarla abandonada no parece buena idea, ni siquiera parece propia de mí, más dado a recoger pulcramente mis posesiones. Pero pronto me vi caminando por el primigenio bosque sin más que mi piel desnuda, abandonados en algún lugar también la linterna y el atizador. Caminaba sin saber dónde me llevarían mis pasos, arrastrado por la ciega certeza de que hacía lo correcto, de que no necesitaba preocuparme por nada.

Los árboles se abrieron de repente a un claro como si un telón de madera se descorriera repentinamente para mostrar el escenario. Y qué escenario.
El claro estaba iluminado por la clara luz de la luna, tan brillante que parecía pleno día. En el centro se elevaba una alta pirámide escalonada de piedra labrada y coloreada. La bruma se mantenía alejada del zigurat como si no osara tocarlo y su policromía refulgía bajo la blanca luz de la luna. Cada nivel brillaba con un color diferente y parecía rielar según me acercaba a la pirámide, lo que parecía un color sólido en un principio parecía cambiar de tono e intensidad a intervalos regulares, como un latido que agitase las piedras que lo formaban. Alcancé la base de la pirámide para descubrir una escalera que ascendía hasta su vértice truncado en las alturas. La escalera estaba profusamente labrada con extraños motivos geométricos pero por alguna razón parecía incapaz de observar demasiado tiempo aquellas líneas claras y definidas sin que estas parecieran cambiar de forma. La fiebre, imaginé. Seguro que todo esto no era más que un delirio por la fiebre y me encontraba acostado junto a ella en la cabaña.
Comencé a subir por la escalera por la simple razón de que estaba allí. No pensé en ello, no tomé ninguna decisión y tampoco fui consciente de no haberlo hecho simplemente ascendí por ella sin pensar. No fue una ascensión sencilla, la fiebre me había dejado debilitado y perdía el equilibrio con facilidad pero subí y subí hasta que las copas de los árboles estaban bajo la planta de mis pies desnudos. Y de repente, cuando parecía que la ascensión no tenía fin la escalera desapareció y me vi en la cima.

A mi alrededor se veía el bosque de árboles antiguos cubierto por la bruma plateada. Ante mí una piedra negra como una noche sin estrellas, irregular, basta, sin sentido allí. Y sobre ella el cuerpo desnudo de ella, la piel brillante y pálida a la luz de la luna, sus ojos como pozos sin fondo de oscuridad, su sonrisa incitante y burlona. Sabía lo que esperaba de mí y no iba a hacerla esperar, mi cuerpo totalmente dispuesto parecía dirigirse a ella sin intervención de mi mente. Recorrí los metros que nos separaban sin separar mi mirada de sus ojos que parecían brillar con una luz negra. ¿Brillar con luz negra? Las palabras me golpearon como un mazo pero más allá de su incongruencia no podía negar lo que estaba viendo. En sus ojos no había luz, n había oscuridad, era una sombra más negra que la noche, más que la piedra sobre la que se sentaba, no era una sombra, era la misma antítesis de la luz.
Y la amé por ello. Y la amé a pesar de ello.
Nuestros cuerpos se entrelazaron sobre la piedra negra. No como ya lo habíamos hecho antes, si no con una necesidad hiriente, animal, exigente, primordial… un ansia que parecía arrebatarme mi ser y darme la fuerza de las estrellas, convertirme en una nova a punto de explotar, tan grande como el universo y tan pequeño como… yo. Y una vez había alcanzado la cumbre del éxtasis más primigenio volví a caer. Tan rápido como antes, en una oscuridad tan profunda como antes, pero en mi había una sensación de plenitud que no había conocido nunca antes. La sensación de haber cumplido mi función, de haber cumplido mi destino.

Y así desperté junto a ella en la cama de la cabaña, envueltos en sábanas y mantas, sudando por la fiebre. Unos finos rayos de luz plomiza entraban por entre las contraventanas. Estaba amaneciendo. Besé su frente y me levanté para prepararle el desayuno.

Ese día fue el que nos marchamos. Volvimos a la ciudad y nunca volvimos a aquel bosque.

Una semana más tarde nos casamos, una rápida ceremonia civil. Ya celebraríamos más adelante una boda más elegante y con invitados, pensé en ese momento porque no sabía que nunca sería así.

Pasaron los meses, nueve, y nació nuestra hija, una preciosa niña de piel blanca como la luna y los ojos más negros que había visto nunca. Me abandonaron al día siguiente de volver del hospital. Nunca más la vi, se fue como había entrado en mi vida: sin avisar, sin razón, sin una palabra. Nunca más volvió, de mi hija nada más supe. Nadie parecía conocerla, a nadie le importó que desapareciera.

Con el tiempo he olvidado su nombre, he olvidado su rostro, he olvidado a mi hija pero nunca he olvidado esos ojos negros y ese zigurat entre la niebla.


Esta pequeña historia a caballo entre lo onírico y lo sobrenatural está dedicada a H.P. Lovecraft en el  125º aniversario de su nacimiento.

Si no sabes quien es Lovecraft no sé a qué esperas

Rubén Astudillo
Acerca de Rubén Astudillo 128 Articles
Editor de este despropósito de sitio

Comentarios

Loading Facebook Comments ...

2 Comments

Deja un comentario