En alas de ira

Una leyenda Charybdiana

Download PDF
AOH/Rasczak

AOH/Rasczak

Tipo duro at TPF Génesis
AOH/Rasczak fue rohirrim antes que controlar mundos de vampiros, sectario y mercenario antes de dirigir los destinos de Seattle. Pero eso fue hace décadas, ahora tiene tentáculos en multitud de universos y nada escapa al poder de sus dados.
AOH/Rasczak

Latest posts by AOH/Rasczak (see all)

Y yo os digo.

Estábamos perdidos, en la cima de una pequeña colina en medio de una inmensa llanura de sal que se había alimentado de la sangre de los hombres y mujeres que defendieron la vida de nuestro pueblo, rodeados por los demonios verdes de cabeza alargada, afilados cuerpos y ágiles formas, que habían surgido de las sombras de la noche y que nos mataban con agujas y esquirlas llenas de ponzoña y dolor. Los mismos demonios que ya habían arrasado decenas de aldeas, masacrado a sus gentes o, peor, los habían utilizado para las más horrendas diversiones con el agonía de sus cuerpos y sus espíritus. Es por eso que llamamos a esa colina El Último Reducto y a sus alrededores Lugar del Valor.

Miles de aquellos seres se habían congregado la noche anterior, levantando empalizadas, cercando el Último Reducto y preparándose para convertir nuestro lugar defensivo en una carnicería. Sus risas, cortantes y malignas como la tormenta de hielo en la noche invernal; mezcladas con los gritos desgarrados de aquellos que no tuvieron la suerte de morir en la batalla, se escuchaban desde nuestro campamento, causando más pesar y desánimo en los corazones de quienes aún sobrevivíamos.

Se le dio un cuchillo a cada cual que todavía tuviera hijos o niños a su cargo, porque no estábamos dispuestos a permitir que los capturaran. Algunos no esperaron más, ante el miedo a la noche y decidieron morir junto a su descendencia por la tarde. Las piras funerarias hicieron entrar en calor a los vivos, en espera del final.

Con el paso de las horas los demonios comenzaron a alinearse por miles; pusieron sus carros, que se deslizan sobre el aire como si un vapor impío los empujara desde debajo, en dirección a nosotros y el viento comenzó a soplar, trayéndonos el hedor de la podredumbre. Veíamos brillar bajo el sol sus armas, aquellas lanzas extrañas que atravesaban cuerpos a distancia, que mutilaban y desgarraban mucho más lejos de lo que cualquiera podría lanzar una flecha.

Pero la noche no llegó como pensábamos.

Los cielos centellearon anunciándolo y se abrieron para dejar pasar a los ángeles de hierro y muerte descendiendo desde más allá de las nubes, atendiendo a nuestras súplicas. El aire se llenó con el atronador batir de las alas de sus guerreros más fieros, el salvaje aullido de enormes meteoros de metal celestial que caían sobre la tierra y el furibundo planear de enormes águilas de bronce y obsidiana en las que cabalgaban otros muchos. Las nubes anunciaban como con un grito de rabia cada nuevo ángel que se disponía a unirse a la contienda, presagiando la muerte de nuestros enemigos.

Los salvadores llegaron hasta nosotros con tremendo estrépito, aplastando en su advenimiento a los monstruos afilados y los engendros de oscuridad. Sus plumas rugían con el sonido de la ira pura, dejando a su paso por los cielos un rastro de funesto augurio para todo aquel que se enfrentara a ellos. Tenían la forma de solemnes guerreros: cubiertos los unos con pesadas armaduras de oro y plata, con cascos que semejaban a los mismos dioses y tocados con auras sobre sus cabezas; con armaduras negras y rojas, amenazantes como la misma parca, los otros.

Caían sobre la tierra, os digo, con tanta fuerza que sus pisadas fueron terremoto. La tierra se hundía a su llegada como si hasta la misma piedra les temiera. El suelo se aplastaba, se quebraba y se convertía en una tormenta de fragmentos por doquier, acribillando las armaduras de los demonios verdes, atravesando sus cuerpos en justa retribución del dolor. Algunos aterrizaban directamente sobre los que, hasta hacía apenas segundos, nos tenían en sus garras, y los convertían en masas de pulpa sanguinolenta y huesos quebrados.

Los ángeles, con sus armaduras de oro reluciente o negras como la antracita, se movían con la firmeza y la fuerza de aquel que existe para luchar y reprender la maldad. A su espalda, su impetuoso movimiento en alas de ira, aterradoramente majestuosas, sembrando el cielo con el camino de la aniquilación. En su mano derecha, espadas y hachas como ningún mortal podría empuñar, tan grandes como el torso de un hombre fornido y refulgentes con el poder de su interior. En la izquierda, el mismo trueno a su merced, restallando una y otra vez, derribando y haciendo explotar a los demonios de verdes armaduras, rayo tras rayo. En su corazón, la rectitud y la furia.

Los demonios verdes apenas supieron cómo reaccionar. La cegadora luz de la venganza caía sobre ellos en forma de sublimes guerreros. No hubo advertencias ni se pronunció palabra, sólo expiación a través de la muerte y la destrucción. A cada momento más y más ángeles se lanzaban a tierra desde el sol, abatiendo a decenas de enemigos cada uno, mientras las águilas de bronce surcaban los aires, descargando gigantescas lanzas de fuego por miles, derribando a más y aniquilándolos por decenas.

Cada movimiento de los ángeles, como si fueran los avatares del mismísimo dios de la guerra, se convertía en un enemigo muerto. Cada gesto en una amenaza. Cada mirada en un presagio de inminente mortandad.

Tal era su fiereza, que tan pronto como el viento dispersaba el polvo y la sangre a su alrededor, quedaban los enviados de los cielos erguidos en medio de un círculo donde los cadáveres de los demonios tapaban por completo el suelo. Entonces, con una brutal sacudida de sus alas que sonaba como el estallido de la madre tierra, se elevaban entre las filas de sus enemigos y volvían a caer con violencia justiciera en medio de otro grupo de demonios. Una y otra vez. Incansables, aplastando, degollando, descuartizando, destrozando y aniquilando monstruo tras monstruo, de una manera que no admitía otra respuesta que no fuera el último aliento.

Mientras, las aves de metal sobrevolaban la llanura, con gélido aullido y tremebundo zumbido en sus alas, descargando la fuerza del rayo con tanta intensidad que elevaban columnas de fuego, piedra y cuerpos muchos codos por encima de la estatura de un hombre. Se lanzaban en picado, como aves de presa, cayendo sobre las filas, desbandadas, de los demonios verdes, y descargaban llamaradas desde sus picos y vientres, dejando rastros rectos de decenas de varas arrasadas a su paso, alimentando la tierra con la sangre de aquellos seres impíos y bestiales, partiendo en dos y convirtiendo en informes montones de hierro chamuscado y humo los carros donde aquellas criaturas cargarían contra nuestro campamento.

Desde el Último Reducto nosotros observábamos. Casi tan asustados como las criaturas que hasta hacía medio pulgar de sombraluz estaban dispuestas a caer sobre nosotros y ahora eran acosados de una manera tan brutal y metódica que quitaba el aliento en la distancia. Tan asombroso era lo que teníamos ante los ojos que nos quedamos congelados, boquiabiertos, con la vista puesta en la distancia y sin poder articular palabra alguna.

Los meteoros seguían cayendo a la tierra, abriendo profundos cráteres a su alrededor y provocando una ola de tierra y polvo que se dispersaba por alrededores, cubriendo a los muertos y los vivos por igual. Y entonces, como si todos fueran uno sólo y en una serie de chasquidos prácticamente simultáneos, se abrieron. Fue como si el herrero enfriara de golpe capullos forjados al rojo vivo; los pétalos se abrieron en un silbar de vapor a presión y rugido de metal contra metal y de ellos salieron, como semillas de destrucción dispersas al viento, decenas y decenas de ángeles de negras armaduras que comenzaron a rodear grupos enteros de monstruos de armaduras verdes.

De sus puños, como arcos de prodigiosa factura, se desató entonces un infierno purgador. A la misma vez, como movidos por una señal de la divinidad, todos los ángeles surgidos de entre las flores meteóricas descargaron una tormenta de llamaradas como nunca se haya visto. Los demonios caían de mil maneras, golpeados por las oleadas de truenos liberados desde los instrumentos angélicos, se retorcían y explotaban, abatidos por el atronador repiqueteo de la tempestad angelical. Incluso desde la distancia, el sonido era tan apabullante que muchos de los nuestros corrieron a esconderse donde buenamente pudieron.

No hubo piedad, ni un momento de descanso, ni tan sólo un instante de tregua.

Apenas duró. Aquellas sublimes criaturas, dioses de oro y turba, guerreros legendarios con la ferocidad de encarnaciones de la batalla y la dureza de estatuas esculpidas en diamante negro, continuaron con la matanza de forma incansable.

Los demonios de verdes armaduras se convirtieron en los acosados, rodeados y finalmente aniquilados sin compasión. Ninguno sobrevivió. Todos cayeron sobre la tierra que pisamos, aplastados por la fuerza de la justicia de los cielos. Ninguno de nosotros sufrió ningún daño más.

Cuando todo acabó las poderosas águilas broncíneas se posaron en tierra y los ángeles, con la disciplina de los mejores legionarios, fueron cabalgando a sus lomos. Tan grandes eran las monturas, que no hay carro alguno que pudiera portar tantos hombres como el número de ángeles que ascendían de nuevo a los cielos sobre ellas. Y tan rápido como habían llegado para destruir a nuestros enemigos, desaparecieron la mayoría entre las ahora calmas nubes. Sólo unos pocos quedaron en nuestra tierra.

Éstos, magníficos entre los magníficos, tan altos que el hombre más grande apenas si podría haber alcanzado su pecho, vestidos con armaduras tan decoradas que no había lugar que no estuviera cubierto con filigranas y grabados mostrando las más increíbles gestas, con capas brocadas ondeando al viento y bordadas de infinidad de escrituras sagradas, se acercaron a nosotros con pasos firmes y seguros, con sus prodigiosas armas enfundadas, en actitud tranquila y solemne.

Entonces, al llegar al Último Reducto, aquí mismo, en el lugar en que vosotros pisáis el suelo del santuario que se levantó en su honor hace incontables generaciones y desde donde yo os hablo, el primero entre ellos se quitó el casco. El ángel deslumbraba más aún, con una belleza y magnificencia que ningún rey entre los hombres tendría en la historia. Habló con voz profunda y suave, como la marea del gran mar, y nos contó la historia de la Guerra Eterna y la oportunidad que se nos brindaba en ella: cada dos ciclos de estaciones, el mismo día en que las estrellas estuvieran en la misma posición que cuando nos salvaron, los ángeles volverían a nosotros y tomarían a los mejores y más dignos hijos del Último Reducto, ascenderían a los cielos con ellos y entrarían a formar parte de las legiones angélicas en la eterna Guerra Eterna.

Llevad en vuestros corazones esta historia con honor, pues sois los mejores hijos que el Último Reducto ha dado y hoy es el día.

AOH/Rasczak
Acerca de AOH/Rasczak 3 Articles

AOH/Rasczak fue rohirrim antes que controlar mundos de vampiros, sectario y mercenario antes de dirigir los destinos de Seattle. Pero eso fue hace décadas, ahora tiene tentáculos en multitud de universos y nada escapa al poder de sus dados.

Comentarios

Loading Facebook Comments ...

1 Trackback / Pingback

  1. Relato y ensayo, colaborando con Bastión Rolero y Aventuras Bizarras

Deja un comentario