Black Shadow

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Hector Prieto de la Calle

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La noche invitaba a salir a pasear, algo que Richard y Meredith habían decidido hacer. La ciudad de Reynolds poseía uno de los marcos más románticos de la costaeste: el parque Roma. Emplazado en la parte central de la ciudad, el parque Roma era un terreno de 7 hectáreas de idílica naturaleza; con fuentes que recordabana las que se encuentran en la capital italiana, el parque era ellugar favorito de las parejas de enamorados. Richard quería hacer de esa noche, algo mágico; llevaba tiempo preparando ese momento, en el que se declarase a Meredith —su amor desde el instituto y con la que llevaba nueve años de relación—. Lo tenía todo preparado: una cena romántica en casa, un paseo bajo la luz de la luna por el parquey cuando se acercasen a la fuente de Cupido, se declararía a ella.

Pero el destino es caprichoso y no quería que Richard y Meredith terminasen juntos. Así, emboscándoles cerca de la fuente del ángel del amor, dos encapuchados los asaltaron para robarles, varios disparos rompieron el silencio de la noche y la Muerte se abalanzó sobre la pareja. Yacían, inertes, los dos juntos; abrazados en un intento de no separarse nunca, a pesar de que la Muerte los reclamase para Ella.

Los dos encapuchados corrieron a ponerse a cubierto. Su botín, apenas 17 dólares, no les daría para mucho pero al menos les podría bastar para emborracharse esa noche y olvidar lo que tenían que hacer para sobrevivir. Pero cuando ambos se pensaban a salvo, ocultos en la parte más oscura de un callejón, una figura pasó por encima de sus cabezas; éstos, sin percatarse de la presencia de aquella figura, se repartían el escaso botíny decidían en qué licorería gastarlo. De repente, la oscuridad secernió sobre ellos; una forma, que parecía arrastrar tras de sí las sombras del callejón, cayó desde varios pisos por encima de la calle y aterrizó frente a ambos asesinos. Uno de ellos, el que disparó a Richard y a Meredith, tuvo la sangre fría suficiente como para volver a desenfundar la pistola -aún caliente tras los disparos- y apuntar a aquel desconocido que se incorporaba frente a los dos.

De pronto, la oscuridad se retorció, aquellas sombras que hasta el momento habían representado la seguridad para ambos hombres, se deslizaron desde todos los rincones para convertirse en su peor pesadilla. El miedo que siente el ser humano a la oscuridad, no es algo irracional, es un recuerdo de nuestros antepasados, cuando sobrevivían a las sombras reunidos en torno al fuego de una hoguera. Pero en ese callejón no había luz que los protegiera, no había una hoguera que representara el lugar seguro… sólo había sombras. Sombras que se enredaban en torno al brazo que sujetaba la pistola, que lo obligaba a retorcerse, apuntarse con el arma directamente a la cara; el terror de aquel hombre era un justo pago por el terror que había causado minutos antes. Y otro disparo se escuchó en la ciudad.

El otro hombre salió corriendo, despavorido, del callejón. Las sombras le seguían, como enormes serpientes, reptando en torno a él, abalanzándose en un intentode atraparle pero él corría más rápido que ellas. Apenas seis metros le separaban de la amplia avenida que supondría su salvación, en la que la luz de las farolas, de las marquesinas y de los coches, lo mantendría a salvo de las sombras. Pero cuando la oscuridad te persigue, es muy difícil escapar de ella; y en un momento en el que el hombre se sentía a salvo, en el que sabía que iba a lograrlo, las sombras lo atraparon por la cintura, se enroscaron a su tobillo, haciéndole caer y llevándole de nuevo hasta el interior del callejón. Otro disparo y la noche quedó en silencio.

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