El Canto del Vampiro

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Capítulo cuarto: El Canto del Vampiro

“Una manoseada novela, en edición popular de seis peniques, aparecía tirada sobre unas manchas de aceite. Mister Pott superó su asco por las hojas grasientas y hediondas y su desprecio por los libros de ficción, y se puso a hojearla. Se trataba de una novela policíaca con sus titulares toscamente grabados en rojo: La Cueva de las Cabezas Cortadas. Puaff! Mr. Pott abominaba esa clase de literatura y se propuso reprender seriamente por ello al poco delicado lector que era el tal Al Binks (…)”

Jean Ray – El Canto del Vampiro

Los chicles de nicotina no se parecen en nada a fumar un pellizco de W.O. Larsen 1864 en mi pipa turca de espuma de mar. Tampoco saben a la sandía que anuncia el paquete. El artículo de hoy existe gracias a que mi librero de confianza se ha aficionado a esta sección y decidió regalarme un libro para que lo investigase. Un librero que regala libros no es de fiar; eso tan solo lo hace mejor amigo y peor librero. El caso es que la novelucha me gustó y me llevó a comprar un lote de segunda mano cuyo vendedor resultó ser miembro de cierta asociación de amigos de los bolsilibros; vendedor que ha pasado rápidamente a formar parte de la red de contactos de The Pulp Hunter (lo de regalar anillos a los ayudantes sale demasiado caro, La Sombra lo sabe…)

Hoy nos visita Harry Dickson con “El Canto del Vampiro” y hablar de esta obra me pone en la tesitura de tener que explicar (al menos por encima) una historia sumamente extraña que trata sobre la existencia y orígenes de las novelas de este tal Harry Dickson. Juro que intentaré ser lo más breve posible.

En primer lugar hay que decir que Harry Dickson ES Sherlock Holmes o, mejor dicho, FUE Sherlock Holmes hasta que a Sir Arthur Conan Doyle se le hincharon las pelotas y decidió reclamar legalmente sus derechos de autoría sobre la obra y el personaje. Es decir, esto que conocemos como “Harry Dickson” nació como una serie de pastiches no oficiales de Sherlock Holmes. Parece ser que en la Alemania de 1907 unos editores se cansaron de esperar que llegasen más historias (oficiales) de Sherlock para traducirlas y publicarlas y decidieron atender la demanda del público encargando a varios autores que escribiesen 230 relatos, empleando en ellos toda la mitología y personajes que hoy se conocen como el “Canon Holmesiano” (por supuesto sin ningún permiso). El título de esta colección fue “Sherlock Holmes und seine weltberühmten abenteuer” (Los casos más famosos de Sherlock Holmes).Tras las demandas de Conan Doyle los únicos cambios que se llevaron a cabo fueron la desaparición del nombre de Sherlock del título de la colección (aunque siguieron usándolo en las páginas interiores impunemente) y la sustitución del Dr. Watson por un joven detective llamado Harry Taxon, que hacía las veces de ayudante.

Con el paso de los años y las sucesivas reediciones y traducciones (hechas de aquella manera muy poco literal, transmitiendo el mensaje de la obra original como quien juega al “teléfono roto”) llegamos a Diciembre de 1927, momento en que se publica la edición holandesa bajo el título “Harry Dickson de Amerikaansche Sherlock Holmes” (Harry Dickson, el Sherlock Holmes Americano). Es decir, 20 años después de su creación, tras no sé cuántas ediciones y después de haber sido traducido al menos a 5 idiomas diferentes, nuestro Sherlock pastichero ya había cambiado de nombre (posiblemente heredando una versión de oídas de su sidekick Harry Taxon) y de nacionalidad (ahora resulta que es americano, aunque se haya criado en Londres y siga viviendo en el 221B de Baker Street). La edición holandesa no llegó a traducir la colección completa de relatos y debido al cambio de nombre del protagonista hubo que renombrar también a su ayudante, que acabó llamándose Tom Wills.

El último episodio de esta historia tiene como protagonista a Jean Ray (pseudónimo literario de Jean Raymond Marie de Kremer), escritor de relatos fantásticos y de terror. Un buen día de 1928 le pidieron que tradujese la (ya mutilada) edición holandesa al francés para su distribución en Francia y Bélgica. Jean Ray se lee la colección de relatos, opina que son una mierda (aunque reconoce que tienen potencial) y decide NO traducirlos, sino reciclar los títulos y aprovechar las portadas para escribir sus propias versiones y relatos (tócate los huevos “traduttore: traditore”). Yo tengo la teoría de que Ray no entendía ni papa de neerlandés y andar todo el día con el diccionario le resultaba un coñazo. Esta edición franco-belga cachonda redux contó con 178 novelas, que se publicaron regularmente hasta Abril de 1938.

Una vez establecidas las bases y precedentes, tratemos la obra en cuestión: “El Canto del Vampiro” se publicó originalmente en 1934 como “Le Vampire qui Chante” ocupando el número 117 de la edición franco-belga publicada por Hip Janssens. Mi copia, en este caso, es la edición en castellano (de portadas horriblemente feas) divulgada por Ediciones Júcar en 1972, siendo el número 1 de su serie dedicada a Harry Dickson. Ojo al detalle: la traducción al castellano fue realizada por J.M. Caballero Bonald, poeta jerezano, ex miembro de la RAE y Premio Cervantes, no digo más.

La historia comienza con Harry Dickson y compañía haciendo una visita de cortesía para tomar el té junto con las principales personalidades de Marlwood, un pueblo de la campiña inglesa que parece detenido a finales del siglo XVIII. Allí tiene la oportunidad de poder poner cara a los que serán los principales sospechosos de la trama (es la típica reunión del Cluedo en clave de whodunnit). Con el pasar de las páginas descubrimos que Dickson y su ayudante han sido enviados a estudiar sobre el terreno un par de asesinatos. La gente de la zona parece relacionar los asesinatos con una vieja canción que cuenta la leyenda de Sir Halewyn, un hombre horriblemente feo y deforme que tenía la capacidad de atraer a la gente con su dulce canto. El asesino (que en ningún momento explican por qué se presume que es un vampiro, si no ha vuelto de entre los muertos, jamás bebe sangre, no huye de la luz ni de los objetos sagrados, no duerme en un ataúd, ni tan siquiera es una criatura sobrenatural…) tiene la excentricidad de anunciar su llegada y sus ansias de matar cantando una hermosa canción con voz de barítono que pone los pelos de punta a las posibles víctimas y así les hace huir despavoridos. La llegada de Dickson al pueblo parece que provoca que rápidamente comiencen a sucederse una serie de asesinatos (uno cada noche) en los que el degollador va acabando con la vida de los prohombres del pueblo, de uno en uno y siempre en zonas boscosas y apartadas. A lo largo de la trama hay un par de falsos culpables que dejan de ser sospechosos tras otros ataques del asesino. Finalmente Dickson tiende una elaborada trampa (que incluye un ritual con 4 conejos desollados y un caldero) al asesino para que se desenmascare por sí solo durante una obra de teatro, sin explicar al lector en ningún momento cómo o por qué llega Dickson a la conclusión de que el asesino estaría allí y es quien resulta ser (un personaje ausente el resto de la trama). Aviso que el siguiente párrafo está lleno de spoilers así que destriparé el final del asunto.

Gracias a la mencionada trampa Dickson descubre que el asesino es un retrasado mental (sic) hijo de una hermosa cantante de ópera con ínfulas que se estaba acostando con todos los tíos que tenían dinero del pueblo. La madre, amante cotizada por todos, utiliza a su hijo como herramienta para matar a las víctimas pero ella es el cerebro, planeando los ataques e indicando el lugar y el momento adecuado. Al final ella misma muere a manos de su hijo en una suerte de extraña justicia poética que no queda demasiado bien planteada en la novela.

Bien, una vez dicho esto quiero que sepáis que tengo la certeza de que Tim Burton fusiló la trama de “El Canto del Vampiro” en el guión de su película Sleepy Hollow (1999). Siempre me gustó esta película pero jamás entendí por qué Burton había convertido a Ichabod Crane (un maestro de escuela de pueblo) en un detective de ademanes victorianos llegado de la gran ciudad. Pero si la película es una adaptación cinematográfica basada en este libro todo encaja como en un puzzle cósmico y os lo voy a explicar: La propia localidad de Sleepy Hollow (Vaguada Soñolienta) tiene muchísimas similitudes con Marlwood, las descripciones parecen calcos de la obra de Washington Irving. Podría ser una mera coincidencia, sin duda la vida campestre británica es un mito que ha pervivido hasta la Comarca de Tolkien. Pensé en meras casualidades pero más tarde en la trama las similitudes vuelven a aparecer de forma clarísima: Comienzan con una cena y la llegada del detective. En dicha cena se relata la historia del ser sobrenatural de orígenes centroeuropeos que acaba con sus víctimas de una forma muy particular. El detective protagonista tiene como ayudante a un joven muchacho y juntos pasan muchas horas en el bosque. La verdadera asesina es una mujer de mediana edad ávida de poder que seduce a todos los prohombres de la aldea y utiliza/controla/domina al asesino descerebrado, que no es sino una mera herramienta para sus fines. Ella le ordena los objetivos, él los mata sin pensar. Todos los muertos han sido sus amantes pero ninguno lo confiesa por vergüenza, ni siquiera ante la amenaza de una muerte inminente que no tarda en llegar. Incluso contamos con que el asesino es un ser irracional, que termina acabando con su antigua dueña gracias a una cucharada de su propia medicina… La verdad es que me extraña que sea yo la primera persona que se ha dado cuenta de esto, pero no consigo encontrar información en internet que relacione ambas obras.

A lo mejor los chicles de nicotina no me hacen bien.

LO PEOR:

  • Poner la palabra “vampiro” en el título sin que haya la más mínima sombra de vampirismo en la trama resulta decepcionante y desemboca en un final propio de capítulo de Scooby Doo. Nos consta que el vampirismo vendía en la época, es un gancho como cualquier otro para atraer posibles lectores.
  • Harry Dickson no puede evitar que se le compare con Sherlock Holmes, y el método deductivo-inductivo del segundo estaba más trabajado. No se entiende por qué Dickson llega a las conclusiones que llega. El giro final parece más una apuesta arriesgada seguida de un golpe de suerte y los únicos sospechosos que elimina son aquellos que van muriendo a manos del asesino.
  • Lo leí de una sentada pero antes de terminar el último capítulo me venció el sueño. Esa noche la intriga me hizo soñar con distintos finales posibles y, por desgracia, todos eran mejores que el que tiene la novela. Uno de ellos incluía gorilas (se menciona a una familia de gorilas escapados como posibles culpables de los crímenes, quizás una referencia oscura a Poe), otro con múltiples asesinos (uno que cantase mientras el otro mataba, ubicados en diferentes lugares para despistar al investigador), otro con robots y finalmente otro con zombies. Tengo la cabeza echada a perder.

LO MEJOR:

  • Me gusta este Sherlock pastichero que no tiene miedo en llegar uno o dos pasos más allá que el canónico. Más que a los Pulps recuerda a los Penny Dreadfuls porque tiende a recrearse especialmente en las escenas gore de degollamientos y cabezas reventadas (sic).
  • El estilo con que está escrita la novela. Aquí es muy complicado no dar palos de ciego porque la obra es de 1934 y la edición española de 1972. Dudo mucho que el tono en que está redactada sea el de un belga de los años 30, por lo que posiblemente la traducción de Caballero Bonald quizás sea una adaptación, al menos en lo tocante al estilo.
  • Un ejercicio de metaliteratura muy divertido donde aparece un bedel del ayuntamiento de Marlwood leyendo una novelita de 6 peniques sobre asesinatos y desmembramientos, y se le reprocha su mal gusto por ello haciendo hincapié en lo macabro de las ilustraciones de portada e interiores. No es una ruptura de la cuarta pared, pero sin duda arrancaría una sonrisa a los labios de cualquier lector de la época.
  • Aunque le cambien el nombre sigues reconociendo a Sherlock Holmes en gestos, situaciones y frases. Y es que a mí me encanta Sherlock Holmes, pero no sé hasta qué punto esto es positivo o negativo para el libro.

EL VEREDICTO

Esta novelita nos ha dado muchas ganas de leer más sobre Harry Dickson y sus extrañas aventuras, pero seguro que las hay mejores. Por este y otros motivos The Pulp Hunter otorga a “El Canto del Vampiro” una puntuación de 3 antifaces sobre 5.

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