El Errante. Capítulo 4.

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Héctor
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Gael Durant, vizconde de Orgël, señor de las tierras del noroeste, lanzó la copa de oro que sostenía en su mano e impactó en el retrato de su padre, que colgaba sobre la chimenea.

— ¡Es imperdonable! —la furia acompañaba sus palabras, escupiendo cada sílaba que expresaba.— ¡Quiero la cabeza de ese mal nacido!

Acababa de recibir la noticia. Los hombres que había contratado para que acabasen con el espadachín, habían fracasado. Aquel hombre seguía riéndose de él incluso en la distancia y eso no podía permitírselo.

Cuando aquel hombre entró en su vida, Durant pensó que podría utilizarlo para sus ardides políticos. Bajo un elaborado engaño y conocedor de las habilidades del espadachín, lo puso frente a sus rivales, llegando a eliminar a varios y absorbiendo las tierras de estos —ya que fallecieron sin descendencia—. Pero aquel hombre, que se negó a dar su nombre cuando Durant se lo exigió, descubrió la manipulación y dejó en ridículo al vizconde. Desde entonces, Gael Durant ha sido un nombre menospreciado entre la nobleza de Válasos, dejó de ser invitado a las fiestas de palacio y otros nobles —que incluso habían urdido tramas como la suya pero sin llegar a ser descubiertos— le miraban por encima del hombro.

— Mi Señor. —el que habló fue Logan, uno de sus hombres de confianza.— Sabemos que se encuentra en Moralhern. Si me permite, tomaré unos soldados y le daré caza. —Logan era un hombre rudo, fiel sirviente de Durant desde su juventud. Si había alguien al que poder confiarle aquella misión, bien podía ser Logan.

— Coge los hombres que necesites pero no vuelvas con las manos vacías. ¿Me entiendes?

— Por supuesto.

El saludo marcial marcó el fin de la conversación. Tanto Logan como la otra media docena de hombres que permanecían en la sala la abandonaron y dejaron al vizconde solo, mirando las llamas de la chimenea y recordando el amargo sabor de la derrota que aquel desconocido le dejó.

— Deberías tranquilizarte.

El tono dulce de la mujer era como una melodía. Durant sabía que la hechicera no había movido los labios pero en su mente escuchaba su voz.

— Déjame. No estoy de humor para escuchar tu cháchara.

— No eres tan idiota como para sentir realmente lo que acabas de decir.

El viento, procedente de ningún lado y de todos los rincones de la sala a la vez, movió las cortinas, las hojas que descansaban en la mesa y avivó las llamas de la chimenea. Junto a Durant, la figura etérea de la hechicera tomó forma. El vestido, de gasa azul, contrastaba con el tono rojo de su pelo. Sus ojos, de un color verde esmeralda, brillaban a la luz del fuego. Y sus labios, carnosos como recordaba Durant, le invitaban a volver a probarlos.

— Si te dedicas a tomar decisiones, guiado por la ira, cometerás los mismos errores que tu padre. —le recomendó la hechicera, con un tono de voz muy sereno.

— Mi padre era un imbécil incapaz de abrocharse una camisa él solo. ¡No te atrevas a compararme con él! —el enfado del vizconde era palpable.

— Gael. Es mi última advertencia. Cálmate.

El vizconde se apartó de la mujer. La ira nublaba su juicio. Por un lado quería poseerla allí mismo, sobre la mesa, frente al fuego. Por otro quería abofetearla, enseñarle quién tenía realmente el control de la situación. A varios metros de ella, Durant se giró y la señaló con el dedo índice.

— Mira, hechicera. —descargó aquella palabra con todo el odio que sentía en ese momento.— No eres quién para decirme lo que debo hacer ni par… 

— ¡IDIOTA! —la voz de la hechicera resonó en la sala como el rugido de los antiguos dragones, cortando de raíz la protesta de Durant. Las llamas de la chimenea se avivaron, saltando del hogar hasta rodear la figura de la mujer en una danza improvisada.— Tú harás lo que yo te ordene. ¿O acaso no recuerdas quién te puso donde estás ahora mismo?

El vizconde palideció. Conocía de sobra el poder de la hechicera pero nunca lo había visto en acción. ¿Acaso era la misma mujer sensual que le había ayudado durante estos años? Aterrado ante aquella demostración de poder, el vizconde echó la espalda contra la pared. Notó el frío de la piedra y una leve vibración que recorría la pared, presumiblemente originada por la propia hechicera. Esta, flotando a escasos centímetros del suelo, se dirigió hacia el vizconde, rodeada por las llamas de la chimenea. La imagen era espectacular pero el miedo que sentía Durant no le permitió contemplar aquello con el asombro que se merecía.

— Vas a recapitular. Llamarás a tus hombres y quitarás el precio sobre la cabeza del espadachín. ¿Lo entiendes?

— S… s… sí. —la voz se le cortaba, era incapaz de articular una respuesta tan sencilla.

— Estos días volverás a saber de mí, Gael. Espero que la próxima vez que te vea, seas más sensato.

Tal como apareció, la mujer desapareció, desvaneciéndose delante del vizconde. El fuego de la chimenea volvió a su ser y la habitación quedó en el más absoluto silencio. Tanto la humedad que se formó en sus pantalones como el pequeño charco a los pies del vizconde, delataban que aquello había sido algo peor que una pesadilla.

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