Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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Durante esa noche se dedicó a visitar a cada una de las familias mafiosas de Reynolds. No lo hizo sólo por detener al asesino, su intención era hacerles saber que había vuelto a la ciudad y que ninguno de ellos estaba a salvo de él. Seguramente, a partir de esa noche, la seguridad en torno a los capos se multiplicase pero no le importaba, al menos había sacado los nombres que necesitaba. Tres chicas compartían la misma inicial, dos de ellas —por fortuna para él— trabajaban para la misma familia por lo que la zona sería la misma; lo malo era la otra chica: Tara Lohand. Trabajaba para Fabrizzi y lo hacía en la zona de los muelles. Su instinto le decía que ella sería el próximo objetivo y esperaba no equivocarse.

No tardó en encontrarla, sólo necesitó tirar de algunas lenguas para que le dieran su descripción. Pasó toda la noche vigilándola pero no hubo indicio de amenaza, eso era lo que se temía. ¿Cuánto tendría que esperar? Cada noche que tuviera que esperar, otros crímenes estarían cometiéndose en la ciudad. ¿Pero podía, acaso, hacer algo más?

La noche siguiente, como le prometió a Bettsy, fue a hablar con ella. Le contó lo que había averiguado y el nombre de la posible víctima. Ella le pidió que la llevara con él, quería tener la posibilidad de narrar la detención del asesino y publicar la noticia en el Herald pero él la negó aquello, no podía permitirse ponerla en peligro. A regañadientes, ella aceptó por lo que la dejó en la redacción y se desplazó hasta los muelles para volver a vigilar a Tara. Pero Bettsy Bodeck es una mujer cabezota, muycabezota, y ante la negativa del justiciero, tomó la decisión de
ir hasta los muelles para tomar notas por su propia cuenta.

Había pasado la medianoche cuando ya vigilaba la zona, como de costumbre procuraba usar únicamente su habilidad con las sombras como último recurso. Sí, era impactante, efectivo, aterrador pero también era agotador; le había costado todo el día recuperarse de sus actuaciones de la noche anterior, temía tener que esforzarse esta noche. Por un lado le gustaría que esa noche no sucediera nada, así podría tomárselo con calma, incluso podría ir a visitar de nuevo a Bettsy. Pero apartó aquellos pensamientos de inmediato, la vida de una mujer dependía de él.

Fue entonces cuando notó que alguien se movía de manera furtiva; desde su posición en la grúa del puerto, tenía un amplio campo de visión y se percató de la presencia de aquel hombre antes que pudiera acercarse a Tara. Tomó aire y se dejó caer al vacío.

La capa se desplegó durante la caída, frenándole lo suficiente para que el gasto de energía al manipular las sombras le resultase mínimo. Tocó el suelo varios pasos por detrás del acechador y desde esa distancia pudo ver su atuendo, la vestimenta recordaba a las levitas usadas medio siglo atrás; desde luego, era un hombre por lo que pensó que los periódicos no se habían equivocado en su conjetura. Caminaba de manera calmada, era muy cuidadoso y si no hubiera sido por la posición desde donde vigilaba, nunca lo hubiera visto acercarse. Tara estaba a veinte metros de distancia de ellos y no se había percatado de su presencia, era una presa fácil. Siguió acercándose, acechándola y cuando estaba a punto de saltar para aumentar el número de víctimas,él decidió
actuar. Se concentró en las sombras que creaba la figura del hombre, era un truco simple pero muy aterrador para el que lo viera —y sobre todo para el que lo sufría—; la sombra sujetó los pies del acechador, éste no pudo reaccionar a tiempo y cayó al suelo, aturdido. Avanzó hacia él ordenándole a la sombra que lo retuviera en el sitio, dos manos hechas de tinieblas lo mantenían anclado pero su presa no gritó, no expresó temor, simplemente se quedó quieto. Cuando estaba junto a él, se dio cuenta que llevaba una máscara que le cubría la cara; como él, mantenía su rostro oculto. Tendió la mano y se la retiró, en ese momento sintió el mismo terror que hacía sufrir a los criminales.

— ¿Bettsy?

No podía ser ella. ¿Cómo era posible? Pero sí lo era, estaba allí, anclada al suelo por su sombra. Se dio cuenta de ello y soltó la presa, en ese instante —como si hubieran activado un resorte— Bettsy se lanzó hacia él con un cuchillo de la mano. Estaba tan aturdido por la situación que no se percató del arma, ni pudo reaccionar a tiempo cuando la mujer que amaba le atacó. Fue un fallo, uno muy peligroso y cuando el cuchillo se clavó en su abdomen se dio cuenta de lo estúpido que era. Se apartó de ella cubriéndose la herida con la mano, intentando detener la hemorragia. Dio dos pasos hacia atrás pero topó con el lateral de uno de los cientos de contenedores que llenaban los muelles; Bettsy se abalanzó, esgrimiendo el cuchillo, intentando volver a apuñalarlo pero esta vez estaba preparado. Reuniendo toda su fuerza de voluntad convocó de nuevo la sombra de ella pero esta vez la utilizó para enfrentarse con la reportera.
Bettsy no se detuvo, le asestó varios cortes laterales pero la sombra no se inmutaba, no sentía el dolor que él estaba sintiendo. Miró hacia su abdomen y vio que la herida no dejaba de sangrar, si aquello continuaba durante mucho tiempo terminaría desfalleciendo. Le costaba mucho mantener el control sobre la sombra, no aguantaría mucho más pero temía herir a Bettsy; en ese momento había alzado la sombra sólo para detenerla, no se atrevía siquiera a golpearla. ¿Pero por qué se había convertido en una asesina? ¿Por qué no le decía nada? De pronto, durante medio segundo, perdió la concentración, sintió cómo se desvanecía y se dejó caer contra el contenedor. El golpe le devolvió la consciencia pero la sombra se había desvanecido. Bettsy volvía a encararle.

— ¿¡Por qué!? ¿Por qué haces esto?—gritó asustado.

Pero no hubo respuesta, sólo la misma indiferencia que había mostrado ella hacia él desde que retiró su máscara. No tenía fuerzas para convocar otra sombra, sólo podía defenderse con su pericia pero en esos momentos temía que fuera incapaz. Por fortuna, aún poseía algo de fuerza para un truco, uno que entorpeciera el avance de la mujer. Y así fue, ella no se percató de aquella mano que volvía a alzarse desde el suelo para hacerla tropezar y terminó perdiendo el equilibrio, fallando el golpe mortal que iba a asestarle. Él aprovechó aquello para sujetarla,
golpeando la mano que sujetaba el cuchillo contra el contenedor para hacérselo soltar y a esa distancia lo vio. Sus ojos estaban vacíos. La conocía, sabía la vida que poseía su mirada pero ahora estaban apagados. Ausentes. Y de pronto ella rió.

Una sonora carcajada le heló la sangre. Era una voz gutural que no se correspondía con la de Bettsy.

— Ya me tienes. ¿Satisfecho? —volvió a reír, ni siquiera forcejeó con él— Sabía que vendrías a por mí, ¿debería felicitarte por el espectáculo que montaste anoche? Fue espectacular. ¡No se habla de otra cosa!

— ¡Quién eres!, ¡qué has hecho con Bettsy!—la rabia se apoderó de él.

— Te gusta, ¿verdad? Sí, a mí también. Fue genial tomarla. —sacó la lengua y la deslizó de forma lasciva por los labios de la mujer, eso le hizo enfurecer aún más. — Estaría encantado de tenerla cada día. — encantado… ¿es un hombre?, pensó él.

— Déjala. Sea lo que sea lo que hayas hecho con ella,¡libérala!

— ¡Nunca! ¡Es toda mía! ¡Sólo la dejaré cuando muera!—volvió a reír enloquecida.

Lo tuvo claro, lo que sea que controlaba a Bettsy, no iba a dejarla ir. ¿Pero cómo podía salvarla? No podía matarla… ¿o a lo mejor sí? Era arriesgado pero era lo mejor que se le ocurría, el tiempo jugaba en su contra y debía terminar aquello ya. Así, reuniendo toda su fuerza de voluntad, recurriendo al poder que había guardado en el más profundo rincón de su alma, usó la oscuridad para envolverles. Allí, envueltos por las sombras, él veía cómo Bettsy exhalaba su último aliento; las tinieblas le habían robado la vida y la habían convertido en una cáscara vacía,un cuerpo inerte que caía sobre sus brazos.
Las sombras desaparecieron y ambos quedaron abrazados en el suelo. Ella no respiraba pero él no estaba seguro sobre si lo que hubiera poseído a Bettsy, la había abandonado. Entonces escuchó un desgarrador grito en la lejanía.

— ¡Nooooooooo! —aquel grito desesperado se apagó con el tiempo y el muelle volvió a quedar en silencio.

Recordó lo que debía hacer ahora, esperaba con todo su corazón que aquello funcionase. Juntó sus labios a los de ella y la besó, el tiempo pareció detenerse en ese largo y apasionado beso que recogía la última esperanza de un hombre que lo había arriesgado todo. La esencia queél poseía pasó a ella. Apartó su cara y la miró, deseaba saber cuánto debía esperar, qué debía hacer después. No sabía si se había equivocado en algo, si había esperado demasiado o no lo suficiente. Y ella, como si respondiera a sus preguntas, abrió los ojos y lo miró.

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