Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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— ¡¡Extra, extra!! ¡¡La policía busca al asaltante de varias mansiones!! ¡¡Léanlo todo sobre el Sombrío!! —el niño sostenía una docena de periódicos bajo un brazo mientras con la mano libre agitaba otro para llamar la atención de los transeúntes.

— Dame uno. —dijo el hombre al descender del taxi.

Tras pagar el precio del periódico, y dejar la vuelta al niño, desplegó el diario y leyó el titular: Desconocido asalta las mansiones de grandes hombres de Reynolds. No pudo más que sonreír mientras entraba en el edificio del Herald. Varios minutos después, el ascensor le dejaba en la planta que albergaba los despachos de la redacción; de un lado a otro, máquinas de escribir, gritos por teléfono, carreras, se sucedían de una manera caótica. Al fondo vio el despacho que buscaba, dentro el editor del periódico, Gary G. Gilmore, discutía con una mujer que dabala espalda a la puerta. Cuando entró, ni siquiera se dio la vuelta o dejó la discusión de lado, por lo que pudo escuchar con claridad sus protestas.

— ¡[…] y estás acompañando con titulares así las mentiras que hunde día a día esta ciudad! ¿Grandes hombres de Reynolds? ¡¡Gary, son mafiosos, asesinos, ladrones!! ¡¡Para nada son grandes hombres!! — acompañaba sus gritos con violentos movimientos de manos.

— Bettsy, déjalo estar por favor, terminaremos esta discusión cuando estemos solos. —cortó Gilmore la discusión y señaló al hombre que acababa de entrar.

La mujer se dio la vuelta y se quedó muda cuando se fijó quién era. No sabía por qué pero su corazón no había respondido así la anterior vez que le vio, apenas tres días atrás, cuando lo entrevistó a su vuelta a la ciudad.

— Señor Maxwell. Bienvenido al Reynolds Herald. —le saludó el editor mientras la reportera era incapaz de articular palabra. — Por favor, siéntese. Esta es su casa.

— Muchísimas gracias, señor Gilmore. ¿He interrumpido algo? —preguntó al editor mientras seguía mirando a la joven reportera, que por fin pareció reaccionar.

— No, nada, la señorita Bodeck y yo únicamente intercambiábamos opiniones. —sonrió, intentando quitarle hierro al asunto.

— Así es. Señor Maxwell y si me disculpan, voy a ocuparme de un artículo que tengo a medias. —al despedirse, Grant Maxwell le dedicó una sonrisa que ella no pudo olvidar.

Bettsy Bodeck, una mujer dura, decidida, tenía las cosas claras con lo que quería y que Dios se apiadase de quien se interpusiera en su camino; tenía todo lo que un gran reportero debía poseer para ser portada de la edición diaria. Y se había quedado en blanco. Algo dentro de ella había hecho contacto y la había convertido en una estatua frente al hombre que, tres días atrás, había tachado de egocéntrico, infantil y desentendido con lo que realmente pasaba en el mundo.

Desde su mesa en la redacción, Bettsy vio cómo ambos hombres charlaban en el despacho y durante unos segundos no supo qué hacer, hasta que reaccionó y rescató el artículo que tenía a medias, guardado en una carpeta sobre su escritorio: El regreso de la justicia. ¿Acaso era un nombre demasiado grandilocuente? Muchos piensan que es un asesino, pero ella sabe que es el héroe que esa ciudad necesita. Él, ha vuelto.

Y la sonrisa volvió a asomar a sus labios mientras introducía la hoja en la máquina de escribir y retomaba su trabajo.

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