El ataque de las ratas

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Rubén Astudillo

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De como un pobre anciano es atacado por las ratas de los bajos fondos y se descubre quien es realmente la rata.

“¡Hay que ver cómo cambian las cosas, viejo! ¿Quien iba a decirme que a estas horas andaría camino del catre en lugar de buscar cobijo entre las piernas de una moza? Si es que nos hacemos viejos, amigo mío.”

El anciano caminaba hablando sólo por la empedrada calle haciendo resonar la contera de su bastón contra los adoquines. De vez en cuando parecía molesto, como si estuviera hablando con alguien que no le diera réplica a sus palabras. Cuando sucedía esto daba un golpe al zurrón de piel que llevaba cruzado y exclamaba “¡Eres un viejo estúpido!”. Simplemente parecía otro de los muchos borrachos que poblaba la ciudad.

De entre las sombras apareció un hombre menudo, nervudo con la carne imprescindible para no ser únicamente hueso y piel. Sus ojos oscuros fijos en el anciano, la mano sosteniendo un cuchillo de crudo metal preparado para asestar una puñalada ascendente directa al estómago.

— Vaya, viejo. Mira, ahí está el primero.- Exclamó el anciano con una expresión casi de alegría. Si su tono de voz extrañó al asaltante este no lo dejó traslucir.

Mientras tanto otro matón barriobajero se situó a su espalda, más entrado en carnes, con expresión más bobalicona pero con un arma y propósito idénticos al primero.

— Y allá está el segundo. Es un tanto decepcionante, ¿No te parece viejo? Parece que no nos tienen en consideración. Dos ratas contra leones como nosotros ¿Eh viejo? – Rió el anciano. – Supongo que queréis la bolsa, o la vida o algo por es estilo. Bueno, tengo algo para vosotros.

Sin volverse señaló con una precisión casi perfecta al asaltante situado a su espalda usando la contera del bastón.

— Uno.

Con la parte opuesta del bastón señaló al matón frente a él.

— Uno.

El asaltante de gesto bovino frunció el ceño.

— ¿De qué narices hablas, viejo?
— ¡Oh, disculpa! En realidad no hablaba con vosotros, le contaba al viejo cuantos golpes serán precisos para acabar con vosotros.
— ¿Uno? – Respondió el asaltante entre risas mientras su magro compañero sonreía como un lobo.
— Comprende que no pueden ser menos, en otros tiempos tu compañero y tu habríais podido compartir un único golpe mortal pero nos hacemos viejos. ¿Verdad? – Acarició casi con cariño el zurrón mientras hablaba.
— Puto viejo loco.

El asaltante situado a la espalda del viejo se lanzó hacia adelante con una velocidad que no parecía posible viendo su exceso de peso. El cuchillo emitió un brillo mate al ascender dirigido al riñón derecho del anciano… y cortando el aire donde debería haber estado su cuerpo. El lugar del húmedo sonido del cuchillo desgarrando carne se escuchó un único golpe, seco, muy similar al de una piedra golpeando otra. Y el asaltante cayó al suelo como un fardo, con lo que parecía el nacimiento de un nuevo ojo entre los dos que ya tenía.

El anciano cambió la posición del bastón agarrándolo con ambas manos. La contera dejaba caer gotas de sangre sobre el polvo de la calle. Su expresión pareció cambiar, ya no parecía un viejo borracho, su mirada era la de una fiera dispuesta a abalanzarse sobre su presa.

— Y ahora has visto lo que ha pasado con tu amigo. Pero crees que ha sido un golpe de suerte y que al fin y al cabo tu amigo era un idiota. Tú eres más listo, más rápido y por eso te crees capaz de acabar con un par de viejos esta noche. Y por eso cometerás un error, y sólo hará falta otro golpe para que decores el suelo de este callejón tan acogedor.

El matón jugaba con el cuchillo, cambiando la forma de empuñarlo, ensayando mentalmente cómo asestar el golpe: ascendente, cruzado, al estómago, a la cara… El anciano parecía aburrirse esperando el ataque que nunca parecía llegar.

— ¡Ya lo entiendo, viejo! Me preguntaba a qué esperaba esta rata en lanzar su ataque, un hombre joven contra un par de ancianos como nosotros y parece que no sabe qué hacer. ¡Pero ya lo entiendo! ¡Espera que nos muramos de viejos!

Con una carcajada el anciano abandonó la posición de defensa y se apoyó en el bastón.

— Si no te importa, mientras te decides me voy a poner cómodo, que uno no tiene las rodillas para estos trotes.

El matón, aparentemente herido por las burlas del anciano finalmente se lanzó al ataque, el cuchillo llevaba una trayectoria ascendente y apuntaba al estómago pero, esperando el quiebro a la izquierda de su oponente preparaba un fino estilete oculto en su otra mano, seguro que con esta finta el viejo se pondría a su merced. Lo que no llegó a ver con claridad fue el extremo del bastón que lanzado con la velocidad de una víbora golpeó su tráquea hundiéndosela y frenando en seco su ataque.

— No me lo puedo creer, viejo! ¿Qué les enseñan hoy en día a las ratas de estercolero? ¿De verdad esperaba alcanzarme con un par de cuchillos de mierda teniendo yo el bastón en la mano?

El anciano se acercó al matón al que se le escapaba la vida mientras gorgoteaba intentando respirar con la tráquea aplastada.

—Ya no te servirá de mucho en esta vida pero quizá por el inframundo te sea útil. Nunca ataques de frente a alguien que tiene un arma más larga que la tuya. Idiota.

Apoyándose en el bastón se puso en pie y comenzó a arreglarse la túnica. Sin dirigirse a nadie en particular y alzando un poco la voz exclamó

— ¿Y bien, Arsenio el Oriental, patrono de ratas de alcantarilla, maestro de la inmundicia y mercader de desgracias? ¿He pasado tu prueba?

De entre las sombras frente al anciano surgió un hombre rotundo, no demasiado alto y entrado en carnes vestido con las ropas más extravagantes y caras que podían pagarse. El olor a perfume se hizo palpable al acercarse. Tras él caminaba el hombre más grande que el anciano había visto en su vida, de piel negra como el ébano y ojos blanquísimos parecía un demonio surgido del inframundo.

— Nunca lo había dudado, viejo amigo. Pero comprenderás que, no por mí pero sí por mis socios, debíamos comprobar que aún estás en forma. Y es que tenemos una propuesta para ti.

Y el mercader llamado Arsenio el Oriental entrecerró sus ojos ennegrecidos con humo y sonrió con astucia.

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