Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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Grant Maxwell es su nombre. Millonario, filántropo, mujeriego… el hombre que todas las mujeres desean y al que todos los hombres odian. Ojos azules, una perpetua sonrisa, porte de modelo y una de las fortunas más importantes de Reynolds, hay quien le llama la perla de la costa este.

Un hombre forjado a sí mismo, que heredó la fastuosa fortuna de su familia cuando sus padres fallecieron en un terrible accidente de tráfico cuando él era un niño. Desde entonces, Grant Maxwell ha recorrido el mundo, se ha educado en las mejores escuelas internacionales y ha aprendido de los más grandes maestros. Domina varios idiomas, posee un arco de habilidades tan amplio como la cocina, la conducción, el baile o la literatura de los clásicos.

Y este año, el soltero más codiciado de Reynolds, ha cumplido su mayor reto: un viaje alrededor del mundo pilotando él mismo su propio avión. Todo un ejemplo del arrojo que Estados Unidos puede ofrecerle al mundo, recogido en el ego de un hombre que […]

Gary G. Gilmore, editor jefe del Reynolds Herald, dejó de leer el artículo y miró —por encima de la montura de sus gafas— a su reportera estrella. Bettsy Bodeck era una mujer dura, decidida, tenía las cosas claras con lo que quería y que Dios se apiadase de quien se interpusiera en su camino; tenía todo lo que un gran reportero debía poseer para ser portada de la edición diaria. Y por eso mismo resultaba el mayor dolor de cabeza que Gilmore podía padecer.

— Bettsy, cariño, te repito que no puedo poner esto en portada. —apenas había terminado de articular su frase y la joven reportera apoyó sus dos manos sobre el escritorio, cargando todo su peso sobre ellas en un intento de aumentar el dramatismo de su respuesta. —Vamos Gary, deja de llamarme cariño y trátame como a la reportera que soy. ¡Me merezco la portada!

Lo peor era que tenía razón, Bettsy había hecho un artículo bueno. Duro y demasiado directo pero bueno al fin y al cabo. El problema radicaba en que Grant Maxwell era el principal accionista del Herald, lo que le convertía en el jefe de Bettsy y del propio Gary. Publicar ese artículo, pese al buen humor que demostraba tener Maxwell, era situar una cuerda en torno al cuello de Gary y del equipo del Herald. Decidido, aunque temiendo lo quetenía que decir —más por la reacción de Bettsy que por su propia respuesta— Gary se levantó de su asiento y le devolvió el artículo a su reportera estrella.

— He dicho que no. Fin de la discusión.
— Pensé que defendías el periodismo.
— Y lo hago, Bettsy, por eso mismo estoy diciéndote que no pienso publicar esto.

La discusión continuó durante media hora más, resultaba un tira y afloja en el que el editor jefe soportaba los envites de la joven reportera. Desde la redacción, todas las miradas estaban atentas en lo que sucedía en aquel despacho que, por sus paredes de cristal, ofrecía un espectáculo digno de las películas más catastrofistas de Hollywood. De pronto, un joven reportero cruzó a la carrera la redacción y entró en el despacho de Gary G. Gilmore, sosteniendo un papel en la mano. El editor leyó aquel mensaje y se lo tendió a Bettsy, la joven reportera hizo lo mismo que su jefe y la discusión terminó en aquel momento; sin saber lo que se dijo en aquel despacho,editor y reportera salieron de allí y en la redacción sólo se escuchó la voz de Gary G. Gilmore por encima de todas las demás.

— ¡Tráeme esa noticia y estarás en la portada! —Bettsy ya había echado a correr mientras su editor terminaba aquella orden.

Media hora después, la reportera llegaba hasta el callejón que la policía mantenía cerrado al paso de curiosos. Cuando Bettsy trató de superar el cordón policial, un agente uniformado le cerró el paso; las protestas de la joven reportera llamaron la atención del detective Dan Maddock, éste avisó al agente para que la dejara pasar y mientras lo hacía, Bettsy le lanzó a ese mismo agente una sonrisa de soberbia. Luego, con paso decidido, se acercó hasta Maddock con su libreta en la mano, dispuesta para desentrañar los misterios que envolvían aquel doble asesinato.

— Bettsy Bodeck. No has devuelto ninguna de mis llamadas. —le espetó Maddock cuando ella llegó a su lado.
— Lo haré cuando tengas algo interesante para mí.
— ¿Un doble asesinato te sirve?

Maddock y Bettsy tuvieron un pasado en común, uno bajo las sábanas de ella. Pero el trabajo siempre terminaba compartiendo lecho con ellos y Maddock, que ya supera los cuarenta y quiere algo más estable, decidió cortar por lo sano. Pero entre ellos, a pesar de los meses que han pasado desde su ruptura, sigue existiendo esa chispa que habita entre las personas que compartieron algo juntos.

— Desde luego, sabes cómo cautivar a una chica, detective. —apuntó doble asesinato en su libreta.
— Pues estos dos son Jimmy y Sam Collins, hermanos y naturales de Reynolds. Y dos grandes piezas que han entrado y salido de la prisión más veces que horas tiene el día. —Bettsy anotaba con rapidez para luego redactar el artículo, no perdía detalle de loque le contaba el detective— Anoche dispararon a una pareja en el parque Roma y vinieron aquí a repartirse el ridículo botín pero, por alguna extraña razón, terminaron disparándose uno al otro.

Aquello llamó la atención de Bettsy. ¿Dos hermanos tan unidos se disparan el uno al otro? Algo no cuadraba en ese cuadro que le pintaba el detective Maddock. Le miró, mientras él seguía describiendo lo que la policía pensaba que había sucedido, ella estudiaba sus gestos, le conocía y en seguida supo lo que pasaba.

— Me estás engañando. —Maddock se detuvo en seco con la palabra en la boca. — Hay algo que me estás ocultando, detective. —dejó caer esa palabra como un mazazo.
— Eh… no, señorita Bodeck. No se le oculta nada a la prensa.
— Sabe usted, detective, que existe algo llamado Primera Enmienda, ¿no?

Maddock, al escuchar aquello, se dio la vuelta y tras agarrar del brazo a Bettsy, la apartó a un lateral del callejón, lejos de oídos curiosos.

— Mira Bets, si no te estoy diciendo algo, es por tu propio bien. ¿Acaso piensas que me siento cómodo con esto?
— ¿Con qué Dan? ¿Qué me estás ocultando?
— No puedo, Bets. Si alguien se enterase de esto, etiquetaría como estúpidos a todo el cuerpo policial. Y la carrera de ese periodista se iría por el desagüe. No puedo hacerte eso. —Maddock la miró a los ojos y Bettsy supo que decía la verdad. Eran aquellos mismos ojos que la miraban cuando se despertaba junto a él, aquellos ojos que sonreían de sinceridad cuando la decía que era el hombre más feliz del mundo.
— Vale, esto es completamente extraoficial. —con todo el dolor de su corazón, Bettsy se obligó a decirle eso. Maddock miró alrededor, se cercioró que nadie pudiera oírles pero para asegurarse, se acercó al oído de ella y le susurró la respuesta que habíabuscado.
— Él, ha vuelto.

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