El Errante. Capítulo 5.

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Héctor
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— ¡Hazlo!

La voz de la mujer lo sacó de su ensimismamiento. La mano todavía le temblaba, apenas era capaz de sostener la espada. El dorado de la empuñadura refulgía con el brillo del fuego de la chimenea y aquello delataba el nerviosismo que éste tenía en aquel momento.

Sus ojos se posaron sobre ella. La conocía desde hacía años, habían pasado sus mejores años juntos pero aquella historia debía terminar pronto, o todo estaría perdido. La miró por una última vez, el color de sus ojos había vuelto a la normalidad, expulsando momentáneamente el mal que albergaba en su interior, un mal que luchaba por volver a salir a la superficie y retomar el control que tanto le había costado tomar.

El hombre alzó la espada sobre su cabeza, sujetándola con ambas manos y justo antes de asestar el golpe mortal, le repitió las palabras que tantas veces le había dicho: <<Te amo>>.

* * * * *

Se despertó aterrado, recordando aquella noche. El sudor caía por sus sienes, notó empapada su nuca y el pulso acelerado. Instintivamente buscó la espada envuelta en la tela negra y se tranquilizó cuando la vio donde la había dejado horas antes, apoyada en una piedra a medio metro de él, junto al resto del escaso equipo que solía llevar. Cuando ya se hubo tranquilizado recogió las cosas, apagó lo poco que quedaba de la hoguera con el pie y se preparó para re emprender el camino. Se encontraba a varios kilómetros de la cordillera de Aquitania, esperaba poder llegar antes del mediodía para aprovechar el sol a su favor y sorprender a los bandidos que se escondían entre sus grutas.

Tras ajustarse la vaina de la espada en el cinturón, enfundó el arma y se echó el otro arma a la espalda, envuelta en su tela roja. Durante horas mantuvo una marcha ágil, lejos de los caminos principales donde los bandidos habían asaltado a los viajeros durante las semanas anteriores. Cruzó el arroyo que mucho más adelante se uniría al Dalibao, el gran río que cruzaba el reino de Válasos hasta el norte, encontró las huellas de varios animales que utilizaban aquella zona del arroyo como abrevadero y se detuvo unos minutos para beber de él. Levantó la vista y vio la cordillera frente a él, calculaba que siguiendo a ese ritmo cumpliría con su plan.

Cuando por fin encontró el lugar donde se encontraban los bandidos, lo cual no fue difícil porque estos no se habían preocupado por ocultar su rastro, el desconocido se procuró un lugar donde ocultarse y observarlos. La guarida era muy básica pero fácilmente defendible, habían aprovechado unas oquedades en la pared de la montaña donde establecer su campamento. Dos hombres montaban guardia en la salida, que daba a un estrecho camino que desembocaba en el camino principal que llevaba hasta Moralhern. El desconocido observó, durante horas, la rutina del grupo hasta que, ya caída la noche, tuvo una idea más clara de a lo que se enfrentaba.

Había contado doce hombres armados, todos de edades entre los treinta y algo menos de los cincuenta. Por el equipo que llevaban y cómo se movían, comprendía que tenían entrenamiento militar, seguramente fueron soldados de algún ejército que terminaron reunidos por un fin común (obviamente enriquecerse a costa de los demás). Lo que no había visto era a su líder, de aquella docena de hombres armados ninguno tenía la actitud necesaria para dirigir a un grupo como aquel. Sí que era cierto que entre ellos se gritaban órdenes pero aquello no era, para nada, un grupo coordinado. Algo no le olía bien y a él no le gustaba llevar a cabo acciones así sin enterarse antes de todos los detalles. Decidió que pasaría la noche allí, esperaría a ver lo que sucedía el día siguiente y con lo que descubriera, así actuaría.

Inmóvil en su escondite, el desconocido pasó la noche en vela. En un par de ocasiones se le cerraron los ojos pero se despertaba de inmediato, todavía recordaba la pesadilla de la noche anterior y que, como muchas otras, le perseguía cada vez que conciliaba el sueño. No, en aquella situación debía permanecer despierto, por lo que echó mano de uno de los bolsillos de su cinturón y tomó entre sus dedos un puñado de hojas que se llevó a la boca. Las masticó una y otra vez, notando el agrio sabor que impregnaba su saliva. El efecto fue inmediato, sus pupilas se dilataron, notando cómo su corazón bombeaba más rápido e impidiendo que el sueño le alcanzase. El efecto le duró hasta el amanecer, cuando los bandidos volvieron a salir de su escondite y, por fin, el líder hizo acto de presencia.

Para sorpresa suya, quien estaba al frente del grupo no era un hombre. Una imponente mujer, de algo más de dos metros y con unos músculos muy marcados, surgió de la cueva. Los bandidos formaron frente a ella, todos la miraban con respeto y temor, lo que no era de extrañar pues en su mano derecha sujetaba un enorme hacha que una persona normal manejaría a dos manos. La mujer tenía el pelo castaño, largo y anudado en una coleta, vestía pieles y pantalones de cuero. En las muñecas tenía sendas bandas metálicas, desde aquella distancia no podría asegurarlo pero el desconocido pensaba que bien podrían ser dos grilletes. Aquello podía tener sentido, pues todo aquel grupo encajarían como presos en algún momento de su vida, lo que obviamente les habría unido (además de su amor por el dinero ajeno).

La mujer les dio varias indicaciones y los hombres se dividieron en dos grupos. Uno de ellos se echó al camino, armados con armas cortas. El otro volvió a la cueva, siguiendo los pasos de su líder. Y aquella fue la señal para que él tomase una decisión.

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