El Errante. Capítulo 10.

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Héctor
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El desconocido recogió la vaina de su espada y guardó en ella su arma. Antes de hacerlo pasó los dedos por el filo, lo notaba mellado, el combate había desgastado gran parte de la hoja y ya no estaba tan cortante como antes. No era lo que más le preocupaba, sabía que en Moralhern había un herrero y, con el dinero que se embolsaría por terminar su trabajo, podría permitirse un arma nueva. Aunque lo lamentaba, aquella espada ya había dado lo mejor de sí.

Se ajustó el cinturón y se dirigió a la cueva. A su izquierda descansaban los cuerpos de los bandidos que se habían enfrentado a él. Aquellos no supusieron ningún esfuerzo, fue relativamente sencillo enfrentarse a ellos. El problema vino del cadáver que estaba a su derecha. La mujer fue un rival imponente, ya no por su poderío físico, sino por el uso que daba al arma mágica que portaba. Aquel enorme hacha de dos manos, que ella sujetaba y movía con destreza con una sola mano, fue el auténtico reto para él. Por suerte, comprendió la debilidad de aquel arma.

En los últimos envites notó cómo la mujer se ralentizaba unas décimas de segundo. Aquello le sirvió para percatarse que el arma se nutría de la fatiga de su portadora para efectuar los devastadores ataques, por lo que se lanzó al ataque contra ella y la obligó a no detenerse. Esquiva, finta, retroceso, ataques y movimientos rápidos que, aunque a él también le costaron mucho esfuerzo, fueron minando rápidamente la fatiga de la mujer, hasta el punto de ser incapaz de levantar su arma. Fue en el momento en que ella tuvo que echar las dos manos al hacha, comprendiendo que aquel hombre la había derrotado.

Y así fue. No le costó desviar el último ataque con la espada, dejarla descubierta y acabar con su vida allí mismo. Justo cuando el sol terminaba por ocultarse tras la cordillera.

Al entrar en la cueva, no le costó acostumbrar sus ojos a la tenue luz que había dentro. Un par de antorchas alumbraban el campamento de los bandidos. Allí se encontraba el botín de sus robos. Dio un rápido repaso a todo lo que tenía delante pero en ningún momento sopesó quedarse con algo, él no era así. En su lugar, avisaría a las autoridades para que recuperasen el botín y se lo devolvieran a sus dueños. Lo que sí hizo fue apagar las antorchas, ocultar de la mejor forma que pudo el botín y recoger el arma de la mujer. Para ello y evitar el lazo que se creaba entre un arma mágica y su portador, lo movió con el pie hasta que pudo pasar una cuerda bajo ella, la anudó e hizo lo mismo por el otro lado. Tras aquello, la cogió y se la echó al hombro, ajustándose la cuerda y emprendiendo el camino de vuelta a Moralhern.

No le molestaba caminar de noche, mucho menos cuando sabía que la zona era segura. Se encontraba relativamente cerca de la localidad, por lo que los animales salvajes, de seguro, evitarían sus alrededores. El principal problema de circular de noche, sobre todo por caminos, era encontrarse con algún maleante pero aquella zona era conocida por la presencia de los bandidos que acababa de eliminar. Por lo que era lógico pensar que, sabiendo que aquella zona tenía sus “dueños”, ningún otro asaltante tendría en mente llevar a cabo sus actividades delictivas por allí. Con lo cual, hasta que la noticia no se extendiera, caminar por aquel camino era, posiblemente, lo más seguro que él haría esa noche.

No tardó en llegar a las inmediaciones de Moralhern. Las puertas de acceso estaban cerradas, como en muchas ciudades amuralladas por la noche, con lo que rodeó la localidad y se encaminó a la posada que ya había visitado unas noches atrás. El lugar estaba en silencio, ya no se escuchaban las voces animadas que le recibieron la primera vez que abrió aquella puerta. En su lugar, la quietud de la zona fue su única compañera.

El desconocido miró a través de la ventana que daba al frente, dentro solo había oscuridad. Rodeó el edificio y se detuvo en la puerta trasera, donde imaginaba que dormiría el posadero y su familia. Golpeó dos veces la madera y no tardó en recibir respuesta.

— ¿Quién demonios llama a estas horas? —se escuchó desde dentro. Era una voz masculina, no recordaba si era el tono del posadero pero imaginaba que sí.

— Un viajero cansado que busca cobijo. —contestó.

Una pequeña hendidura en la puerta se abrió desde dentro y los ojos adormilados del posadero aparecieron tras ella. Estudió al hombre que había interrumpido su sueño y cerró la abertura para, inmediatamente, abrir la puerta y recibir al “viajero”.

— Eres tú. —dijo como único saludo el posadero.

— Sí. Me alegra que me recuerdes.

— Como para no. —le espetó con tono indignado.— Vaya cuadro me dejaste cuando te fuiste.

— Lamento el inconveniente. Aquellos hombres me atacaron y…

— No me des explicaciones. —le cortó.— Imagino que media docena de hombres no buscan asaltar a alguien por deporte.

Ambos quedaron unos segundos en silencio, sabedores que, ni uno debía dar más explicaciones, ni el otro quería escucharlas.

— ¿Necesitas habitación? —rompió el silencio el posadero.

— Sí. Como la última vez.

— Serán 20 monedas de plata. —el desconocido alzó la ceja, extrañado, al escuchar aquello.— Si me arriesgo a volver a tener problemas como la última vez, al menos sacar algo por ello.

— Me parece justo. —contestó el desconocido, asumiendo su parte de culpa y sonriendo ante la situación.— Aquí tienes. —le tendió las piezas de plata.

— Dame un segundo y te guiaré hasta la habitación que te toca.

El posadero, tras coger el dinero, desapareció dentro de la casa y volvió a aparecer con un pequeño candil y una llave de hierro similar a la de la otra vez. Ambos se dirigieron a la zona donde se encontraban las habitaciones de la posada, en el mismo edificio donde el desconocido fue atacado.

Ninguno de los dos dijo nada en el corto trayecto hasta la habitación. No fue hasta que el posadero se detuvo frente a la puerta y abrió con la llave, que retomase la conversación.

— Es bastante curiosa el arma que llevas. —dijo mirando al enorme hacha.

— No es mía. —respondió el desconocido.

— Si lo fuera, me hubiera parecido aún más curioso.

El desconocido entró en la habitación y se despidió del posadero con un movimiento de cabeza. Este echó a andar de vuelta al resguardo de su cama, cuando estuvo a varios metros se detuvo y se giró.

— Por cierto. —le dijo en tono lo suficientemente alto como para que le escuchase.— Aquí se desayuna al alba.

El desconocido asintió y sonrió agradecido. El posadero reanudó su marcha y el desconocido, en aquella ocasión, se aseguró que la puerta estuviera bloqueada por dentro antes de descansar.

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