El Errante. Capítulo 3.

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Héctor
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Por fin cayó la noche. El desconocido había recorrido varias veces la pequeña localidad de Moralhern y durante su andadura había ojeado los puestos del mercado, se había detenido a comer un plato de guiso en una de las tres tabernas de la localidad y había agotado a sus escoltas. Estos, por su parte, intentaban seguir el ritmo del desconocido pero tener que cargar con el equipamiento estándar de la guardia les entorpecía, sin contar que la forma física del desconocido era mucho mejor que la suya.

Cuando ambos guardias giraron la esquina lo encontraron sentado a un lado de la calle, apoyado contra la pared de un edificio.

— ¿Os importa que nos sentemos un rato? Estoy aburrido de dar vueltas por la ciudad. —les dijo cuando se detuvieron a varios metros de él.

Ninguno respondió, simplemente se quedaron parados allí, observándole. Al rato, el desconocido se levantó y los guardias se sobresaltaron.

— Bueno, creo yo que es hora. —comentó, rompiendo el silencio.

El desconocido abría la marcha. Avanzaba a buen paso, hasta el punto que los guardias casi tuvieron que echar a correr en un par de ocasiones. No tardaron en llegar de nuevo a la plaza, donde se encontraba la vivienda del burgomaestre. Los puestos del mercado ya no estaban, hacía menos de una hora que todos los comerciantes habían recogido sus mercancías y habían abandonado Moralhern. El desconocido ya había visto aquello en otras ciudades, lo más seguro es que, si no todos, sí la mayoría, acampasen juntos en las afueras de la localidad. Así evitarían el gasto de pernoctar en las posadas y se protegerían entre sí.

Llamó a la puerta de la vivienda del burgomaestre, segundos después el mismo guardia que horas antes le había detenido en ese lugar, le invitaba a entrar.

— El señor le espera arriba. —sus palabras le dolían al salir.

El desconocido sonrió y subió las escaleras de dos en dos. Esta vez sí llamó a la puerta del despacho pero no esperó respuesta, simplemente abrió en cuanto golpeó la puerta por última vez. De nuevo el burgomaestre volvía a quedarse sorprendido y molesto.

— Amigo, aquí tienes lo comentado esta mañana. —le acercó un saco de cuero.

— ¿Debo contarlo? —respondió el desconocido, antes de coger el saco entre sus manos. Era pesado y dentro se oía el golpeteo del metal contra metal.

— Hay cien piezas de oro, la mitad de lo acordado. Si quieres contarlo, eres libre de hacerlo, ¿acaso no te fías de mi palabra?

— No me fío de su palabra ni de la de nadie. Es mi trabajo…

El burgomaestre se giró, mirando de nuevo hacia la calle. Sus brazos a la espalda, parecía pensativo.

— ¿Cuánto tardaréis en limpiar la cordillera y asegurar los caminos?

— No le puedo dar una fecha concreta. Primero debo saber qué organización tienen, explorar la zona.

— Tiene sentido. ¿Puedo pediros un favor? —se giró para mirar al desconocido, que asintió como única respuesta.— Haced esto con la mayor discreción posible. Este dinero no ha sido reunido de manera fácil y hay mucha gente interesada en saber qué he hecho con ello.

— No os preocupéis, no suelo anunciar mis trabajos en ningún folletín.

Dicho esto, el desconocido se dio la vuelta y abandonó las dependencias del burgomaestre, con el saco de monedas aún de la mano. Los guardias se percataron de ello y cuchichearon algo cuando el desconocido se despidió de ellos con un movimiento de cabeza.

Ya era noche cerrada y tocaba buscar un lugar para dormir. Por fortuna, el paseo de la mañana le había servido para hacerse una idea de cuál de las dos posadas era la mejor y se dirigió a ella. Aquella noche descansaría de verdad, esa vez atrancando la puerta y las ventanas para evitar sobresaltos como el de la noche anterior. Aunque la espada seguiría descansando cerca de él.

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