El Errante. Capítulo 9.

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Héctor
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El bandido cayó al suelo, golpeándose el hombro contra una piedra y quejándose de la situación. Aquel hombre se movía como un demonio, parecía predecir todos sus ataques y los esquivaba con facilidad. Era como si jugase con ellos, lo que le enfurecía más.

— ¡Levántate!

La voz de la mujer resonó con fuerza. Si algo temía era que Tyra se enojase, ya la había visto acabar con un hombre adulto con sus manos desnudas, lo último que quería era que esta enfocase su ira sobre él. El bandido tomó aire y se reincorporó, sufriendo un latigazo de dolor del hombro. Afortunadamente no era el brazo con el que manejaba la espada pero le costaría moverse en combate.

En ese momento, el desconocido atravesó a su compañero con la espada que sostenía en su mano derecha. El filo penetró fácilmente, acabando con su vida de inmediato. La sangre manchó la ropa en cuestión de segundos y el cuerpo inerte cayó al suelo a escasos metros de él. La ira le embargó, haciendo que olvidase el dolor y se lanzara contra aquel hombre que había aparecido ante ellos para “hacer justicia”.

El envite duró poco, el desconocido volvió a predecir su carga y se apartó, esquivando el golpe. Otro tajo lateral y aquel hombre lo esquivó de nuevo. Cada vez se notaba más agotado pero más enfurecido. Tomó fuerzas de esa ira y gritó cuando lanzó la estocada. Apenas notó la hoja del desconocido penetrando entre sus costillas, perforando su pulmón y llenándose este de sangre. Sí le costó respirar, aquello era lo único que notaba y segundos después sintió la sangre llegar hasta su garganta para terminar escupiéndola al suelo. Cayó de rodillas casi de inmediato, seguía tosiendo y preguntándose cómo aquel hombre, podía moverse así.

— Idiotas. —escupió la mujer.— Está visto que tendré que matarte yo misma.

Sus hombres habían muerto, aquel hombre había acabado con ellos en menos de un minuto pero había estudiado sus movimientos. Sí, era rápido pero estaba segura que nunca se había enfrentado a alguien como ella.

— Y bien, ¿cómo quieres morir hoy? —dio Tyra, apoyando su enorme hacha sobre su hombro derecho. El hombre no contestó, se limitó a permanecer quieto, a varios metros de ella.— Eres parco en palabras, me gusta.

Apenas terminó su frase, levantó el hacha sobre su cabeza y dio varios pasos hacia el desconocido, descargando un potente golpe hacia él. No le costó apartarse y el filo del hacha se clavó en el lugar que ocupaba un segundo atrás. El golpe levantó polvo y fragmentó la roca pero lo peor vino con la onda sísmica que originó, una descarga de energía que lanzó al desconocido a varios metros de distancia.

No se esperaba algo así y le pilló de imprevisto. ¿Un arma mágica? Aquello complicaba las cosas, pensó para sí.

La mujer se rió con malicia.

— ¿Asustado? —le preguntó.— Esto no te lo esperabas…

El desconocido hincó una rodilla y se pasó el dorso de la mano por la mejilla, donde sangraba por el impacto de uno de los trozos de roca que provocó el impacto del hacha.

— Sorprendido. —fue lo único que dijo.

— Vaya, si hablas. Y tienes una voz preciosa. —halagó la mujer.— Pues deberías estar asustado pues apenas has visto nada.

Cargó de nuevo contra el desconocido, que se incorporó y bloqueó el golpe con el filo de su espada. El impacto fue brutal, la onda se originó de nuevo tras el choque del hacha pero esta vez la energía se propagó a través del metal de la espada hasta la empuñadura, que el desconocido sujetaba con ambas manos y de esta hasta sus brazos. Nunca había recibido un golpe así, lo más cercano a poder describirlo era recordar la vez que le arrolló un caballo de joven y notó cómo los huesos de sus antebrazos se partían al tratar de protegerse del impacto del animal.

Por fortuna ya no era aquel joven y sus huesos eran mucho más resistentes. Pero no esperaba averiguar si podría resistir otro envite como aquel.

Se zafó de la mujer y rodó hasta quedar fuera del alcance de su arma.

De nuevo, esta rió.

— Me sorprendes. Nunca nadie había aguantado uno de mis golpes.

— Me alegro que te haya sorprendido, ya somos dos.

— ¿Quién eres? Me intriga saber a quién me enfrento. —dijo la mujer mientras volvía a descansar su hacha sobre su hombro.

— ¿Acaso la intriga te haría dejar de atacarme? —contestó el desconocido, sonriendo por primera vez en su enfrentamiento.

— No. Te mataré igual. Ya me enteraré después de quién demonios eres.

Volvió a cargar. El hacha se descargó de nuevo contra el desconocido pero este ya sabía a lo que se enfrentaba. Saltó hacia atrás, esquivando el golpe y se preparó para la onda expansiva. Aquella vez no se desequilibró, acompañó su movimiento al impacto y en cuanto absorbió el golpe, lanzó una estocada a la mujer.

Esta reaccionó increíblemente rápido. Casi tanto como él. Desvió el golpe con el mango del hacha y aprovechó la inercia para levantar el arma, girar sobre sí misma y lanzar un tajo horizontal en dirección al desconocido.

Por fortuna estaba preparado para algo así. Temía que aquella mujer no solo fuera una enorme mole y se guardase algo como aquello. Rodó sobre sí mismo, lanzándose hacia delante y esquivando el golpe, que pasó sobre él. Notó la energía del arma al cortar el aire sobre su cabeza y terminó por alejarse más si cabe que la vez anterior.

— ¿Por qué huyes? —le dijo irónicamente la mujer.— ¿Estás ya asustado?

— Te mentiría si te dijera que no. —contestó sincero.— Eres una adversaria formidable, eso no te lo niego y posiblemente, si alguno de tus hombres siguiera vivo, yo ya estaría muerto. —ambos miraron alrededor, contemplando los cadáveres a los que mencionaba.— Pero esta no es esa situación y eso me favorece.

— Eres muy gracioso, en serio. He de decir que, aunque es una pena lo de mis hombres, estoy disfrutando con esto. —la mujer volvió a apoyar su arma sobre su hombro y comenzó a acercarse al desconocido.— Pero ahora te mataré, tomaré las ganancias que tenía que repartir con ellos y me marcharé de aquí. Ese será todo el recuerdo que guarde de este momento.

A cada paso que ella daba, el desconocido daba otro. En ningún momento apartaba la vista de ella, mientras movía su espada en círculos para estirar sus músculos. Todavía notaba el agarrotamiento en sus brazos tras la potente descarga de antes.

— Lamento escuchar eso. —le dijo el desconocido.— La verdad es que, si no fuera en esta circunstancia, me hubiera gustado conocerte, saber más de tí. Me pareces una mujer sorprendente y que guarda más de un secreto.

— ¿Pretendes sacarme los colores?

— Para nada, te cuento la verdad. Quiero que sepas que esto no es personal, es simplemente trabajo. Y que, como te he dicho, si no hubiera sido así, habría estado encantado de saber más de tí.

Ambos se detuvieron. El lugar quedó en silencio y el viento levantó la capa superficial de polvo que cubría la zona. El sol comenzaba su descenso tras la parte superior de la cordillera y las primeras sombras se proyectaban sobre el lugar.

— Eres un hombre extraño. ¿Te lo habían dicho antes?

— Demasiadas veces.

Los dos se lanzaron contra el otro, blandiendo sus armas para efectuar el golpe mortal.

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