El Errante. Capítulo 11.

Download PDF
Héctor
Últimas entradas de Héctor (ver todo)

<<— ¿Acaso eres tú aquello que he estado esperando siempre? preguntó la anciana.

— No, pues aunque sabías que siempre estaba ahí, tenías asumido que llegaría tarde o temprano. — contestó la Muerte.>>

La mujer cerró el libro y lo depositó en la mesilla. Durante unos minutos permaneció tumbada en la cama con los ojos cerrados, disfrutando de la historia que acababa de leer.

¿Cómo podía la gente despreciar el bello placer de la lectura? Se preguntó. En su haber tenía cientos de volúmenes que había disfrutado en docenas de ocasiones. Desde obras de teatro a ensayos, cuentos e historias narradas y transcritas. Leyendas populares que durante siglos, habían sido transmitidas oralmente y que, por fortuna para ella, ahora descansaban entre las baldas de la biblioteca.

Con un suspiro de satisfacción se levantó de la cama y cogió el batín que descansaba en el respaldo de la silla que tenía en la habitación. Se lo puso sobre los hombros y contempló su imagen en el espejo. No era ella quien le devolvía la mirada. Aquella mujer representaba lo que debía haber sido de haber tenido una vida normal, miserable como le parecía ahora. En su lugar, ella optó por la vía mística. Dedicó su vida a atesorar poder, sellando pactos que le dieron belleza, sabiduría, tiempo…

Sí, la magia es peligrosa. Siempre que no sepas cómo manejarla. Pero aquella no era su situación, ella sabía utilizar aquellas energías para utilizarlas a su favor. Había firmado, con su propia sangre, el Pacto que todo hechicero debía llevar a cabo para adentrarse en el peligroso camino de la magia. ¿Le importó? Para nada. Aquel Pacto le abrió un amplio abanico de posibilidades.

Con un gesto de su mano el reflejo del espejo desapareció y en su lugar mostró su rostro. Sonrió. Disfrutó, durante un breve instante, de aquella imagen, de aquel cuerpo semidesnudo que recordaba a la joven que, siglos atrás, había sido. Tras aquello se vistió, recogió el libro y salió de la habitación.

Fuera de aquellas cuatro paredes, el lugar mostraba un aspecto diametralmente opuesto al de un lugar común. No existían los pasillos. El arriba y el abajo se confundían. En su lugar había una inmensa negrura, el más oscuro vacío que se abría hacia cualquier lugar donde se posase la vista. Y sin embargo ella sabía moverse, sabía que aunque delante de ella no hubiera suelo, podría caminar sin temor. Un paso, luego otro y sus pies flotaban en aquel espacio negro. Frente a ella surgió una puerta de madera que abrió con decisión, al otro lado le aguardaba la biblioteca. 

Estanterías gigantescas, de más de cuatro metros de altura, se sitúan formando largos pasillos. El lugar está sutilmente iluminado por pequeñas esferas blancas que flotan a varios metros de altura, otorgando a toda la sala un aura de tranquilidad digno de un templo religioso. Ella caminó hacia el frente, pasando de largo un par de cruces que se formaban entre las hileras de estanterías, hasta llegar a una bifurcación que se abría a izquierda y derecha. Tomó, de nuevo sabiendo de sobra a dónde se dirigía, el camino de la derecha y caminó durante varios minutos hasta volver a girar a la izquierda en otro pasillo. Se detuvo frente a una balda donde quedaba un hueco entre los títulos que allí se encontraban y colocó el libro que sujetaba en la mano en el lugar al que pertenecía.

— No te esperaba tan pronto. —dijo una voz masculina a su izquierda.— ¿Ya lo has terminado?

— Sí, no pude conciliar el sueño y me puse con él.

— Lo has leído una docena de veces, ¿no te cansas?

— Nunca. —contestó ella con decisión.

El hombre sonrió. Era mayor, mucho y de no demasiada altura. Su pelo blanco lo tenía recogido en una coleta que le caía sobre el hombro izquierdo. Vestía una túnica marrón, ya raída y que parecía tener los mismos años que él y unos zapatos de cuero remendados demasiadas veces. Sobre su pecho descansaban las gafas que le colgaban del cuello, atadas por una fina cuerda roja que destacaba sobre el marrón de sus ropas. Entre las manos sujetaba varios libros, todos ellos de vívidos colores y que parecían haber sido encuadernados no hacía mucho.

— Toma chiquilla, ayúdame con esto. —le dijo tendiéndole los libros.

— Maestro, no deberías andar cargando con esto. —le reprochó educadamente ella.

— Tonterías. Si te hiciera caso, tendría que estar anclado a una silla y no moverme “porque soy demasiado mayor”. —aquel comentario sacó una sonrisa de la mujer.

— No he dicho eso. —le dijo mientras le seguía por la biblioteca.

Tras caminar durante un buen trecho, terminaron por aparecer en el centro de la sala. Allí las estanterías se abrían a un amplio espacio vacío con una sencilla mesa de madera en el centro de la sala. Junto a ella había una silla tapizada en un tono verde oscuro y que mostraba el desgaste de quien se sienta en ella.

El anciano apartó los papeles que había sobre la mesa y señaló el espacio que había dejado.

— Déjalos aquí, por favor.

La mujer obedeció y depositó los libros sobre la mesa, mientras el hombre rodeaba el mueble y recogía una pluma y un tintero que estaban al otro extremo. Se sentó en la silla y buscó entre los papeles, hasta que dio con lo que buscaba.

— Toma, échale un vistazo a ver qué te parece. —dijo el anciano, tendiéndole el papel a la mujer. Cuando esta cogió la hoja, el hombre se acercó el libro que estaba más arriba del montón y lo abrió por la página que marcaba la cinta granate que marcaba el lugar de su última lectura.

— Esto… ¿es lo que creo que es? —preguntó sorprendida.

— Si te refieres a si es un hechizo de invocación, sí. —contestó el anciano sin levantar la vista del libro.— Si te refieres a si es para invocar a un príncipe demoníaco. También.

Comentarios

Loading Facebook Comments ...

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.