El Errante. Capítulo 8.

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Héctor
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— Señor, hay un hombre que quiere verle.

El ayudante de cámara se quedó junto a la puerta. Durant levantó la vista de los papeles que tenía frente a él y resopló, molesto por la interrupción.

— ¿Quién es? Que yo recuerde, no tengo ninguna reunión hoy.

— No, mi señor, es un viajero. Dice que tiene información sobre… el espadachín. —todos en la mansión sabían de la animadversión que tenía el vizconde hacia aquel hombre, por lo que procuraban evitar hacer mención sobre él.

— Dile que acudiré en unos minutos. —contestó el vizconde, despidiendo al ayudante de cámara con un simple gesto de su mano.

El destino era caprichoso. De aquello él sabía mucho. Por un lado, dejaba que el propio destino avanzase, llevando a cada uno a donde debía estar. Por otro, él se procuraba alterar ese destino, como un titiritero que mueve las cuerdas de sus marionetas, para poder controlarlo y saber exactamente dónde debía estar. Ya lo había hecho en el pasado, cuando tramó el asesinato de su padre y heredó el puesto que ahora ostenta, ayudado por Ella.

El vello de la nuca se erizó cuando pensó en la hechicera. Todavía recordaba lo que había sucedido la otra noche. Sabía que ella era poderosa pero nunca había visto tal alarde de poder. Hacía mucho que no sentía aquel miedo, apenas lo recordaba de su infancia. Pero cuando la hechicera le amenazó, volvió a sentirlo.

El destino. Caprichoso y fiable. Durant se levantó del sillón y rodeó el escritorio hasta situarse frente al retrato de su padre.

— Si hubieras sido tan listo como te pensabas, todo esto sería muy distinto.

Sonrió. Su memoria le llevó hasta su infancia, cuando se escondía de las regañinas de su padre pero este siempre terminaba encontrándole y echándole en cara que era mucho más listo que él, para terminar azotándole por su comportamiento. Todavía hoy, Durant se echa la mano a la pierna derecha, donde permanece la marca de la hebilla del cinturón de su padre.

Volviendo al presente, se colocó la ropa y abandonó su despacho, en busca del hombre que tenía información sobre aquel bastardo moreno. Era un hombre no demasiado mayor pero hacía tiempo que se dejó de considerar como joven, con la piel curtida del sol y las ropas de mejor calidad que las que pudiera poseer cualquier granjero o agricultor. ¿Quién podía ser aquel hombre?

Le esperaba en la entrada del palacete, en la gran sala que el propio Durant utiliza para recibir a sus invitados durante las fiestas. Bajó las escaleras y, con su mejor sonrisa, saludó al hombre.

— ¡Bienvenido! —dijo con tono zalamero.— Me han informado que tienes información para mí.

— Mi señor. —dijo el hombre saludando de manera marcial.— Vengo de Moralhern, al oeste de aquí.

— La conozco. Al frente, si no me equivoco, está el burgomaestre Carver.

— Eso es, mi señor. Yo trabajo para él, soy uno de sus guardias personales.

Aquello tenía sentido para Durant. La forma de moverse, de saludar, cómo se comportaba aquel hombre, indicaba que era militar. Y cuando mencionó ser parte de la guardia de Carver, sumado a los indicios que había observado antes, dieron forma al razonamiento del vizconde.

— ¿Y qué información tienes para mí? —el tono de Durant se alejaba, poco a poco del tono amable para dar paso al clásico desdén que mostraba hacia sus inferiores.

— El espadachín por el que habéis ofrecido la recompensa, se hospeda allí. Ahora mismo estará en las inmediaciones de la villa pero de seguro, en no menos de dos días, volverá a Moralhern para cobrar el dinero que se le debe.

— Es una gran información pero lamentablemente la recompensa ha sido anulada. —Durant volvió a notar el temor al recordar a la hechicera ordenándola retirar el precio por la cabeza del espadachín.

— Pero… mi señor… —el soldado estaba desconcertado.

— De todas formas, te agradezco que hayas venido hasta aquí. Indicadle la salida. —ordenó Durant a su ayudante de cámara, mientras se giraba y volvía a subir las escaleras de nuevo hacia su despacho.

El soldado fue guiado hasta la salida, en el exterior le esperaba su caballo, al que montó para volver a Moralhern. Durant le vio alejarse desde la ventana de su despacho, fuera caía la noche y la luz de la chimenea se reflejaba en los cristales con más intensidad.

— Has hecho bien, Gael.

La voz de la mujer le llegó desde detrás suyo. Durant se sobresaltó y se giró, buscándola con la mirada pero allí solo estaba él.

— Hice lo que me pediste. —le habló al vacío, esperando una respuesta.

— Bien. Es exactamente lo que debes hacer, no lo olvides. —de nuevo la voz vino desde detrás suyo pero Durant sabía que era imposible, lo que no hizo que se tranquilizase.

— ¿Qué tienes en mente para él? —preguntó mientras se acercaba al estante donde guardaba su licor y se servía una copa.

— Eso, querido mío, tendrás que esperar para saberlo. ¿O acaso piensas que puedes controlar el destino?

La pregunta aterró a Durant. Pues hasta hacía unos minutos, estaba seguro de que así era.

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