Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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— Esto es todo lo que tenemos sobre los asesinatos.

Sobre su mesa, Bettsy había desplegado todas las notas referentes a los crímenes que se habían cometido en la ciudad de Reynolds en los últimos dos meses. Todos compartían autor, al que los periódicos habían bautizado como El Príncipe Escarlata; durante ese tiempo, el asesino había acabado con la vida de casi una veintena de mujeres y la policía no tenía ninguna pista sobre su identidad ni parecía querer hacer nada al respecto.

— Son todas prostitutas. — dijo él, más afirmando que preguntando.
— Sí y por eso la policía no hace nada. Ese loco limpia sus calles y como no son mujeres importantes, parece que
a nadie le interesa.
— ¿Ni siquiera a sus chulos?
— Hubo uno que intentó dar caza al asesino pero la cuadrilla que mandó a buscarle y darle una lección,acabó destripada. El mensaje llegó con claridad a todas las familias que tienen negocios con chicas: si intentan detenerle, acabarán igual.

Se apartó de la mesa mientras ella buscaba entre los informes de una carpeta Su mente se esforzaba en buscar pistas en todo lo que había leído pero no había nada que llamara su atención. Nada delataba siquiera que fuera un hombre pero la prensa, inmediatamente, lo había dado por hecho. Volvió a leer las notas, no había zonas concretas, le daba lo mismo atacar a las mujeres en un parque,que en mitad de la calle, que en sus propias casas. Sólo había algo que unía a todas las víctimas, su profesión. Y de pronto, se dio cuenta de un detalle que había pasado por alto y del que ni siquiera Bettsy se había percatado.

— Son consecutivas.
— ¿Qué? — la joven reportera miró extrañada al justiciero.
— Las víctimas, sus nombres son consecutivos. Mira.

Cuando se lo señaló, Bettsy se dio cuenta de lo obvio que era. ¿Cómo podía habérsele pasado por alto? Estaba delante de ella y ni se había dado cuenta. Arleene, Brigitte, Caroline, Dinnah… Todas y cada una de ellas, la inicial de sus nombres seguía un patrón alfabético. Diecinueve víctimas hasta ahora, diecinueve letras y la siguiente era obvia: una mujer cuyo nombre empezase por T, moriría.

— ¿Y qué hacemos con esto? La policía pasará del tema, no le interesa meterse en este asunto y mucho menos
cuando esas mismas familias son las que meten dinero en el cuerpo policial.
— Debemos encontrar a la posible víctima, adelantarnos al asesino y cogerle antes que cuente con su vigésimo
triunfo.
— Vale, ¿y cómo hacemos eso? Porque la última vez que miré, no creo que haya una centralita para prostitutas.
— Iremos a la fuente.

Apenas una hora después, estaba frente a la casa de Marco Fabrizzi, uno de los capos de la ciudad. Antes de abandonar la redacción del Herald, se había despedido de Bettsy diciéndola que volvería a verla la noche siguiente y contándola su plan: hablar con las principales familias mafiosas de Reynolds y poner las cartas sobre la mesa. Iría familia por familia, exigiendo los nombres de sus contactos para sonsacarles los nombres de las chicas que trabajan para ellos; el asesino atentaba sólo contra ella pero él lo haría contra toda la familia, toda la organización sería su objetivo y para dejarlo claro debía ser contundente, brutal.

La casa estaba en las afueras, en la zona más rica de la ciudad, donde se mezclaban mansiones de actores con las de políticos. Con dos plantas, la vivienda se encontraba en el centro de una inmensa finca con pista de tenis, piscina y varias hectáreas de árboles; en un lateral, Fabrizzi tenía un garaje con su colección de coches, siempre alardeaba de ellos y no era para menos. Una docena de hombres vigilaban la zona, moviéndose de manera regular en grupos de tres, todos ellos armados. Se preparó para asaltar la casa. Las sombras lo envolvieron lanzándolo al cielo, lo había hecho cientos de veces, utilizar las sombras para moverse y dejarse llevar por sus corrientes. Cuando llegó al punto más alto de su trayectoria, giró en el aire, volteó y emprendió la caída continuando el arco que había iniciado; la velocidad era clave, aquello le permitiría moverse rápidamente y pillar desprevenidos a los hombres que vigilaban el perímetro. La noche acompañaba, había luna nueva y la oscuridad lo envolvía. Frente a él se encontraba el primero de los hombres de Fabrizzi, estaba en la terraza del primer piso, fumando tranquilamente un cigarrillo.

No le vio venir. Cayó sobre él y lo abatió de un golpe, su capa le permitió ocultarse de los guardias que pasaban en
ese momento por debajo del balcón; afortunadamente la puerta al interior de la vivienda estaba abierta y sin pensarlo mucho, entró en ella.
Al acceder pudo escuchar las voces que discutían en la sala contigua, varios de los hombres de Fabrizzi hablaban sobre la compra que iba a efectuar la familia a finales de semana.Calculaba que habría dentro media docena de ellos, suponía que todos estarían armados. Mentalmente enumeró la lista de gente cercana a Fabrizzi y sopesó que aquellas seis voces corresponderían a sus lugartenientes, por lo que nos ería de extrañar que el propio capo estuviera en esa sala. Acogió bajo su capa las sombras de la sala, concentrándolas en un único punto las lanzó contra la puerta que separaba ambas habitaciones; el impacto hizo que estallara en miles de astillas y trozos que, de forma extremadamente violenta, llovieron sobre los hombres de Fabrizzi. El peor parado fue Ricco Fabrizzi, sobrino del capo, que en el momento de la explosión estaba de pie situado más cerca de la puerta. Murió en el acto. El caos se adueñó de la sala, dos de los hombres reaccionaron de inmediato y abrieron fuego contra la abertura que había quedado; vaciaron sus cargadores en apenas segundos mientras otros dos se apresuraban en cubrir la retirada de Fabrizzi. Pero él no había esperado a que reaccionasen.

Cuando Fabrizzi y sus dos hombres se acercaron a la puerta para salir de aquella sala, un manto de oscuridad asaltó la habitación. Surgiendo desde la otra sala,engulló a los dos hombres que habían abierto fuego contra él, los gritos de terror se escucharon por toda la mansión y los guardas del exterior, que ya habían sido alertados por los disparos, apremiaron el ritmo para llegar hasta su jefe. Uno de los dos guardaespaldas de Fabrizzi se dio la vuelta y disparó contra aquella masa de sombras pero no consiguió detenerla; inexorable, la sombra se aferró alarma del pistolero y reptó por su brazo para terminar cubriéndolo completamente. El pánico se apoderó de Fabrizzi que empujó a su hombre hacia la oscuridad para poder sacar más ventaja pero su acto fue inútil, cuando tomó el manillar de la puerta y comenzó a girarlo, un brazo surgió de las sombras lo sujetó por el cuello de la americana, arrastrándolo hacia la oscuridad. Lo último que escuchó Fabrizzi fue los golpes de sus hombres, desde el pasillo, arremetiendo contra la puerta pero esta se encontraba bloqueada por la oscuridad.

— Marco Fabrizzi.

La voz provenía de todas partes. Fabrizzi se encontraba rodeado por la oscuridad, sentía un frío sobrenatural que le hacía pensar si realmente seguía vivo.

— Sabes quién soy.

Sí, por supuesto que lo sabía. Igual que sabía que Él no necesitaba que le respondiera.

— Has robado. Has asesinado. Has hundido en la miseria a familias enteras. Te has aprovechado de las desgracias de los ciudadanos de esta ciudad. Y sigues pensando cómo seguir haciéndolo.

Notó cómo sus pantalones se humedecían. Era la única sensación que le decía que seguía vivo, aunque temía que no por mucho tiempo.

— No pienso dejarte que sigas haciéndolo. Esta noche, serás castigado por tus pecados.
— ¡¡No!! Por favor… no quiero morir…
— Suplicas por tu vida. ¿Cuántas veces no te han suplicado? ¿Cuántas veces no has puesto el cañón de tu arma en la frente de una persona y has ignorado sus lágrimas? ¿Pretendes que ahora sienta piedad?

Notó el movimiento a su espalda, Fabrizzi se giró aterrado, no sabía por qué pero no quería morir así.Quería mirar de frente a su ejecutor y saludar a la propia muerte. El pánico se apoderó de él y se abalanzó hacia donde pensaba que se encontraba su captor. Golpeó, preso de un miedo terrible, al aire. Sus golpes se perdían en las sombras, se hundían en la oscuridad que lo envolvía. Y de pronto Él surgió de la nada y se detuvo ante su cara. Su rostro estaba envuelto en las mismas sombras que rodeaban a ambos, aunque intuía la cara de un hombre, Fabrizzi apartó la vista y se agazapó en el suelo, encogido como un niño, llorando de pánico. Ahora Él estaba frente al aterrado capo, con su traje negro, su capa y las sombras envolviéndole, obedeciendo a su voluntad.

— Dame un nombre y vivirás por esta noche.

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