El Errante. Capítulo 7.

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Héctor
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Cuando se internó en el bosque para dar caza a los dos hombres que habían escapado, en su cabeza recreó la ruta más directa para llegar hasta la guarida de los bandidos. Calculaba que por la inclinación y estado del terreno tendrían que desviarse cerca de un kilómetro, sabía que la forma física en la que estaban aquellos hombres limitaría su velocidad máxima, cosa que para él no sucedería.

Menos de un minuto después y en la ruta que había previsto, el desconocido atisbó a los bandidos. Uno de ellos cayó al suelo e inmediatamente se dio cuenta que la caída le había dejado inmóvil, por lo que de dos presas fugitivas ahora solo tenía una. Y así hizo, obvió al herido que se ocultó tras un árbol, pensando que estaría a salvo y centró su atención en el otro hombre. No le costó alcanzarlo. Ni siquiera estaban cerca de la guarida por lo que, cuando el desconocido surgió frente al bandido y este gritó de terror, no se preocupó y acabó con su vida sin miramientos.

En cuanto acabó con él, volvió a por la presa indefensa. Se movió en silencio. El bandido no escuchó cómo se colocó detrás suyo, cómo alzaba la espada y la descargó, de un solo golpe, sobre su cuello. La cabeza del bandido rodó a un metro escaso y el cuerpo quedó inerte en la misma posición en la que estaba cuando aún tenía vida.

Comprobó su equipo. Lo primero fue limpiar el filo de la espada, para ello usó un pedazo de tela del cadáver que tenía delante, envainando el arma tras ello. Luego se arrodilló y se aseguró que la espada que llevaba a la espalda estuviera correctamente envuelta. Su mano acarició el pomo dorado de la empuñadura y notó una leve descarga de energía. Suspiró y se la volvió a echar a la espalda, atando las cinchas que le permitían portarla. Tras aquello se ajustó el peto de cuero, ajustó el cinturón y dio dos fuertes pisotones para estirar las piernas y colocarse las botas. Levantó la vista y retomó el camino hacia la guarida de los bandidos.

No había pasado ni una hora cuando encauzó el camino que subía hasta las cuevas. El primer vigía dio el grito de alarma y no tardaron en aparecer tres hombres armados.

— ¿Dónde te crees que vas, pimpollo? —dijo uno de ellos. Tenía una cicatriz que le cruzaba la cara desde la frente hasta la barbilla, pasando por la comisura de su ojo izquierdo.

Los dos hombres que le escoltaban tenían las armas ya desenvainadas pero él avanzaba con su arma todavía guardada. Su forma de moverse le delataba como alguien engreído, que pensaba que controlaba la situación pero nada más lejos de la verdad.

El desconocido siguió avanzando, no se preocupó del vigía que había dado la voz de alarma y que estaba encaramado a unas rocas a su izquierda. Sabía que iba armado con un arco y esperaba que lo usase. Así, cuando el bandido se encontró a dos metros de él, se detuvo y alzó la vista para mirarle directamente a los ojos.

— He venido a mataros.

La respuesta del bandido fue instantánea. Estalló a reír y se giró a sus compañeros, que también sonreían ante la situación.

— ¿Le habéis oído? Dice que viene a matarnos. ¿Os lo podéis cre…?

No le dio tiempo a terminar la frase. El desconocido avanzó los dos metros que le separaban en una exhalación. El vigía fue el único que vio la situación y disparó su flecha para intentar detener a aquel hombre que había entrado en sus dominios. Pero aquel hombre no recibió la flecha, sino que echó mano del cuello de su compañero, lo interpuso en la trayectoria del proyectil y la flecha impactó en el ojo izquierdo de este.

Los otros dos bandidos, a pesar de haber visto lo sucedido, no eran capaces de entender lo que había sucedido. Al menos pudieron reaccionar, más por instinto, y se lanzaron contra el hombre. Este bloqueó el primer ataque, sujetando el puño del bandido, girando delante suyo y desarmándole. El segundo atacante trató de darle una estocada al desconocido pero esquivó su ataque, se situó junto a él y golpeó con fuerza el brazo con el que sujetaba la espada. El sonido delató el hueso roto y el grito de dolor del hombre confirmó el golpe. Este cayó al suelo de rodillas, sujetándose el brazo con la otra mano, intentando no caer desmayado por el dolor. Su compañero se giró, trató de alcanzar el arma que había perdido pero la figura del desconocido surgió frente a él, le propinó una patada en la boca y le partió la mandíbula con un golpe seco.

Con los dos hombres en el suelo, incapaces de poder seguir peleando, el desconocido se giró hacia el vigía. Este cogió otra flecha y volvió a disparar, fallando de nuevo. Otra flecha y de nuevo otro fallo. ¿Cómo era posible que aquel hombre esquivase disparo tras disparo?

No volvió a disparar, dejó su puesto y salió corriendo, comprobando que aquel hombre se quedaba quieto y no seguía avanzando. Debía avisar a sus compañeros de la presencia de aquel intruso. Cuando llegó a la entrada de la cueva, Tyra estaba fuera, fumando en su pipa. La mujer miró a su hombre, comprendiendo de inmediato que algo pasaba.

— ¿Qué sucede? —le preguntó de manera hosca.

— Un hombre ha acabado con Jarek, y ha lisiado a Aron y Henryk. —contestó el vigía, de manera fatigada.

— Mierda. ¡Coged las armas! —gritó la mujer a los dos hombres que estaban dentro de la cueva. Dejó la pipa junto a la piedra donde estaba sentada y cogió el hacha.

Los cuatro se dirigieron camino abajo, en dirección a la explanada donde les esperaba aquel desconocido. Este seguía de pie donde el vigía le había visto la última vez. Junto a él, el cadáver de Jarek, con una flecha clavada en su cabeza. Tyra miró a su hombre.

— ¿No dijiste que aquel hombre había matado a Jarek? —le increpó de malas maneras.

— Fue un accidente. Yo le disparé a él y puso a Jarek en medio.

 — Idiota. —resopló la mujer.— ¡Id y acabad con él!

Los tres hombres se lanzaron a la carga. Pasaron al lado de sus compañeros heridos y descargaron sus ataques contra el desconocido. Este desenvainó la espada que llevaba a la cintura y con el mismo movimiento desvió el golpe del primer bandido, cargó con el hombro izquierdo contra el segundo, desequilibrándolo y apartándole del combate y se enfrentó al tercero. Sus aceros chocaron, resonando el golpe con fuerza. El desconocido lanzó una patada frontal contra el bandido, que no esperaba aquello, el golpe impactó en su estómago y lo derribó, haciendo que perdiera el arma.

El desconocido quedó de pie, con los tres hombres a varios metros de él. En su mano derecha sujetaba la espada, respiraba tranquilo, los ojos cerrados, completamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Los bandidos recuperaron sus armas, se levantaron y volvieron a enfrentarse a su enemigo.

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