El matador de dragones

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Rubén Astudillo

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Las historias sobre el terrible ser al que llamaron «el Dragón de las Sombras» se extendían por el país como la pólvora ardiendo. Algunos afirmaban que era un Yaoguai sediento de sangre, otros que era un poderoso guerrero que buscaba desafiar sus propios límites, hay quien decía que era hijo de un demonio y una doncella, o el hijo sin padre de una bruja… pero nadie sabía nada.

Sin embargo, hasta el más necio podía ver el rumbo que seguía, sin desviarse en absoluto. Atravesando montañas, pueblos o ríos sin detenerse, recto como una flecha se dirigía al palacio imperial.

El camino seguido por el Dragón le condujo a través de diversas provincias: provincias ricas, provincias pobres, provincias grandes y provincias pequeñas… y en cada una de ellas el gobernador consideró que derrotarle era una buena manera de labrarse un nombre y ascender en el funcionariado ¡Quizá ser recompensado con el servicio en la capital! Y enviaron a sus ejércitos sin suerte, vieron como los supervivientes relataban horripilantes historias acerca de el monstruo que caminaba sin prisa pero sin pausa hacia el Palacio. Y enviaron sus campeones: los más hábiles luchadores, los taoistas más poderosos, los monjes más diestros… pero el resultado fue el mismo.

Ninguna fuerza bajo el cielo podía enfrentarse al Dragón de las Sombras.

Los sacerdotes rezaron buscando consuelo en los cielos, pidieron a la Burocracia Celeste que les enviase un campeón, que uno de los santos bajara a la tierra a enfrentarse con el demonio inmortal. Le pidieron ayuda al mismo Rey Mono, pero nadie parecía querer atender su ruego.

Quiso la fortuna que cuando apenas se encontraba a unas leguas del Palacio Imperial el Dragón se encontró ocupado en puente por el que iba a atravesar el río por un campesino que guiaba un buey. Sin mediar palabra Long Yingzi mató con un gesto de su mano al buey y habría hecho lo mismo con el molesto campesino si no fuera porque el movimiento de su mano fue interceptado por el cayado del campesino.

«¿Quien eres tú que te atreves a detener mi camino?» Preguntó el poderoso Dragón.

«Creo que me debe una reparación. El buey era de mi propiedad y lo necesitaba para trabajar el campo. Exijo que os disculpeis inmediatamente y me repareis por la pérdida»

Tamaño descaro no pasó desapercibido para Long Yingzi y por primera vez reparó realmente en la figura que le interpelaba. Desde luego no parecía un campesino. Su mirada era demasiado penetrante. La forma de sujetar el cayado era cualquier cosa menos casual.  Había algo en aquel joven, un aura de confianza, un aire de arrogancia que hizo dudar por un momento al dragón.

Y no hizo falta más. Con una sonrisa el guerrero celestial se despojó de su disfraz de campesino y transformó su cayado en una espada de vibrante hoja que lanzó en estocada contra el cuerpo de Long Yingzi con la velocidad de una serpiente.

matadragones

A duras penas pudo esquivar el veloz ataque, sorprendido aún por este. Intentó atrapar al guerrero sin éxito. Sus manos siempre llegaban tarde y el joven se escurría como el agua. Nunca había encontrado nadie que fuera capaz de evitarle. Él tenía la rapidez del rayo y el poder de la tierra. La espada se lanzaba rápidamente contra su cuerpo y pronto cientos de pequeños cortes marcaban su cuerpo. El dragón sintió crecer la ira en él.

Y se desencadenó un vendaval cuando las fuerzas primordiales del dragón terrestre se despertaron, árboles centenarios fueron arrasados por su furia, el viento se arremolinaba sobre la lucha, el agua aterrorizada intentaba huir río arriba… pero ni la furia elemental del Dragón era capaz de atrapar al ágil espadachín.

La lucha duró horas y la zona quedó arrasada pero mientras que el Dragón parecía cada vez más débil el espadachín era ahora más veloz y su espada parecía estar en todas partes.

Y llegó un momento en que el espadachín tocó la máscara de metal negro con su mano desnuda. Y quiso el cielo que en ese momento cayera un rayo en la espada que se transmitió por el cuerpo del joven hasta el dragón con un tremendo estruendo que derribó árboles y rocas en cientos de metros a la redonda.

Cuando acabó de retumbar el trueno, cuando desapareció el fogonazo sólo quedaba en el suelo el cuerpo carbonizado de un hombre jóven y una máscara de metal oscuro.

Y durante siglos nadie volvió a saber nada del Dragón de las Sombras.

 

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