Decisiones

Una aventura de Jonny Battery

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Juan Andújar Molina

Juan Andújar Molina

Pues poco puedo decir de mi, me gusta el rol, leer, los videojuegos y muchas cosas más.
Y cómo no tengo bastante con la falta de tiempo que ya tengo de por sí sólo con vivir, pues me meto a hacer cosas para esta gente.
Juan Andújar Molina

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Sentía un intenso dolor en la cabeza y un pitido en los oídos; al abrir los ojos todo estaba lleno de lucecitas. Se llevó la mano tras la cabeza y notó el bulto, pero al menos no había sangre.

Se levantó lentamente, con cierta dificultad. Miró a su alrededor pero no había nadie, tanto Jonny como el doctor Simons habían desaparecido; es desgraciado de Jonny, tenía que haber sido él, pero ¿por qué?

Susan salió de la nave, aún desorientada y subió a su coche, al menos no se lo habían llevado, aunque dudaba que Jonny supiese conducir; cerró los ojos y soltó un suspiro, desde que le asignaron a Jonny Battery su vida como policía se había convertido en un infierno, pero estaba claro que aquel marrón iba a ser cosa suya antes siquiera de que el capitán anunciase que iba encargar a alguien que se encargase de aquél tipo en exclusiva.

Alargó la mano a la guantera y sacó una petaca casi vacía, la abrió y olor a whisky barato la hizo arrugar la nariz, dio un trago y tiró la petaca vacía al asiento del copiloto; cerró los ojos y comenzó a frotarse el puente de la nariz, intentando relajarse.

Luego estuvo el cambio de la alcaldesa Lloyd, quien públicamente condenaba a aquel tipo que iba haciéndose el héroe llamó a la agente encargada de todos los desastres que ocasionaba; en un principio Susan pensó que sería para echarle una reprimenda por no haberlo detenido, o quizá para preguntarle si necesitaba ayuda, que la necesitaba, pero no, «ayúdalo, haz que lo tenga lo más fácil posible»; esas fueron las palabras de Mary Lloyd, la misma mujer que el día anterior había declarado que estaban haciendo todo lo que podían para detener a aquel tipo.
Susan arrancó el coche, que parecía pedir la muerte cada vez que lo hacía, y condujo hacia su casa.

Normalmente subir a pie los siete pisos no le suponía ningún problema, pero en aquel momento pensó que no lo iba a conseguir, abrió la puerta, levantando y ajustando la llave en el punto exacto, algo que tardó varios meses en aprender; y el hedor a viejo y a humedad le dio la bienvenida.

Pulsó el interruptor y la bombilla parpadeó, el apartamento consistente en baño y habitación/salón/cocina estaba totalmente desordenado, la ropa tirada sobre el colchón que tenía en el suelo, los únicos 3 platos que tenía sucios sobre el hornillo, donde la única olla de la casa tenía una comida reseca que ni siquiera recordaba haber preparado.

Cogió una botella de whisky y se sentó en el colchón, dio un trago y se acercó el teléfono; marcó y esperó a que respondieran. Observó el cuchitril en el que vivía, cualquiera diría que con su trabajo ganaría un sueldo para permitirse una casa decente, pero su padre ya le advirtió que no fuese policía, que buscase cualquier otra cosa, pero ella, por supuesto, no le hizo ningún caso; al menos no vivió para verla en esa situación. Cuando sus padres se separaron aún estaba en la academia, y su padre murió unos meses después, su madre vendió la casa familiar y se largó.

Al otro lado del teléfono una voz somnolienta interrumpió sus pensamientos.

—Tom Talts al aparato – por alguna razón Talts siempre respondía de la misma forma. – Espero que sea importante, porque estaba teniendo unos sueños preciosos.
—Hola Talts, soy Susan Summers.
—Agente Summers, ¿a qué debo el placer?
—Necesito encontrar a Jonny Battery. — El tono de Susan fue totalmente inquisitivo.
— ¿No estaba en la central eléctrica?
—Estaba, pero ahora no, y es urgente que lo encuentre.
—De acuerdo, haré unas llamadas, nos vemos en una hora en el Hookers.
—Talts, he dicho que es urgente.
—De acuerdo, media hora.

Susan colgó el teléfono, dio otro trago y salió hacia el Hookers.

Talts llegaba ya con 15 minutos de retraso, y el Hookers no era el lugar más agradable del mundo, las camareras se exhibían como un reclamo, una camiseta blanca ajustada con un escote que no dejaba mucho a la imaginación y un pantaloncito azul que no llegaba a taparles el culo era el uniforme de todas aquellas chicas que apenas llegarían a los 20 años y estaba claro que no habían podido encontrar un trabajo mejor.

Talts se sentó de un golpe junto a Susan, aquella cara suya, completamente arrugada, la calvicie y el hedor a tabaco hacían que Susan sintiese algo parecido al desprecio cada vez que lo veía, y su carácter no ayudaba.

—Perdona que llegue tarde, no ha sido fácil.
—Bueno, qué tienes. —Susan estaba deseando salir de ahí y ya había esperado demasiado, no sabía que estaría haciendo Jonny con Simons.
—Tranquila, déjame espabilarme.

Tom hizo un gesto a una camarera, una chica rubia, con cara de niña.

—Hola Connie, ¿cómo estás guapa?
—Estoy bien Tom, ¿qué te pongo? —Susan pudo notar cómo Connie intentaba disimular el asco que sentía hacia Talts.
—Un café Connie, y tu número de teléfono.
—Un café. – La chica apuntó el café en su libreta e ignoró el comentario de Talts.

Cuando se alejaba Talts le dio una palmada en el culo y se quedó observándola hasta que la perdió de vista.

—Bien, siento decirle, agente Summers, que no tengo ni idea de dónde puede estar Jonny Battery.

Susan arqueó una ceja mirando a Tatls a los ojos, contuvo las ganas de soltarle alguno de los cientos de insultos que se le pasaron por la cabeza y habló lo más comedidamente que pudo:

—Bien Talts, ¿pero puedes darme algo con lo que empezar?
—Pues aparte de que lo mi contacto lo mandó a la central eléctrica, no sé… —Talts miró al vació, apagó el cigarro y volvió a encender otro, aguanto el humo un buen rato en los pulmones y comenzó a hablar mientras lo dejaba salir. – El otro día le di una lista con una serie de doctores que habían tratado la enfermedad del puerto, pero no sé si llegó a hablar con alguno.

Talts cogió una servilleta y comenzó a anotar los nombres y teléfonos que ya le había dado a Jonny; Susan la cogió y se marchó. Camino a la puerta se cruzó con Connie que llevaba el café de Talts, le dijo adiós, pero su mirada parecía más bien decir «por favor, sácame de aquí»; pero ¿qué podía hacer Susan, si apenas podía ayudarse a sí misma?
En la puerta Susan introdujo una moneda en la cabina y comenzó a marcar los números de la servilleta.

Barrows evitó en todo momento preguntar quién era aquel hombre, sabía que lo iban a condenar, pero siendo Jonny Battery quien era, suponía que se trataría de algún tipo de delincuente.
Entraron por la puerta de servicio del Hospital Central, a esas horas apenas había personal salvo en urgencias. Los guió hasta uno de los almacenes, donde había dejado aquella máquina, pensando que jamás la usaría.

Jonny esperaba cualquier cosa menos ir a un almacén polvoriento del Hospital Central, pero ahí estaban, en una habitación llena de cajas amontonadas y cubiertas de polvo, y en la pared del fondo un artilugio formado por dos camillas cubiertas por sendas cúpulas de cristal, de las que salían una serie de cables que se unían en un aparato cubierto de tubos y recipientes de cristal. La doctora Barrows enchufó la máquina a la corriente y esta comenzó a emitir una serie de pitidos.

—Tardaré un rato en dejarlo todo listo, mientras vayan desnudándose y tumbándose en las camillas, usted en la número uno. —Dijo dirigiéndose a Jonny.
— ¿Es totalmente necesario que me desnude? —Desnudarse era lo último que Jonny quería hacer.
—Y si llevan anillos, collares o cualquier otra cosa quitensela también, no debe haber ningún elemento ajeno a sus cuerpos.

La doctora Barrows comenzó a ajustar la máquina, revisando que todo estuviese bien y cambiando el contenido de los recipientes. Simons miró a Jonny, resignado y consciente de que la desesperación de aquel hombre era suficientemente grande como para haber perdido su humanidad y condenar a otra persona para salvarse, comenzó a desnudarse y se tumbó en la camilla con un número 2 en ella.

Jonny comenzó a quitarse el traje, empezando por los guantes y las botas; antes de quitarse la máscara se detuvo, pensativo; jamás había descubierto su identidad ante nadie, pero no le quedaba otra. ¿Qué haría después? Simons estaba condenado, así que acabar con él quizá fuese incluso clemente, pero Barrows, no quería matar a una inocente, pero tampoco podía dejar que desvelase quien era en realidad.

Se retiró la máscara, por supuesto los doctores observaron y, como era de esperar, su cara mostró una gran sorpresa; siguió quitándose el resto del traje y quedándose totalmente desnudo, la doctora Barrows continuó con su trabajo, pero Simons le miraba como le miraban el resto de los hombres, intentó cubrirse todo lo que pudo con sus manos y se dirigió a la camilla sin mirarlo.

Barrows cerró las cúpulas de ambos y se dirigió a los mandos, antes de comenzar miró a Jonny y le pregunto: — ¿Estás segura de querer hacer esto?

Jonny sólo afirmó con la cabeza, Barrows pulsó un botón y todo se volvió de un rojo intenso, Jonny notó todo el cuerpo arder, como si cada célula de su cuerpo explotase, el dolor era insoportable. Intentó moverse, salir de aquella máquina, pero no sabía si lo estaba haciendo, sólo sentía el dolor, hasta que dejó de sentir nada.

Susan llevaba más de una hora al teléfono, y no había conseguido que nadie le dijese nada sobre Jonny salvo que no habían podido ayudarle; así que decidió intentar localizar a las personas con las que no había podido hablar.
Hacía unas horas que había amanecido cuando Susan llegó al Hospital Central buscando a la doctora Elisabeth Barrows, pero según le había dicho el recepcionista esa mañana llegaba tarde.
Lo bueno de ser agente de policía en la ciudad era que no había que dar demasiadas explicaciones para que te dejasen pasearte a tus anchas por cualquier lugar, con un “asuntos policiales” solía bastar.
En la consulta de la doctora Barrows no había nada que pudiese indicar dónde se encontraba, salvo las nóminas de una clínica privada. Susan llamó al teléfono que figuraba en los papeles, pero le informaron de que Barrows sólo trabajaba en turno de tarde en la clínica y que no la habían visto desde el día anterior; además de que debido a los terremotos la clínica permanecería cerrada unos días.

Susan colgó el teléfono y decidió dar un vuelta por el hospital; gente enferma, muchos accidentados a causa de los terremotos, pero nada sobre Barrows. Antes de salir del hospital decidió meter la nariz en el sótano, varias habitaciones donde se almacenaba de todo tipo de material hospitalario, la mayoría cubierto de polvo, componían la distribución del sótano. De una puerta entreabierta salía una luz, la única que Susan había visto. Se acercó lentamente, intentando ir todo lo silenciosamente que le era posible, y se detuvo antes de entrar, intentando oír algo dentro; silencio. Cogió la pistola que llevaba al cinturón y empujó con el hombro la puerta, atenta a lo que pudiese encontrar ahí dentro.

Una mancha de sangre cubría parte de la pared, y bajo una camilla cubierta por una cúpula de cristal hecha añicos se formaba un charco rojo. Susan se acercó despacio, observando todo en la habitación. En el suelo vio un traje que reconoció como el de Jonny Battery, al mirar en la camilla pudo ver al doctor Simons, totalmente desnudo y con un agujero de bala en la cabeza. Con la espalda apoyada en la pared una mujer tenía varios agujeros en el pecho, pero no había ni rastro de Jonny.

Una agradable sensación le recorría todo el cuerpo, un calor agradable. Al abrir los ojos vio el ventanal por el que entraba una cantidad de luz que jamás habría imaginado que pudiese haber en aquella ciudad, de hecho no recordaba que jamás hubiese habido un día realmente soleado. Estaba tumbado en una cama enorme, con sábanas blancas y suaves, la almohada más mullida y cómoda que había visto nunca, nada que ver con el sofá en que solía dormir; cuando comenzó a espabilarse fue consciente de que algo iba jodidamente mal, no sabía dónde estaba ni cómo había llegado ahí, lo último que recordaba era meterse en la máquina de la doctora Barrows.

Se incorporó en la cama y miró a su alrededor, estaba en una habitación enorme pero prácticamente vacía, sólo la cama, un pequeño armario y un sillón en el que había un hombre sentado, leyendo un libro. El hombre apartó la vista de su lectura al percibir el movimiento de Jonny y dejó el libro en el brazo del sillón, sonrió a Jonny.

—Por fin despierta. —Miró un reloj de pulsera —. Lleva casi 9 horas durmiendo, ehhh… — Dudó sobre qué palabras usar. —Jonny Battery.

Jonny se llevó la sábana hasta el cuello en un intento de protegerse de alguna forma – ¿quién cojones es usted y cómo he llegado hasta aquí?

—No hace falta perder las formas señorita Battery…
—Señor Battery. – Interrumpió Jonny bruscamente; su interlocutor lo miró extrañado, pero supuso que no entendía las excentricidades de aquella chica.
—De acuerdo, señor Battery. — Continuó —. Mi nombre es Terry Vimes, candidato a alcalde; supuse que sabría quién soy, así que supongo que debo hablar seriamente con mi asesor de imagen.

Vimes se levantó del sillón y se dirigió hacia la ventana, era un hombre joven, alto y atlético, vestía un traje de chaqueta, a pesar de que hacía algo de calor para eso, y corbata, todo de un corte clásico. Miró al horizonte y se llevó las manos hacia atrás, agarrando una con la otra.

—Señor Battery, está usted aquí porque necesito su ayuda, quiero que entienda que si le estoy pidiendo esto es porque ya he agotado todas las alternativas a mi disposición, y le aseguro que no son pocas.

Vimes dio media vuelta y miró a Jonny directamente a los ojos, el candidato tenía una mirada penetrante, dura, segura de sí misma, pero lo que más sorprendió a Jonny es que Vimes no lo miraba como lo miraban el resto de hombres con los que se había cruzado, lo que, al contrario de lo que habría esperado, le provocaba una especie de miedo.

— ¿Puedo contar con su ayuda entonces? — Preguntó Vimes.
—Lo siento, pero no.
—Vamos señor Battery, ni siquiera sabe qué le voy a pedir.
—Tampoco necesito saberlo, ahora, por favor, deme mi traje y me marcharé de aquí.
—En cuanto a su traje ha habido un pequeño problema, pero están solucionándolo en estos momentos.
—¿Cómo que un problema? — La voz de Jonny estaba claramente alterada.
—Los hombres que le trajeron aquí fueron tan despistados como para dejar su traje en el Hospital Central, pero han ido a por él, le pido disculpas por tal inconveniente. Y lamento decirle — continuó Vimes — que no le queda más remedio que prestarme su ayuda.
—¿Y eso por qué?

Una pequeña sonrisa se dibujó en la cara de Vimes, haciendo que a Jonny lo recorriese un escalofrío. – Para empezar porque creo que el hecho de conocer su verdadera identidad me da algo de poder sobre usted, además el cadáver del doctor Jaccoby Simons será descubierto en algún momento, y creo que la detective Susan Summers tiene la certeza de que usted es la última persona que estuvo con él. Sin embargo, si usted me ayudase a mi lo le podría ayudar a usted en ese aspecto.

Jonny miró en silencio a Vimes, siempre había pensado que las personas dedicadas a la política no eran buenas personas, pero aquel hombre desprendía una maldad inquietante. No sólo había matado, o hecho matar más probablemente, a un hombre, sino que lo decía como si fuese lo más normal del mundo, como si la vida de una persona no importase nada. Si era cierto que él mismo había condenado a la misma persona a una muerte segura, pero él al menos sentía remordimientos.

—Bien, supongamos que acepto ayudarle, ¿qué quiere que haga? —Preguntó Jonny.

Vimes se sentó de nuevo en el sillón, acomodándose en el respaldo; observó a Jonny durante un momento y comenzó a hablar:

—Verá señor Battery, he tenido problemas con uno de mis empleados, se ha convertido en un inconveniente y necesito pararle los pies. No me malinterprete, por favor, no me estoy refiriendo a matarlo ni nada por el estilo; aunque si fuese necesario tampoco tendría inconveniente.

Este empleado ha decidido usar los recursos que yo le proporcioné en su propio beneficio y, sabiendo que no es algo que tuviese permitido, ha decidido esconderse; y puedo asegurarle que lo hace muy bien, señor Battery. Además de haberme visto traicionado por esta persona, está usando estos recursos de una forma que no apruebo y que además pone en peligro a los ciudadanos de esta ciudad, y como supongo que comprenderá, los votantes son importantes para mí.

—Y si tan bien se esconde, ¿cómo pretende que yo lo encuentre? Doy por hecho que posee usted muchos más recursos que yo en ese aspecto.
—Y no se equivoca. —El orgullo brillaba en los ojos de Vimes —. Pero tiene usted ciertos contactos a los que yo no tengo acceso, y han demostrado que estos temas se les dan soberanamente bien.

Jonny repasó las palabras de Vimes, sabía perfectamente que se refería a Tom Talts y Susan Summers; sin embargo sabía que no iba a ser buena idea pedir favores a Susan en una temporada, y no sabía cómo reaccionaría Tom cuando se enterase de lo que había hecho.

Alguien llamó a la puerta y Terry Vimes se disculpó saliendo de la habitación. Jonny se levantó de la cama y se acercó al sofá, Vimes estaba leyendo “El gran Gatsby” de F. Scott Fitzgerald; ni idea de qué iba ni quien era el autor. Empezó a repasar los últimos días, todo se había torcido de una manera que no podía apenas creer, cada vez había más chalados en la ciudad que podían usar tecnologías avanzadas para hacer fechorías y su vida se había convertido en un caos, había decidido por voluntad propia condenar a un hombre a la muerte para salvarse él, había atacado a Susan que, si bien no podía considerarla una amiga, sí que había demostrado estar de su parte; y ahora estaba a punto de aceptar trabajar para Terry Vimes, quien estaba claro que no era de fiar. ¿Cómo había podido llegar a esto? Si sólo se hubiese quedado encerrado en casa en lugar de decidir ponerse ese maldito traje y dedicarse a hacerse el héroe.
La puerta interrumpió sus pensamientos al abrirse, Vimes cerró tras de sí.

— ¿Le gusta leer, señor Battery? —Preguntó Vimes señalando al libro que aún tenía Jonny en las manos.
—No, sólo estaba curioseando.
—Dicen que la curiosidad mató al gato. —Dijo Vimes con una sonrisa. Jonny dejó el libro y se sentó en la cama, Vimes hizo lo mismo en el sillón —. Me temo que le traigo malas noticias, mis hombres no han podido recuperar su traje, lamentablemente cuando volvieron a por él la policía había acordonado la zona, he pedido que le traigan algo de ropa.

Unos minutos después un hombre entró con algo de ropa y una carpeta. Vimes explicó a Jonny que ahí estaba todo lo que necesitaba saber sobre su objetivo y lo dejó sólo para que se cambiase. – Cuando termine James le acompañará a la salida, hágame saber sus avances con la mayor brevedad, por favor.

Ya en casa Jonny se vistió el mono de trabajo y empezó a montar otro traje, dudaba mucho que la policía se lo devolviese por las buenas, y de todas formas sólo le llevaría unas cuantas horas y además le ayudaría a distraerse.

En los documentos que le había dado Vimes se veía la foto de un chico de apenas quince o dieciséis años, con la mirada perdida. Se trataba de Gus Phillips, y por lo que decían los papeles tenía la capacidad de meterse en la cabeza de otras personas y obligarlas a hacer lo que él quisiese. Los documentos no decían nada sobre el trabajo que había estado haciendo para Vimes, pero sí que desde que huyó se dedicó a hacer que personas con cierto poder económico dejasen enormes cantidades de dinero en efectivo en lugares que luego no podían recordar. Estaba claro que el chico estaba usando sus poderes para enriquecerse, y posiblemente sus víctimas fuesen importantes para la campaña de Vimes.

Jonny cogió el teléfono y marcó los números:
—Tom Talts al aparato, ¿con quién tengo el placer?
—Hola Tom, soy Jonny.

Durante unos segundos sólo se oía el silencio a través del teléfono.

—Hola Jonny. —Dijo al fin Tom —. Parece que la has liado a base de bien, la agente Summers ha emitido una orden de búsqueda contra tí. ¿Se puede saber qué pasa?
—Es complicado Tom, sólo puedo decirte que tenía que hacerlo.
—Mira Jonny. —El tono de Tom era severo —. No sé qué cojones ha pasado, Summers no me ha dicho nada, pero estoy seguro de que ha sido una cagada por tu parte, y bien gorda, así que haz el favor de llamarla y arreglar las cosas, ¿de acuerdo?
—Si Tom, pero necesito tu ayuda.

Tras escuchar todo lo que Jonny le habías dicho Tom aceptó ayudarle y colgó el teléfono «¿cómo cojones hacía ese tal Gus para obliga a aquellos peces gordos a darle el dinero y quedarse tan tranquilos?», se recostó en la silla de su escritorio y observó el salón, totalmente vacío salvo por el escritorio, la silla y todos sus artículos enmarcados colgados de las paredes; muchas veces había pensado que debía amueblar la casa, pero nunca había tenido ganas ni tiempo. Encendió otro cigarro y miró el techo que alguna vez fue blanco, pero que ahora tenía ese marrón que da el humo del tabaco a las paredes, del centro colgaba un cable con una bombilla, dando una sensación de desnudez que hacía sentir escalofríos a Tom, lo que sí tenía que hacer pronto era poner una lámpara.
Se levantó y fue al baño, aplastó la colilla contra el cenicero y encendió otro cigarro; se miró al espejo, su cara estaba cubierta de arrugas, desde hacía años lo había estado; alguien le dijo alguna vez que era de tanto fumar, pero eso eran pamplinas. Observó los pelos que ya le empezaban a crecer en la cara y la cabeza y comenzó a afeitarse, sin dejar de fumar; en cierta forma se sentía orgulloso de aquello, no todo el mundo podía fumar y afeitarse a la vez.
Soltó la última calada contra el espejo y se lavó la cara, observó sus ojos cerca del espejo y sintió cómo sus ánimos flaqueaban durante un momento, recordó la soledad que sentía cada día, cómo sentía que a pesar de haber triunfado en su carrera su vida no le merecía la pena. Se deshizo de esos pensamientos y encendió otro cigarro. Fue de nuevo al salón y vació el cenicero a rebosar de colillas de su escritorio, tomó su agenda y el teléfono y comenzó a hacer llamadas.
Cuando terminó el cenicero volvía a estar lleno, pero no era consciente de haber fumado tanto. Había decidido ducharse y ponerse ropa limpia cuando sonó el teléfono, su contacto en el Second Bank le avisó de que alguien estaba retirando una gran cantidad en efectivo, Tom cogió su cámara, las llaves y el tabaco y salió corriendo.

Cuando Tom entró al Second Bank el tipo aún estaba haciendo las transacciones, su contacto había conseguido entretenerlo lo suficiente inventándose unas nuevas medidas de seguridad. El tipo salió con un maletín repleto de dinero y Tom lo siguió, intentando que no lo viese. Tras varios kilómetros a pie llegaron a una construcción abandonada, muchas habían quedado así en los últimos años debido a la desbandada de ciudadanos, poca gente quería vivir en esa ciudad, y si alguien tenía la oportunidad se largaba.
El hombre del maletín lo dejó entre unos escombros y se marchó como si tal cosa, Tom por su parte decidió esperar a ver qué pasaba.
Unas horas después apareció una mujer de unos cincuenta años, con aspecto de ama de casa, un vestido de flores, rulos, zapatillas y un delantal. A Tom le resultó totalmente surrealista que aquella mujer saliese así a la calle, pero aún más extraño le pareció que fuese directamente a donde estaba el maletín, como si supiese exactamente dónde estaba. La mujer echó a andar con el maletín en una mano y Tom la siguió.
Llegaron hasta uno de los barrios de yonkis de la ciudad, Tom tenía un mal presentimiento y no terminaba de entender lo que estaba pasando, ¿qué hacía aquella mujer en esa zona llena de delincuentes? Además llevaba un tiempo con la sensación de que alguien más los seguía. La mujer entró en un edificio y Tom se acercó a una cabina para llamar a Jonny, tuvo suerte, por lo general las cabinas de esos barrios no funcionaban; mientras hablaba con Jonny la mujer salió del edificio sin el maletín y se perdió tras una esquina. Tom decidió esperar a Jonny, sabía que la noticia estaba ahí.

Cuando Jonny llegó Tom estaba escondido en un callejón con el suelo cubierto de colillas, se asomó sin que lo viese, de un coche cercano salió Susan Summers con la pistola en la mano, se acercó a Jonny y le apuntó directamente a la cabeza.
—Alto, queda detenido, Jonny Battery. —Gritó Susan con tono inquisitivo. Jonny se dio media vuelta.
—Ahora no tengo tiempo Susan, déjame acabar esto y luego hablamos.
—No Jonny, se acabó, te has pasado, hay dos personas muertas y tú eres el principal sospechoso, además que noqueaste, joder. —Susan estaba realmente cabreada, pero lo que realmente le dolía era sentirse traicionada por él.
—Me estaba muriendo, ¿qué habrías hecho tú?.
—No lo sé, pero no lo mismo que tú, no habría matado a nadie, habría buscado otra solución, pero sobre todo no habría atacado así a una… —Susan se interrumpió con la voz quebrada.
—Yo no los maté, ahora no tengo tiempo de explicártelo, pero no fue cosa mía. Y no había otra solución, ninguna salvo esa, hice lo que tenía que hacer. Además.—Jonny se detuvo un segundo, sabía que quizá no debía decir lo que iba a decir, pero no le importó —. Tú tienes la culpa de todo lo que ha pasado.
Susan bajó la pistola y miró a Jonny fijamente, estaba evitando romper a llorar como buenamente podía, pero aquello le había dolido, ya se culpaba bastante a sí misma por lo que había pasado y las palabras de Jonny fueron demasiado. Jonny dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el edificio, pero Susan volvió a apuntarle y le ordenó que se detuviese; Jonny paró un segundo, pero continuó andando sin siquiera mirarla.
—Te estoy diciendo que te pares, Jonny. —La voz de susan ahora sonaba diferente, el tono era distinto, como si fuese otra persona. Jonny la ignoró y siguió andando.
Susan caminó hacia él, que se dio la vuelta para ver cómo Susan le ponía la pistola pegada a la máscara. —He dicho que no te muevas, gilipollas. —Parecía que Susan había cambiado, su tono era distinto al que solía usar.
—Quítame esa pistola de la cara.
—Joder con el puto Jonny Battery de los cojones, hace lo que le sale de los huevos. Soy una puta policía, te estoy diciendo que te estés quieto, así que estate quieto joder. —Susan movía los brazo de un lado a otro mientras hablaba, su forma de hablar parecía más la de un delincuente.
—Mira Susan, entiendo que estés enfadada, pero tengo que hacer algo y tengo que hacerlo ya, luego hablamos.
Susan volvió a apuntar a Jonny. —Que no te muevas joder.
—Si me tienes que disparar, hazlo.
—Vale, vale. Veo que así no haces caso, a ver si de esta forma mejor. —Susan puso la pistola contra su sien —. Como te muevas me vuelo la cabeza.

Jonny dio media vuelta y comenzó a andar, el sonido del disparo retumbó haciendo que los pájaros saliesen volando, huyendo de algo que no sabían qué era, varios perros comenzaron a ladrar, pero aun así Tom pudo oír el sonido del cuerpo al caer al suelo.

Juan Andújar Molina
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