El Errante. Capítulo 14.

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Héctor
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La hechicera se sentó en cuclillas en el centro del círculo que formaban las velas. A su lado, en el suelo, había una daga de filo curvo que ella misma había forjado. Era la daga con la que firmó su Pacto, como hacían todos los hechiceros y que, durante los rituales, servía como enlace entre ella y la magia que iba a utilizar.

La cogió, notando la madera de la empuñadura. Giró el arma y pasó la punta del filo por su antebrazo, cortando limpiamente su carne. La sangre comenzó a fluir, cálida, espesa. Cerró el puño para que fluyera con más fuerza y dejó que cayera hasta la piedra del suelo. Entonó las palabras que su maestro le enseñó siglos atrás y notó cómo la energía se movía a su alrededor.

Un segundo después su espíritu se encontraba en la habitación de Gael Durant. La última vez que le visitó, tuvo que mostrar parte de su poder para que este comprendiera que no debía retarla, esperaba que aquella vez, no fuera tan estúpido. El vizconde miraba por la ventana, observando a un jinete que se alejaba a toda velocidad.

— Has hecho bien, Gael.

El vizconde se sobresaltó, girándose para ver dónde se encontraba ella pero su mirada se posó en el vacío.

— Hice lo que me pediste. —dijo con voz trémula.

— Bien. Es exactamente lo que debes hacer, no lo olvides. —el espíritu de la mujer bailó alrededor del vizconde, proyectando su voz desde la espalda de este.

— ¿Qué tienes en mente para él? 

— Eso, querido mío, tendrás que esperar para saberlo. ¿O acaso piensas que puedes controlar el destino?

Durant, que sostenía un vaso de licor en su mano, tembló.

— Simplemente tienes que saber que lo necesito con vida. Tu estúpida venganza tendrá que esperar.

El hombre asintió. Ya ni se molestaba en responderla con palabras. Tal era el terror que sentía hacia ella.

La hechicera no se despidió, simplemente abrió los ojos y su espíritu volvió a su cuerpo. Se notaba cansada, aquel hechizo requería su propia sangre, no servía un sacrificio externo como hacía otras veces. No, aquella debía ser su propia esencia vital, si no, el hechizo no funcionaría.

Se tomó unos minutos en levantarse. Dejó que su cuerpo reaccionase a la pérdida de sangre y al viaje astral que había llevado a cabo. Pasado ese tiempo se incorporó y recogió el material del ritual, guardándolo en una caja de madera que colocó junto a la entrada de la sala. Se miró el antebrazo, la herida había comenzado a curar pero tardaría en volver a la normalidad. Aquel era el precio del poder.

Salió a la oscuridad y se dirigió de nuevo a la biblioteca, donde la esperaba su maestro. El anciano estaba en la mesa del centro de la sala, rodeado por pilas de volúmenes polvorientos. La luz mágica que iluminaba la sala parecía brillar con más fuerza allí, seguramente por voluntad del anciano pero para ella aquello otorgaba una perspectiva diferente de la gran sala. Según se acercaba miró hacia arriba, vio la inmensa altura de cada estantería, comprendiendo que a pesar de los siglos que llevaba visitando aquel lugar, este aún albergaba sorpresas.

— Ya está hecho. Durant ha retirado la recompensa que pesaba sobre el espadachín.

— Muy bien, chiquilla. —respondió el anciano, sin quitar la vista del libro que leía. Tenía las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le confería un aspecto bastante simpático.— Ya sabes lo que toca ahora. Ese hombre es indispensable para el ritual.

— Sí, maestro.

La mujer se despidió con una cortés reverencia y abandonó la biblioteca siguiendo el camino por el que había entrado. Al salir de nuevo a la oscuridad sobrenatural de aquel lugar, la hechicera reflexionó sobre su maestro. ¿Acaso estaba en lo correcto sobre aquello? Obviamente, ella no reprocharía ninguna de las órdenes que el anciano le diera pero algo le hacía dudar sobre lo que su maestro trataba de llevar a cabo.

De vuelta a su habitación, la hechicera se dirigió al balcón. Fuera la vista era espectacular. La torre se levantaba sobre un acantilado golpeado constantemente por la furia del océano. El aroma del mar, unido al sonido del oleaje, vestían al lugar de un aspecto relajante que ella disfrutaba siempre al atardecer. En el horizonte el sol acariciaba el agua, pintando la escena de tonos dorados y naranja. Ella recordaba cada uno de aquellos atardeceres pero nunca se cansaba de ellos. Su mente, en aquel entonces, reflexionó sobre la situación en la que se encontraba.

¿Por qué es tan importante ese espadachín? Se preguntó. ¿Acaso poseía algo especial que serviría para el ritual?

Y con esas preguntas, el sol terminó por ocultarse y la noche envolvió la torre y a la mujer que miraba hacia el horizonte.

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