El Errante. Capítulo 6.

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Héctor
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El rostro de terror del mercader reflejó la sensación que embargaba a los viajeros que usaban aquel camino. Media docena de hombres enmascarados, armados con espadas cortas y dagas, salieron de la espesura y se abalanzaron sobre él, amenazándole con sus armas.

— ¡No me matéis! —suplicó el mercader, que temía que aquel fuera su último viaje.— Os daré todo lo que queráis.

— Ya pensábamos cogerlo. —le respondió uno de los bandidos, con un tono mordaz que delataba sus auténticas intenciones.

Cuando este avanzó hacia el mercader, blandiendo la espada corta por delante suyo, una figura surgía detrás de ellos. En apenas un par de segundos, los dos bandidos que estaban más atrasados caían muertos con sus cabezas cortadas. El resto de bandidos se giraron, esperando enfrentarse a quienes habían acabado con la vida de sus compañeros y, sorprendidos, frente a ellos únicamente encontraron a un hombre de pelo corto negro, armado con una espada larga de la que caían las gotas de sangre que, segundos antes, pertenecían a los dos cadáveres que yacían en mitad del camino. Sus ropas eran también oscuras, no tan negras como su pelo o como la vaina vacía que colgaba de su cintura. Sobre su hombro asomaba la empuñadura de otra espada, parecía vieja comparada con la que blandía en su mano derecha.

El bandido que iba a atacar al mercader dio el grito de ataque que incitó a sus compañeros, que se lanzaron de inmediato contra el desconocido. Este esquivó sin problemas a los dos primeros, que perdieron el equilibrio ante el rápido movimiento del hombre y terminaron cayendo al suelo. El tercer bandido no tuvo tanta suerte y se encontró de frente con la punta de la espada del asesino de sus compañeros, el arma atravesó por completo el torso del bandido, que notó cómo la vida se le iba de inmediato.

— ¡Levantaros idiotas!  —increpaba el bandido que estaba junto al mercader, al que había agarrado del cuello y utilizaba como escudo frente al desconocido.

Ambos hombres se miraron desde el suelo, esperando que uno le dijera al otro que se fueran corriendo. Temían la muerte pero también temían que su jefa se enterase de lo que había pasado. Pero eran inteligentes, sabían que ninguno de los dos podría hacer frente a aquel espadachín y tomaron la mejor de las decisiones. Se levantaron y salieron corriendo por donde habían llegado, intentando llegar a su guarida para pedir ayuda antes que aquel hombres les diera alcance.

El desconocido gruñó, aquello era un fastidio. Tendría que darles caza, no había problema por eso pero era una molestia.

— ¡Cobardes! —gritó el bandido. Su tono de voz denotaba el terror que sentía en aquellos momentos.

— Suéltalo. —fue lo único que dijo el desconocido, que avanzaba hacia el bandido con la espada de la mano.

— Si te sigues acercando, lo mataré. —intentó ordenar con su voz más autoritaria pero el timbre de voz mostraba el claro estado en el que se encontraba.

— Mátalo. No me importa, aunque preferiría que no lo hicieras. Si él muere, tú lo harás tras él. Si él vive, podrás huir de aquí.

El desconocido seguía avanzando, estaba apenas a cuatro metros del bandido. Este no tuvo que esperar mucho más, empujó al mercader contra el hombre armado, que lo atrapó con su brazo izquierdo, y salió corriendo en dirección opuesta.

— ¡Gracias! —le dijo el mercader, visiblemente aliviado. El desconocido, por su parte, solo le dedicó una mirada y salió corriendo en dirección a los dos bandidos que habían huído hacia el bosque.

Casi medio kilómetro por delante del desconocido, los dos bandidos notaban cómo sus pulmones no daban más de sí. No estaban acostumbrados a correr, menos por sus vidas y hacerlo en aquel entorno les resultaba más complicado aún. Esquivaban ramas, piedras, troncos caídos que podían hacer que terminasen con ellos en el suelo. Era una carrera de obstáculos contra un perseguidor mortal.

Uno de ellos no tuvo tanta suerte y, al no ver una raíz que asomaba de la tierra, cayó al suelo, lesionándose gravemente en el tobillo izquierdo. Su compañero no se percató de lo sucedido y continuó su camino. Tirado en el suelo, el bandido trató de incorporarse varias veces pero volvía a caer, lamentando su mala suerte. Fue en ese momento cuando escuchó los pasos que se acercaban. ¿Era su compañero? ¿Era su perseguidor?

Trató de arrastrarse hasta un árbol, pensando que allí podría ocultarse del origen de aquellos pasos.

Contuvo la respiración, evitando gritar del dolor que sentía recorriéndole la pierna izquierda.

Desenvainó el puñal que llevaba a la cintura y maldijo su suerte.

Una sombra pasó por delante suyo y continuó por el camino que su compañero había tomado. El bandido respiró aliviado, había evitado el peligro y tenía la suerte de seguir con vida.

Segundos después escuchó el grito de terror de su compañero y la sangre se le heló pero se sentía afortunado. Al menos él había escapado de aquel desconocido.

Irónicamente, apenas notó cómo la espada seccionaba su cuello. Su cabeza rodó sobre el suelo, acabando a un par de pasos de su cuerpo. ¿Y recordáis lo que se suele decir, que una cabeza sigue viva segundos después de ser separada del cuello? Pues no es cierto y el bandido tuvo la suerte de despedirse de este mundo pensando que era el hombre más afortunado que podía existir, por haber escapado con vida.

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