El Errante. Capítulo 2.

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Héctor
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Era mañana de festividad y la plaza principal de Moralhern se llenaba con los tenderetes de los mercaderes que habían acudido a la localidad. Una docena de puestos ofrecían diversos bienes procedentes de todos los rincones de Válasos, desde telas de gran calidad a variedades nunca vistas de especias que llegaban de los confines del reino. Los habitantes de Moralhern descansaban aquel día para acudir al mercado y disfrutar, a mayores, de los artistas que llenaban las calles de la localidad.

El desconocido se mezcló con la multitud. Caminaba atento a lo que le rodeaba, siempre con un ojo por encima de su hombro. Un tragasables agrupaba todas las miradas de los vecinos, que expresaban su asombro con sonoras expresiones de sorpresa y admiración. Incluso una pareja de guardias se había acercado para ver el espectáculo, descansando su peso en las lanzas que mantenían apoyadas en el suelo.

Tras proseguir su camino, pues el espectáculo del tragasables no le llamaba la atención, el desconocido desembocó en la plaza principal. Allí el trajín era mayor, centenares de personas abarrotaban el lugar, moviéndose de puesto en puesto. En el centro había un escenario de madera que en aquel momento se encontraba vacío pero por los coloridos ropajes de algunas personas que había a su alrededor, tenía pinta que en breve comenzaría algún tipo de espectáculo. El desconocido cruzó la plaza hacia el norte, donde se encontraba la vivienda del burgomaestre. Ya se había percatado que los dos guardias que estaban junto al tragasables le estaban siguiendo, por lo que cuando llegó a las inmediaciones de la vivienda y el otro guardia que vigilaba la casa le vio llegar, separó sus manos para mostrarles que no representaba una amenaza.

— Alto ahí. ¿Quién va? —preguntó nervioso el guardia que custodiaba la vivienda del burgomaestre.

— Simplemente un hombre de negocios que viene a hablar con el señor. —los otros dos guardias ya estaban a dos metros de él, con las lanzas preparadas por si debían actuar.

— Lord Carver no está. Ha salido para atender a sus invitados.

— Madruga mucho su señor. —respondió mordazmente el desconocido.

— Los horarios de Lord Carver no son de mi incumbencia.

— Lógico parece, solo avisadle que he venido para hablar con él por el problema de Aquitania.

Aquella palabra pareció activar un resorte en el guardia, que abrió ampliamente los ojos. Miró a sus compañeros y ambos asintieron, situándose frente al desconocido, que permanecía de pie sin mover un solo músculo. El guardia abrió la puerta de la casa y entró, cerrando tras él.

Varios minutos después, en los que el desconocido midió las capacidades de los guardias que se habían quedado custodiándole, el guardia volvió a abrir la puerta y le hizo un gesto con la cabeza.

— Acompañadme.

El desconocido bajó las manos y entró en la vivienda. Un amplio salón daba la bienvenida a los visitantes, al igual que la estatua que, imaginaba el desconocido, representaba al burgomaestre. El guardia guió al visitante por la vivienda, hacia la planta superior, por unas escalinatas de piedra. El lujo era evidente en aquel lugar, el desconocido se preguntaba si el burgomaestre realmente se había ganado todo aquello o eran los clásicos sobornos para hacer negocios en sus tierras.

El guardia le indicó una puerta al final del pasillo.

— Lord Carver le espera. —le dijo y se quedó haciendo guardia en el pasillo.

El desconocido no llamó, simplemente abrió la puerta y el burgomaestre se sorprendió ante la aparición de este. Imaginaba que esperaba el sonido de la llamada pero el desconocido ya había esperado suficiente.

— Bienvenido, amigo. Pasa y siéntate. —le dijo zalamero el burgomaestre. Vestía unas ropas exageradamente elegantes, pomposas diría él, que no ocultaban el sobrepeso que este padecía.— Me han dicho que vienes para hacerte cargo de un problema que nos acucia estos días.

— Aquitania. —respondió cortante el desconocido.— La cordillera parece ser el hogar de bandidos.

— ¡Eso es! Han aparecido de la noche a la mañana, he tenido que reforzar la seguridad en los caminos pero puedes imaginarte que, estos días con las fiestas, eso se complica.

— Doscientas piezas de oro. Ese es mi precio.

— Eso es un disparate. ¡No pienso pagar eso por rastrear a unos bandoleros! —respondió indignado el burgomaestre.

— No le he dicho que simplemente fuera a rastrearlos.

En el pasillo, el guardia escuchaba la conversación. Aquel desconocido había hecho enfurecer a Lord Carver, lo que por otro lado tampoco era muy complicado. 

— ¿Acaso vas a librarnos de los bandidos?

— Y asegurar sus caminos. Creo que eso merece una buena recompensa.

El burgomaestre se dio la vuelta y miró por la ventana. Sopesaba en silencio la oferta del desconocido. Puede que doscientas piezas de oro fueran un precio alto pero si, como decía, aseguraba los caminos, la ruta comercial volvería a funcionar como debía y el dinero volvería a entrar en Moralhern. Tras unos minutos, el burgomaestre se giró con una sonrisa que ocultaba sus verdaderos sentimientos.

— ¡Trato hecho! ¿Cuándo se pondrá con ello?

— Ya mismo. Cobraré la mitad por adelantado y el resto al terminar el trabajo. —sentenció el desconocido.

— No, no, no. Eso es inadmisible. No puedo llegar y sacar cien piezas de oro del tesoro sin dar explicaciones.

— Entonces no tengo más que hacer aquí. —el desconocido se giró y encaró la puerta.

— ¡Un segundo! Puedo abonarle la mitad esta misma noche pero antes imposible. —se apresuró en contestar el burgomaestre. El desconocido se detuvo y giró la cabeza, mirando a este por encima del hombro.

— Entonces nos veremos a la noche.

El desconocido abrió la puerta y sorprendió al guardia, que estaba casi apoyado en la madera. Este recuperó su postura y marchó delante del desconocido, guiándole hasta la salida. En el exterior, los artistas ya habían comenzado la actuación y habían congregado al público alrededor del escenario. Apenas unos segundos le bastaron al desconocido para comprobar que la obra que interpretaban era “Las bodas del otoño” y que, de nuevo, los dos guardias le seguían por la ciudad.

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