El Errante. Capítulo 12.

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Héctor
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Nuestro mundo se rige por unas leyes muy simples.

Si coges una piedra del suelo, la levantas hasta la altura de tu hombro y la sueltas, la piedra cae.

Si sacas agua de un pozo y lo viertes sobre la tierra, esta se humedece y se convierte en barro.

Si una hoguera se consume, en su lugar queda un montón de ceniza que terminará siendo arrastrada por el viento.

Pero en nuestro mundo también existe una forma de alterar esas leyes. De hacer que la piedra flote en el aire, que el agua se evapore antes de tocar el suelo o de que el fuego no devore los troncos de la hoguera.

Esto es así por la magia. Una energía intangible, un arte que muy pocos conocen, que muchos menos utilizan y que apenas nadie domina.

Pero esa magia tiene un precio. Un alto precio que se cobra vidas. Que toma la esencia de los seres vivos y la deforma para alterar las leyes que rigen nuestro mundo. Un coste que muy pocos son capaces de pagar y que termina yendo a las arcas de unos seres ajenos a nuestro mundo. Los demonios.

Porque nuestro mundo no es único. Ni siquiera es especial. Es uno de los muchos mundos que llenan la realidad, que se encuentran separados por un Velo imperceptible para los hombres. De aquellos usuarios de la magia, solo unos pocos conocen la verdad sobre los mundos y saben de dónde viene el poder que utilizan.

Los demonios. Aquellos que viven para esclavizar las almas de los mortales. Aquellos que utilizan su poder para sellar pactos que permitan, a esos meros humanos, el rozar una ínfima parte de su esencia. Ellos son los auténticos dadores de la magia, un don oscuro que tienta a los hechiceros y los guía por un camino de sangre, dolor y terror.

— Pero maestro… —dijo la mujer.— Algo así, es peligroso e impensable.

— Bobadas. Dices eso porque hasta el momento nadie lo ha hecho. —replicó el anciano, cerrando el libro de golpe.— Si en alguno de estos libros hubiera un texto que lo mostrase, no pensarías eso.

Por un lado el anciano tenía razón. De todos los libros que había en la biblioteca ninguno daba las instrucciones para algo así pero porque era muy peligroso, prácticamente un suicidio. La ley básica de la magia era que el sacrificio otorgaba al hechicero el poder para alterar la realidad, para cambiar las leyes naturales pero únicamente porque algo al otro lado del Velo lo permitía. ¿Permitiría ese algo, que su poder fuera utilizado para atar y someter a otro de los suyos, o a él mismo? Ella lo dudaba, como lo había dudado cada hechicero en la historia.

Pero por otro lado se daba cuenta que aquello era factible, podía llevarse a cabo pactando con un demonio por algo mucho más interesante para él que el simple sacrificio mortal.

— Maestro, si esto se pudiera llevar a cabo. ¿Qué supondría? —preguntó interesadamente la mujer.

— Un poder mucho mayor del que puedas imaginar, chiquilla. —el hombre se levantó de la silla y caminó alrededor de la mesa, con las manos a la espalda.— Esto alteraría el statu quo que conocemos, cambiaría el equilibrio de poder demoníaco… si somos capaces de pactar con el demonio adecuado.

Demonios. Su jerarquía recordaba mucho a la mortal. Igual que en el mundo existían reyes y vasallos, entre los demonios sucedía lo mismo. Quienes ostentaban el poder eran conocidos como los Príncipes Demoníacos, cuatro poderosos seres que gobernaban los cuatro rincones del Avernum, el mundo en el que vivían estos. A sus órdenes estaban las huestes infernales y al frente de estas los Generales, demonios totalmente leales a sus señores.

Estas cuatro facciones mantenían el Avernum en equilibrio, llevando a cabo pactos con los humanos para conseguir sacrificios que les permitieran librar sus guerras. Por eso, encontrar al demonio adecuado que desequilibrara ese equilibrio, era lo más complicado de aquel plan.

— No me opongo, eso vaya por delante. Pero creo que debemos estudiar eso y plantear la posibilidad de que no podamos llevarlo a cabo. —la mujer trató de buscar las mejores palabras para su maestro.

— Lo entiendo y eso ya me lo he planteado. Por eso tenemos que encontrar algo muy sugerente para llevar a cabo el pacto, algo que permita a ese demonio tomar el riesgo de otorgarnos el poder suficiente para invocar a un príncipe demoníaco y someterlo.

— Maestro, os conozco lo suficiente como para saber que esto no me lo hubieras enseñado de no tener en mente la manera de llevarlo a cabo.

— Chiquilla, cómo me conoces. —dijo el anciano desde el otro lado de la mesa. Su postura era más erguida que hasta aquel momento, reflejaba la decisión que tenía, su orgullo ante el trabajo perfectamente ejecutado.— Verás… ¿conoces a Gael Durant?

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