El caso del marido desaparecido

Download PDF
Hector Prieto de la Calle
Hector Prieto de la Calle

Latest posts by Hector Prieto de la Calle (see all)

-1-

Cae la última hora de la tarde, me recuesto en el sillón de mi despacho mientras dejo que el cálido trago del whisky que acabo de beber me recorra por dentro. Tenía que haber dejado de beber hace mucho pero por más que lo intento siempre termino volviendo a caer y compro otra botella del brebaje más barato que haya en la balda del supermercado. Hoy no iba a ser menos, había tenido un día bastante malo y lo que me resulta más fácil es refugiarme detrás del vaso. Para empezar mi casero me había amenazado con echarme de la oficina. Vale, puede que le debiera el alquiler de cuatro meses pero debería fiarse de mi cuando le digo que terminaré pagando… bueno, si es que alguien se digna a contratarme. Luego mi coche me dejó en la estacada, pasaba por debajo del puente de la Cuarta con Royce y el motor dijo hasta aquí. Como no me puedo permitir ni a la maldita grúa tuve que empujarlo hasta la puerta de la oficina. Gracias a los cielos estaba a menos de dos manzanas pero cuando empujas un coche bajo la lluvia, lo último que te importa es que estés cerca o lejos.

Y cuando todo parecía ir cuesta abajo, ella golpeó los cimientos de mi existencia. Acababa de dejar el coche en la puerta de la oficina y entraba en el edificio; mi oficina, para que os hagáis la idea, no es más que un pequeño cuarto con el espacio justo para un sofá, que suelo usar como cama más de lo que jamás quisiera reconocer, un escritorio y un par de sillas. Subía las escaleras calado hasta los huesos cuando al girar y enfilar el pasillo la vi. Nunca podré quitarme aquella imagen de la cabeza, cómo su silueta recortada contra la luz que entraba por la ventana del final del pasillo me absorbió, era… es… una mujer espectacular, aunque no por nada en concreto. No llevaba un vestido despampanante que dejase sus hombros al aire, ni siquiera llevaba joyas que la hicieran parecer ostentosa… no. Era su propio magnetismo, la confianza que tenía en si misma cuando me miró y sonrió al verme. Aquella sonrisa me paró el corazón, era difícil dejar de mirarla, no digamos ya sus ojos, de un tono miel que te hace querer perderte dentro de ellos.  Pero desvarío, no es esto lo que quiero contaros, sólo tened en mente que aquella mujer me hipnotizó, por eso cuando me pidió que buscase a su marido no supe decir que no. Debía de haberlo hecho, la verdad, sobre todo cuando su marido es Ricco Deliani, el hijo de uno de los malditos dirigentes de esta maldita ciudad… ¿se nota por qué tuve que haber dicho que no? Pero no, fui incapaz de decir que no y ahora, sin visos de cobrar, porque inteligente de mi no la dije nada de mis tarifas ni pedí un pago por adelantado, tengo que husmear entre toda la mierda que hay en esta ciudad. Si lo hubiera sabido, de verdad que me hubiese quedado en la cama.

Ahora dejadme que me sirva otra copa de lo que según la etiqueta de la botella es un whisky de 8 años y os cuente cómo sucedió todo y cómo tengo que afrontar ahora lo que se me viene encima. Ella se presentó como Irina Deliani, ya en aquel momento debí haberme echado a temblar pero en lugar de eso la abrí la puerta de mi despacho y la invité a entrar.

— Y bien, ¿qué hace que me espere en la puerta de mi despacho? — no me gustaba dar rodeos en las conversaciones, menos cuando el corazón me iba a tal velocidad que pensaba que iba a salir corriendo de mi pecho en cualquier momento.
— Necesito que encuentre a mi marido. — bien, ella también era directa. — Desapareció hace dos días y temo que pueda estar muerto.

Me senté en mi silla, crucé las manos sobre la mesa y la miré detenidamente. En ese momento estuve apunto de levantarme y consolarla entre mis brazos, pero afortunadamente debía de quedarme algo de sentido común en mi cabeza porque permanecí sentado.

— Señorita, disculpe si le resulto brusco pero su marido, si no ha aparecido en dos días, y tratándose de quién es, efectivamente estará muerto. — ¡Bravo por mi delicadeza!
— Todo el mundo me dice eso, pero no quiero creerles. Por eso he venido hasta usted. Es mi última opción para encontrar a mi marido, sin usted terminaré derrumbándome.

Si hay algo que no soporto, a parte de que me disparen, arrojen desde un edificio o de un coche en marcha, me peguen una paliza, etc. es que una mujer llore. Y ella lo estaba haciendo. No se si eran lágrimas de cocodrilo o realmente yo era su última opción, el caso es que, no se cómo, dije que SI.

— No se preocupe, encontraré a su marido. — dije, sonando mucho más convencido de lo que realmente estaba.

Y sí. Así comenzó todo. De aquello han pasado cerca de 20 minutos y ahora es cuando estoy dándome cuenta de todo. Maldita sea, tengo que buscar al jodido Ricco Deliani, el tipo del que los periódicos cuentan que ha repartido más plomo que la producción de Guinnes de todo un mes. Qué remedio, me tocará hacer algo con mi vida si quiero pagar el alquiler; igual si llamo a Irina y le hablo de mis tarifas, llegamos a un acuerdo. Sea como sea, lo mejor será que deje el vaso vacío de una vez y me lance a la calle, cuanto antes me quite esto de encima, mejor.

Comentarios

Loading Facebook Comments ...

Be the first to comment

Deja un comentario