El Errante. Capítulo 13.

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Héctor
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El hombre se estiró en la cama. Sus vértebras sonaron y notó el alivio de desperezarse tras un sueño reparador.

La puerta seguía cerrada por dentro. Aquella vez nadie había tratado de asesinarle durante la noche y pudo descansar sin pesadillas. Era algo extraño cuando no soñaba con ella. Por un lado lo agradecía, ya que así descansaba y no se levantaba aterrado por las pesadillas pero también anhelaba el recuerdo de su rostro.

Se incorporó, sentándose en el borde de la cama. Se ajustó las botas, las ropas y recogió las dos espadas. Por último cogió la cuerda que ataba el hacha y se la puso al hombro. Cuando salió de la habitación notó el frío de la mañana y agradeció que los primeros rayos de sol incidieran sobre su rostro. Se puso en marcha y se dirigió a la posada, recordando las palabras que el posadero le había dicho antes de despedirse.

La puerta principal ya estaba abierta. La chimenea de la posada ya echaba humo y el ambiente se comenzaba a llenar del aroma de la leña recién prendida y del guiso que se cocinaba desde primera hora. Cuando abrió la puerta, el desconocido se encontró con el lugar vacío salvo por el hombre que se encontraba tras la barra. Se dirigió hacia él y le saludó con la cabeza.

— Muy pronto os levantáis. —le dijo el posadero como saludo.

— ¿No comentasteis que aquí se desayunaba al alba? —replicó el desconocido.

— No pensé que os lo tomaseis tan al pie de la letra.

El posadero abandonó la barra, entrando por la puerta que daba a la cocina y volvió segundos después, con un cuenco de barro lleno de guiso en su mano izquierda y un pichel de estaño en la izquierda. Ambos los depositó frente al desconocido.

— Esta hidromiel es de cosecha propia, no encontrarás otra igual en ningún lugar de Válasos.

— Gracias. —contestó el desconocido. Tomó el vaso con su mano izquierda y notó la calidez del líquido que se encontraba dentro. Al acercarlo a la boca olió el dulce aroma de la miel y cuando tomó el primer trago, aquella calidez le acompañó hasta su estómago.— Es increíble, tanto el sabor como el cuerpo que tiene.

— Me alegro que te guste. —a pesar de la expresión seria, el desconocido sabía que el posadero agradecía sinceramente el halago por su bebida.— ¿Volvéis hoy a Moralhern?

— En cuanto abran las puertas. —respondió el desconocido entre cucharadas del guiso.

— Tened cuidado. Las cosas están revueltas desde la fiesta.

— ¿Qué sucede? —preguntó interesado el desconocido.

— El burgomaestre ha caído enfermo. Hay quienes dicen que ha sido envenenado, otros que le han echado mal de ojo.

El desconocido no dijo nada. Terminó el guiso y apuró la bebida.

— Gracias. Tanto por el desayuno como por el aviso.

— Dar un consejo no cuesta nada. El desayuno son cinco piezas de plata.

— La cena fue más barata.

— Pero entonces no habías traído el caos a esta humilde casa.

Ambos rieron. El desconocido echó mano de las cinco piezas de plata y las dejó en la barra. Recogió el hacha y se acercó a la puerta.

— Gracias, de nuevo. Y lamento lo de la otra noche.

— Eso es agua pasada. Al menos hoy has podido dormir. —le dijo el posadero mientras recogía el cuenco y el pichel.

El desconocido abrió la puerta y salió al exterior. Se encaminó a Moralhern, con el hacha al hombro y las dos espadas en sus correspondientes sitios.

Cuando se acercaba a la entrada, escuchó el galope de un caballo a su espalda. Se detuvo, se apartó a un lado del camino y se giró para ver quién llegaba. Era un hombre al que ya conocía, que varios días atrás le había echado el alto en la vivienda del burgomaestre y que al cruzarse con él se le quedó mirando desde el caballo pero sin detenerse. Incluso parecía que azuzaba más al caballo.

Al llegar a la puerta, los dos guardias que custodiaban la entrada le echaron el alto.

— La ciudad está cerrada. —dijo el más alto de ellos.

— Vengo a ver a Lord Carver. —contestó el desconocido, haciendo ver que no sabía nada de lo que le había sucedido al burgomaestre.

— Eso será imposible. —volvió a hablar el mismo guardia.— La ciudad se encuentra cerrada y nadie puede entrar o salir, aunque sea para una visita oficial.

— Acaba de pasar un jinete. —respondió el desconocido.

— Eso no te incumbe. —en aquella ocasión habló el otro guardia, que parecía menos paciente que su compañero.— Da media vuelta o continúa, lo que quieras. Pero aquí, no entrarás.

El desconocido sopesó las opciones. Claramente podía superarlos en combate pero aquello no le acarrearía más que problemas. Además, una vez dentro de la ciudad, no podría reunirse con Lord Carver. Al menos no si, como le había dicho el posadero, había sido envenenado o algo peor. La pena era que, seguramente, perdería el dinero que se le debía pero poco más podía hacer allí.

— Entonces tendré que continuar la marcha. ¿Conocéis de algún buen herrero por la zona?

Ninguno de los guardias le contestó, dando por finalizada la conversación. Aquello le suponía un dilema moral, pues el camino que transcurría por Aquitania ya era seguro pero decírselo a aquellos hombres serviría de poco. 

Se giró y volvió por donde había llegado, apareciendo de nuevo en la posada. Cuando entró en las mesas de la sala había un par de hombres, aparentemente viajeros, que le miraron durante los segundos que tardó en cerrar la puerta. El posadero hizo lo mismo, mostrando su sorpresa al volver a ver al desconocido.

— ¿Ya de vuelta? Sí que te has dado prisa. —dijo irónicamente.

— La ciudad está cerrada. No se puede entrar ni salir.

— Vaya, es peor de lo que pensaba.

— Bueno, no quería irme sin terminar el trabajo que me había traído hasta aquí. —el desconocido dejó el hacha junto a él, apoyando el mango en la barra.

— ¿Tiene algo que ver con ese arma? —preguntó el posadero.

— En parte sí. ¿Sabes del problema que había en los caminos?

— ¿Los bandidos? Sí, es de sobra conocido que nadie hace nada por echarlos y la ciudad se está viendo resentida por ello. —contestó de mala gana.

— Pues olvídate de eso. Ya no habrá más problemas con ellos.

El posadero enmudeció. Su rostro no mostró sorpresa, sino comprensión de quién era aquel hombre y lo que le había llevado hasta su posada.

— Entonces ahora soy yo el que debe darte las gracias.

— Bien recibidas son. Pero hay una cosa más que quería decirte antes de irme. —el desconocido se acercó más al posadero y, en un tono de voz más bajo para evitar ser escuchado por los hombres que estaban en la sala, se dirigió a este.— ¿Conoces las cuevas de Aquitania?

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