Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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Su capa ondeó al viento. Desde que era pequeño deseó ser como los héroes de aquellos folletines que leía, corriendo por las barandillas de galeones piratas, cruzando a caballo el desierto en busca de un fugitivo, o luchando contra aquellos salvajes de la jungla mientras rescataba a la mujer de su vida. Y ahora se encontraba allí, haciendo aquello mismo que el niño de 7 años deseaba con todas sus fuerzas.

Se lanzó desde la azotea del hotel y cayó al vacío, treinta plantas de altura le separaban del suelo pero la sangre fría primaba sobre el resto de sensaciones y no dejó que el pánico se apoderase de él. La oscuridad respondió a su llamada y le recogió en su caída, depositándole suavemente en el suelo. Tras ello, se lanzó de nuevo a la carrera por las calles de su ciudad; en la lejanía el reloj de la catedral anunciaba las nueve de la noche. Apenas quedaba tiempo y debía darse prisa, se esforzó al máximo y utilizó las sombras para impulsarse, nuevamente, hacia el cielo de Reynolds.

— Lamento llegar tarde, alcalde.

Los ocupantes de la mesa miraron al hombre que acababa de aparecer. Alto, apuesto y sonriente.

— Señor Maxwell, no tiene de qué disculparse. Tome asiento, por favor, y permítame ponerle al tanto de la conversación que estábamos teniendo.

El alcalde Deimos era un hombre rechoncho, no muy alto, vestía siempre trajes de tonos arena que no le hacían ninguna justicia a su físico. Pero lo que llamaba la atención de él era su despampanante mujer, una esbelta y sensual rubia que se encontraba, en ese momento, sentada junto a su marido y que dedicó a Grant Maxwell uno de los gestos más eróticos que podían hacerse con la mirada. Junto a ellos, sentados en la mesa, se encontraban veinte personas que representaban la flor y nata de la élite de Reynolds. Hombres de negocios, redactores de noticias, banqueros, jueces, agentes de la ley… y todos ellos parte de la más hedionda mugre que corrompía la ciudad. Pero Grant Maxwell se forzó en sonreír, en recordar las historias que leía de pequeño, aquellos relatos en los que el héroe debía mantener un disfraz que mantuviera el secreto de su auténtica identidad para que nadie descubriera que él era la persona que —normalmente amparado en la protección de la noche— combatía la injusticia sin descanso.

La conversación acompañó a la cena, durante casi dos horas los comensales intercambiaron historias sobre el viaje que Grant Maxwell había hecho alrededor del mundo. Tras las anécdotas sobre lo encontrado en esa odisea, el resto puso al corriente al joven millonario de lo sucedido en la ciudad y cómo ésta había superado su periplo con el justiciero que aterrorizó, hacía ya un año, a la “buena gente” de Reynolds.

— […] y desapareció. Tal cual como apareció, su presencia se desvaneció; lo cual es una lástima porque me hubiera gustado esposarle y meterlo en una celda. —Lucca Diriz era el Capitán de la Policía, un hombre tan corrupto como el propio Deimos y del que se sabía que mantenía lazos con las familias mafiosas de Reynolds.

Maxwell no pudo contenerse.

— Pues según tengo entendido, ese hombre se rió en su propia cara cuando lo encerró en su despacho. —Diriz palideció al escuchar aquello de boca de Maxwell, aquel suceso ocurrió la primavera pasada y fue portada de todos los periódicos.

— Ese hombre es un terrorista y un asesino despiadado. —Diriz trataba de desviar la conversación pero Maxwell no le daba tregua.

— Sí, y seguramente sea un fascista que apoyaba a Hitler. —el comentario de Maxwell hizo reír al resto de comensales, salvo a Diriz que iba mostrando cómo su enfado aumentaba por momentos.

Sólo el comentario de la mujer del alcalde, puso fin a la discusión.

— ¿Y qué me dice de ese otro loco que tenemos ahora, Capitán? —Maxwell cayó de inmediato y la miró— Ya van casi veinte mujeres muertas y la policía no hace nada.

— Bueno, estamos trabajando en eso pero una investigación no es tan fácil como la pinta Hollywood o las novelas que tan de moda están. —Diriz comenzaba a enrojecer, no sabría decirse si de vergüenza o de irritación al sentirse acorralado.

— Si me disculpan, debo ausentarme. Se me ha hecho tarde y tengo una cita en media hora.

Grant Maxwell se levantó de la mesa y el resto de comensales se despidió de él. Algunos comentarios de Deimos y los otros hombres sugirieron si aquella cita tenía buenas piernas y Maxwell sonrió, dándoles la razón y acallando cualquier rumor sobre su ausencia. Acto seguido, cuando salió a la calle y montó en el taxi que le pidieron, Maxwell sopesó su siguiente acción; había estado mucho tiempo fuera y había descuidado muchas cosas al volver a la ciudad; debía resolver ese problema de inmediato.

En la redacción del Reynolds Herald, Bettsy Bodeck trabajaba en su mesa. Casi siempre era la última en abandonar la oficina, si no se quedaba —como había hecho otras veces— trabajando toda la noche y amanecía en su propio puesto de trabajo. Comparaba sus notas una y otra vez, recordando aquello que Maddock le había pedido que ignorase; su conciencia le decía que lo olvidara, le prometió que no publicaría aquella información pero era una reportera, ¡debía informar de ello! Subrayó repetidas veces las iniciales BS, ¿realmente había vuelto? Había mucha gente que pensaba que Él era un asesino pero ella sabía, como muchos otros, que lo que hacía —a pesar de los métodos— era por una buena causa. En ese momento, Bettsy notó un escalofrío recorriéndole la espalda, se levantó de su mesa y se dirigió a uno de los ventanales desde los que podía ver toda la ciudad; veinte pisos por debajo de ella, la luz de la Avenida Pennyworth conseguía hacerla pensar en otras cosas. ¿Cómo era posible que a pesar del miedo que se respiraba en aquellos tiempos, la gente aún tuviera ganas de salir a divertirse? Cines, teatros, salas de fiesta… todos aquellos locales llenaban la Avenida y rompían con la sensación de temor generalizado. Vale, la Guerra había terminado, el fascismo había sido vencido y el mundo era libre… pero eso había sucedido varios meses atrás, ¡¡aún había familias llorando a sus muertos!!

Fue entonces cuando la oscuridad se formó tras ella. Al principio, recluida en sus pensamientos, Bettsy no se dio cuenta de ello; miraba hacia abajo y las luces de la Avenida impedían que viera cómo en la redacción las lámparas iban apagándose paulatinamente. No fue, hasta que el único foco de luz la iluminaba sólo a ella, que se dio cuenta que la envolvían las sombras.

— Pensé que estabas muerto. —dijo ella sin volverse.
— Lo estuve pero eso fue hace mucho.
— Huiste. Nos dejaste solos.
— Tuve que hacerlo. Si no me marchaba, todos podríais haber muerto. Pero no dejé de pensar en ti.—una mano surgió de las sombras y se posó en el hombro de ella. Se estremeció al notar de nuevo el frío tacto de su piel.
— Eso no me consuela. Por muy peligroso que fuera, no debiste haberlo hecho.

Ella apartó su mano y se giró, miró hacia la oscuridad donde sabía que estaría su rostro. Aunque nunca le había visto la cara, pues las sombras siempre se la ocultaban, sí que pudo disfrutar en una ocasión de la imagen de sus ojos y aquello terminó de enamorarla. Una lágrima caía por su mejilla, él quiso volver a alargar la mano y secársela pero sabía que lo había rechazado, que el lugar que ocupaba en su corazón no era ya suyo. Así, decidió retirar las sombras y mostrarse ante ella.

— Has… cambiado. —dijo de forma lacónica. Él sonrió y se miró, pensando en lo que ella había dicho.
— Necesitaba un nuevo estilo. ¿Te gusta? Los guantes han desaparecido, y ya no utilizo ese incómodo gabán.
— La verdad es que aquella chaqueta me gustaba, te daba un aire militar.
— La Guerra ha terminado.
— ¿Y por qué has vuelto?

Silencio. ¿Cómo era posible  que tratar con aquella mujer le resultara más difícil que lidiar con científicos locos, robots asesinos o pistoleros de gatillo fácil? Su rostro seguía envuelto en sombras pero una mueca de dolor se dibujó en su cara.

— Reynolds me necesita.—en cuanto pronunció esa frase, Bettsy dio un paso hacia él y le propinó una bofetada que las sombras no detuvieron.
— No. ¡¡Yo te necesité!! — aquella sentencia le dolió más que el golpe que le había dado. La bofetada le dejaría una marca que terminaría yéndose pero la verdad le había hecho una marca en su interior, y esa no se iría tan fácilmente. — ¿Y ahora te presentas aquí y me dices eso? ¿Qué la ciudad te necesita?
— Bettsy, está muriendo gente.
— ¡Al cuerno la gente! — su voz temblaba, en cualquier momento rompería a llorar y él sabía que no la gustaba que la vieran llorar, no soportaba ser débil. Se acercó a ella y la abrazó, no opuso resistencia y hundió su rostro en su pecho. Notó cómo dejaba que sus emociones rompieran la barrera de Mujer Dura que había formado en torno a ella y durante unos segundos no dijo nada.
— Siento lo que te he hecho. De verdad.
— Cállate, idiota.

Y durante varios minutos, la oscuridad envolvió a la pareja haciendo ver que la planta de redacción del Reynolds Herald, estaba vacía.

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