El Ídolo Viviente

The Pulp Hunter

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Capítulo primero: El Ídolo Viviente

“Descendían sobre Manhattan las brumas de la noche. El estruendo de un tren elevado se perdía entre la niebla mientras un hombre solitario descendía por las escalerillas de hierro de la estación. Al llegar a la calle se detuvo al pie de los peldaños para encender un cigarrillo, que colocó en una boquilla de aros de oro. El resplandor del fósforo reveló un rostro astuto y cetrino, coronado por pobladas cejas negras que indicaban el color de sus cabellos (…)”

Maxwell Grant – El Ídolo Viviente

Bienvenidos a esta nueva (y esperemos que longeva) sección dentro de Aventuras Bizarras; una sección de opinión y pseudocrítica literaria dedicada a los amigos de las librerías de viejo, del olor a humedad y las páginas amarilleadas con extrañas manchas de origen desconocido. Una columna dirigida especialmente a aquellos que se enfrentan a pilas de material de desecho bajo la inquisitiva mirada de rancios libreros diestros en el arte de llevar una eterna colilla en los labios. Sed bienvenidos, amantes de la literatura Pulp. Y no me extiendo en más presentaciones, que se me va a aguar el whiskey.

El libro que nos reúne hoy no es una de mis últimas adquisiciones (aunque sí una de mis últimas lecturas), y lo escogí porque me pareció apropiado comenzar con un buen personaje que diese empaque a esta serie de artículos, antes de disponernos a bucear en materiales de serie B a Z. Estoy hablando de “La Sombra: El Ídolo Viviente” escrita por Walter B. Gibson bajo el pseudónimo de Maxwell Grant. He de reconocer que La Sombra es uno de mis personajes favoritos aunque la que tratamos hoy no sea su mejor novela.

La Sombra (The Shadow en el original) es un misterioso justiciero del Nueva York de los años 30 que oculta su identidad (Lamont Cranston, aunque no es más que otro de sus disfraces) tras un sombrero negro de ala ancha, un largo abrigo, una capa negra y una bufanda de color rojo con la que cubre la mitad inferior de su rostro. Combate a los criminales armado con dos pistolas y sus poderes mentales, anunciando su presencia con una carcajada siniestra.

“El Ídolo Viviente” se publicó originalmente el 1 de Julio de 1933 como “The Living Joss”, ocupando el número 33 dentro de la colección de La Sombra que editaba Sanctum Books. Mi copia, en cambio, es la edición en castellano que publicó Editorial Molino en Julio de 1948 como número 185 de su colección Hombres Audaces.

La historia que se cuenta en “El Ídolo Viviente” (aunque “The Living Joss” debería haberse traducido como “El Incienso Viviente”) es uno de los mejores ejemplos que me he encontrado del subgénero del Peligro Amarillo o Terror Amarillo, es decir, una visión muy racista de la creciente presencia asiática en las ciudades de Occidente (un asunto que algunos considerarían de rabiosa actualidad). La trama narra de una forma muy lenta y bastante soporífera los intentos de un grupo de malvados agentes financieros de hacerse con la mayor parte de las acciones de una empresa petrolífera dirigida por un viejo empresario. Y digo bien cuando hablo de lentitud y sopor porque en su primera mitad es una novela “de ambiente”, que de hecho es lo mejor que tiene: cómo relata las reuniones privadas en rincones oscuros de Chinatown y como empiezan a sucederse un puñado de asesinatos en serie cuyas víctimas son aquellos que comparecieron en dicha reunión. El problema que tiene es la total ausencia de acción o investigación en este primer tramo. Baste con decir que La Sombra no aparece hasta el capítulo 8 (y para hacer un cameo).

Y es que en el fondo creo que el auténtico protagonista de la trama es KWA, al que se conoce con el sobrenombre de El Ídolo Viviente. KWA (escrito así, en mayúsculas) es el malo de opereta de la historia, de quien se menciona repetidamente que “su nombre jamás debe ser dicho en voz alta” (si, a lo Voldemort). Kwa es un chino muy anciano de uñas larguísimas, ojos saltones como huevos, piel amarillenta arrugada y con todos los dientes afilados como colmillos. En todo momento Kwa se presenta como una especie de brujo con terribles poderes, capaz de una infinita maldad y muy aficionado a aparecer y desaparecer a voluntad entre nubes de un extraño incienso. Tiene su guarida secreta bajo un falso templo budista de Chinatown que es visitado habitualmente por autobuses llenos de turistas en busca de exotismo dentro de la ciudad de Nueva York, también es el verdadero dueño del barrio y cuenta con una enorme red de secuaces chinos (entre las que figura una criatura asesina a la que llaman la “araña-humana”). En definitiva, Kwa es una pasada, aunque ya os habréis dado cuenta de que no es sino otro clon de combate del Fu-Manchú de Sax Rohmer. En cualquier caso el que nos ocupa cuenta con un par de giros finales loquísimos que me engañaron completamente, cosa que es de agradecer en una novela que ha cumplido 84 años hace unos días.

En cuanto a La Sombra, hay que destacar que se pasa desaparecida la primera mitad de la novela, ya que quienes llevan realmente el peso de la investigación y el protagonismo son Hugo Urvin (el nuevo esbirro norteamericano de Kwa, a través de cuyos ojos conocemos la estructura subterránea y criminal de Chinatown) y el detective José Cardona (Joe Cardona en el original, al que La Sombra acojona y salva la vida simultáneamente cada 3 páginas en el último tercio); éstos cumplen el modelo de “protagonista en diferido” tan propio del autor. Por este motivo hay que destacar que La Sombra se mueve en todo momento en las sombras, y nunca mejor dicho. Su presencia se intuye, se encuentra detrás de cada personaje importante y sus pocas apariciones son verdaderamente estelares, surgiendo de la oscuridad con un revoloteo de su capa tras los personajes protagonistas y desapareciendo sigilosamente sin ser visto, o disparando el tiro definitivo con sus infalibles automáticas.

LO PEOR:

  • Creo que el autor se relaja demasiado al principio con el desarrollo de la trama económica y se le va de páginas, por lo que toda la acción e investigación tiene lugar en la segunda mitad del libro y el final resulta muy apresurado (un error bastante repetido posteriormente en los autores de bolsilibros españoles, dado el número fijo de páginas).
  • La prosa de los años 30 y su (en ocasiones) falible traducción al castellano puede echar atrás al lector joven o casual.
  • La Sombra sale poco, como suelen decir de Godzilla en su última peli. Da la sensación de que es una novela policiaca reciclada y que las apariciones de La Sombra son insertos posteriores.
  • Es muy triste que la trama suene mejor contada por mí en este artículo que leída en el libro.

LO MEJOR:

  • La segunda mitad del libro, especialmente el capítulo del asalto a la mansión de Ward.
  • Las descripciones de ese Chinatown de los años 30 repleto de misterio, peligro y exotismo.
  • El Gran Kwa, el ídolo (incienso) viviente, es un personaje muy divertido y perfectamente recuperable como malo recurrente para partidas de rol, pastiches literarios o remakes de Golpe en la Pequeña China.
  • Te hace desear a cada minuto que aparezca La Sombra y cuando lo hace se te cae la mandíbula al suelo.
  • El final es bastante espectacular. Tendréis que leerla para saber qué ocurre.

EL VEREDICTO

A pesar de todo lo mencionado anteriormente, The Pulp Hunter otorga cruelmente a “El Ídolo Viviente” una puntuación de 2 antifaces sobre 5. Usted puede hacerlo mejor, Mr. Grant 😉

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