El Errante. Capítulo 1.

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Héctor
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Nadie conoce su nombre. No porque nadie le haya preguntado, sino porque cuando le hacen esa pregunta, simplemente sonríe y cambia de conversación. Algunos le llaman “espadachín”, otros “mercenario”, los hay que escupen entre dientes el adjetivo “asesino” pero lo curioso es que ninguno de ellos está muy equivocado. Sí, vende su acero a cambio de unas monedas pero no lo hace ante cualquiera, su moral es clara: hay quienes merecen acabar sus días entre los vivos y hay quienes merecen seguir viviendo.

Son características sus dos espadas, una siempre a la cintura, cuya vaina negra parece absorber toda la luz que le rodea. La otra, al hombro, envuelta en una tela roja y atada con dos cuerdas plateadas. La empuñadura de ese arma es dorada, aunque ha perdido el brillo de apenas usarse. Hay quien dice que nunca ha sido desenvainada pero esa historia sí es falsa, ya que la espada ha sido usada en dos ocasiones. Una cuando se forjó, para comprobar la resistencia del acero que se empleó. La otra cuando tuvo que acabar con la vida de la persona que más amaba. Desde entonces reposa en el interior de la vaina, ya que si la espada volviera a ser usada, él tendría que enfrentarse al espíritu que alberga en su interior, la única criatura que conoce su auténtico nombre y que una vez lo amó hasta la muerte.

En esa ocasión sus pasos le llevaban hasta Moralhern, una pequeña localidad al este del reino de Válasos. Llevaba cuatro días en los caminos, durmiendo a la intemperie y comiendo lo que podía cazar, por lo que al acercarse a Moralhern se dirigió a la posada que había a las afueras de la misma. Era ya tarde, había anochecido un par de horas antes y desde el exterior se veía la luz del interior que se filtraba entre las contraventanas. Se escuchaba alboroto, poco podía saber él que eran las fiestas de la localidad y muchos de los vecinos aprovechaban la posada para celebrarlas. Cuando abrió la puerta las voces se callaron, la música dejó de sonar y el silencio se apropió del lugar.

Las miradas se posaron sobre él. De cuatro largas zancadas se aproximó al final de la barra, donde la luz no parecía incidir y se dejó caer en un alto taburete de madera. Las voces y la música volvieron a llenar la posada y nadie hizo caso de su presencia.

— ¿Qué manda? —dijo el posadero, acercándose hasta donde se encontraba. El hombre, de unos cincuenta años, tenía el mandil lleno de manchas oscuras y las manos llenas de pequeños cortes. Su barba era lo único que mantenía cuidado, orgulloso de lo tupida y negra que aún se conservaba a pesar de la edad.

— Vino templado y un plato de guiso. —dijo el hombre, dejando sobre la barra dos piezas de plata.— Y necesitaré un lugar donde descansar.

— Fuera tenemos dos habitaciones libres. La noche son diez piezas de plata. —le contestó el posadero mientras ponía una jarra de barro sobre la barra y cogía las dos piezas de plata con la otra.

— Me quedo una.

— ¿Trae caballo?

— No. Solo la habitación.

El posadero asintió y vertió el líquido cálido en la jarra. El vapor salía de la boca del recipiente y el hombre puso sus manos alrededor, calentándolas del frío que había traído del camino. Segundos después, un plato de guiso recién sacado de la cazuela que el posadero tenía a la lumbre en la pequeña cocina del establecimiento, saludaba al cansado viajero, que dio cuenta de ello en pocos minutos.

— Esta es la llave. —el posadero esperó a que terminase de comer para acercarse al hombre y tenderle una gruesa llave de hierro.— Su habitación es la primera. Tiene leña junto al hogar, por si quiere calentarse. Y encontrará una palangana con agua, por si quiere asearse.

— Gracias.

— Se paga por adelantado. —fue lo último que le dijo el posadero antes que el hombre abandonase la posada.

Tras entrar en su habitación, el hombre dejó la espada que llevaba al hombro apoyada junto a la chimenea y la de su cintura, junto a la cama. La habitación era espartana, con un camastro, una chimenea con matojos para encender el fuego y leña junto a ella. En un lado de la cama descansaba la palangana que el posadero le había comentado, se encontraba sobre una rústica mesilla con una simple puerta que abrió para comprobar que su interior estaba vacío.

Con la yesca y el pedernal que encontró junto a la chimenea no tardó en prender la llama que rápidamente avivó y alimentó con los primeros trozos de madera. El calor envolvió al viajero y cuando la habitación se había templado, se descalzó y terminó por desvestirse para asearse. Minutos después echaba dos trozos más de madera en las llamas y se tendía sobre la cama. Su espalda se lo agradeció, era la primera noche que podía descansar como se merecía y sus músculos no tardaron en relajarse. Cruzó las manos tras su nuca y cerró los ojos, todavía se escuchaba la música y las voces de la posada pero agradecía no tener que estar alerta como las noches anteriores. No tardó en caer dormido.

El sonido del manillar de la puerta girando le despertó. El fuego ya se había apagado aunque aún se veían brasas en el hogar. Las voces y la música también se habían callado, quizá por eso pudo escuchar el ruido de la puerta. Se maldijo, otras veces solía atrancar la puerta desde dentro pero en aquella ocasión el cansancio le pudo y olvidó hacerlo. Con el mayor cuidado posible rodó sobre sí mismo, saliendo de la cama por el lado opuesto a la entrada y se movió con rapidez para situarse tras la puerta. Cuando esta se abrió, dos figuras entraron y se abalanzaron sobre la cama, hundiendo sendos filos sobre ella. Pero el desconocido ya no estaba allí, había tomado su espada, sacándola de la vaina negra y cerró la puerta de un golpe seco, llamando la atención de ambos asaltantes. Estos se sorprendieron de la presencia del hombre y durante unas décimas de segundo dudaron qué hacer, el primero de ellos se lanzó contra el desconocido, con la punta de su daga por delante pero éste, con un simple movimiento, esquivó el ataque y acabó con la vida del asaltante, hundiendo la espada con facilidad en el pecho de aquel que quiso acabar con su vida.

Por su parte el otro asaltante no tuvo el valor de encararle. Soltó el arma y levantó las manos, dando un par de pasos hacia atrás y quedando con la espalda contra la pared.

— Por favor, no me mate. —dijo atemorizado. El desconocido avanzó, apartó la daga de una patada y apoyó la punta de su espada en el cuello del hombre.

— Quién os manda. 

— No, no puedo decirlo. Me matarían. —se atrevió a contestarle.

— ¿Acaso piensas que yo no te mataré si no me lo dices? —increpó el desconocido, apoyando con más fuerza la espada e hiriendo al hombre, que hizo una mueca de dolor.

— Prefiero morir aquí, sufriré menos que si él se entera que te he dicho nada.

“Él”. El desconocido se dio cuenta que aquel hombre le había revelado más de lo que pensaba. Aflojó la espada y se apartó.

— Sal de aquí, que no vuelva a verte.

El hombre trastabilló al querer salir corriendo pero por fín consiguió llegar a la puerta y salir al exterior. De pronto, el impacto de una flecha, disparada desde la espesura que rodeaba el lugar, le detuvo en seco. El cuerpo inerte cayó hacia el interior de la habitación, el desconocido maldijo. Quien le quisiera muerto había enviado un tercer hombre, puede que incluso algún otro, que esperaba verle aparecer para dispararle. Por mucho que deseara salir y enfrentarse a sus atacantes, si lo hacía seguramente acabaría muerto como le acababa de suceder al otro hombre.

Se mantuvo alejado de la puerta y la ventana, a pesar que la contraventana bloqueaba la visión del exterior. Durante unos segundos todo quedó en silencio hasta que el inconfundible sonido de pasos acercándose le pusieron en alerta. Sus ojos, por fortuna, estaban acostumbrados a la oscuridad por lo que cuando el tercer atacante asomó por la puerta, con un arma en la mano, vio su imagen perfectamente recortada contra la luz de la luna que entraba del exterior. Agazapado junto a la pared donde se encontraba la puerta, el desconocido hundió su espada en el costado del asaltante, atravesando los órganos y acabando con su vida en el momento. Dudaba que hubiera otra persona fuera pero por si acaso, antes de sacar la espada del cadáver, utilizó el cuerpo de éste para cubrirse y echar un vistazo fuera. Vio tres sombras más deslizándose entre los árboles, acechándole.

Sacó la espada y dejó que el cuerpo cayera al suelo. Se protegió de nuevo contra la pared de madera y cerró los ojos, calculando su siguiente movimiento. Sabía que, si alguno de ellos disparaba el arco, podría moverse lo suficientemente deprisa como para rodear la casa y evitar el enfrentamiento directo. Apretó con fuerza su espada y cogió aire para llevar a cabo el plan. Salió de la casa corriendo, rodó por el suelo cuando estuvo ya fuera y escuchó cómo las dos flechas pasaban silbando sobre él. Sin tiempo para que recargasen el desconocido se giró y echó a correr tras la casa, dos nuevas flechas impactaron en la esquina de la pequeña edificación que segundos antes había sido su refugio. Tras adentrarse en el bosque y rodear la zona, el desconocido se situó en la zona cercana a donde había visto a los asaltantes, uno de ellos todavía permanecía agazapado tras un matorral, con el arco apuntando hacia la edificación. Sus dos compañeros habían saltado fuera de su escondite y trataban de encontrar el rastro del hombre al que les habían encargado matar.

El acero acabó con la vida del vigía, que apenas sintió su vida escapar de su cuerpo. Tras este, el desconocido salió al claro frente a las habitaciones de la posada y llamó la atención de ambos hombres. Estos se giraron, sorprendidos de que los hubiera rodeado tan raudamente. Empuñaban sendas espadas, de no muy buena calidad pero iban protegidos por escudos redondos, de madera y metal. Trataron de flanquear al desconocido, cada uno avanzando por un lateral. Éste no se lo puso muy difícil y avanzó despacio, permitiendo que ambos hombres le rodearan. En ese momento, el que se encontraba a su espalda atacó primero, lanzándose con una estocada que apartó con un rápido movimiento de la espada. El choque de los aceros resonó en la noche. El desconocido completó el movimiento dando un giro sobre su pie derecho, alzando la espada sobre su cabeza y descargando un corte mortal en la espalda de su atacante, que terminó en el suelo por la fuerza de su carga.

El otro atacante no se hizo esperar. Al ver que su compañero también había muerto, no se precipitó y avanzó hacia su contrincante con el escudo levantado. El desconocido no mostraba ninguna postura defensiva, simplemente esperaba el momento para contraatacar. Cuando el asaltante estuvo a la distancia correcta, lanzó un corte vertical que el desconocido esquivó dando dos pasos hacia atrás. Otro ataque, esta vez lateral, volvió a cortar el aire donde debía estar el desconocido. Éste se movía grácil, dando pasos muy calculados, esquivando los ataques de su asaltante, que perdían fuerza golpe a golpe. Y fue ya, cuando ambos hombres habían intercambiado sus posiciones originales, cuando el desconocido blandió su espada, desvió el último golpe de su asaltante y lo desarmó. El hombre, temeroso de su destino, se arrodilló frente al desconocido.

— ¡Piedad, por favor! —suplicó entre llantos.

— Quién os manda. —volvió a exigir el desconocido.

— Durant. Durant ha pedido vuestra cabeza. —balbuceó. El desconocido escuchó el nombre. No le era, para nada, desconocido.

— Vete. Desaparece si quieres seguir con vida.

Al escuchar aquello, el hombre soltó el escudo y salió corriendo por el mismo camino por el que, horas atrás, el desconocido llegaba a la zona. Este limpió la sangre de su espada en las ropas del cadáver que yacía más cerca de él y volvió a entrar a la habitación. Sus botas todavía estaban junto a la cama, era aquel momento cuando se percataba que, con el asalto, estaba descalzo. Aquello le sacó una sonrisa, se sentó en la cama y cogió la palangana para limpiarse los pies. Fuera, las primeras luces del alba despuntaban sobre la pequeña localidad de Moralhern.

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